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‘El delito de mi ADN’: hijo de Pablo Escobar

Para Sebastián Marroquín, quien cambió su famoso apellido, la despenalización de las drogas es la única vía para frenar la violencia en México
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"Se habla sin cesar de la maldad de mi padre, pero no se habla de la red profunda de corrupción que permitió que llegara a tener el poder de cambiar la constitución a su favor o de construirse una propia cárcel”
Sebastián Marroquín
Hijo de Pablo Escobar
Como pacifista, Marroquín concretó el diálogo y el perdón con hijos de las víctimas de la violencia narcoterrorista

Escondido bajo el escritorio de su maestro de primaria, pegado a las rodillas de quien lo protegía de las autoridades que lo buscaban, Sebastián Marroquín temblaba de miedo. Era solo un niño de siete años. No sabía por qué lo buscaban, ni qué había hecho mal.

“Pero lo que más recuerdo son esas botas”.

En ese entonces no entendía que el único delito que había cometido era el de compartir el ADN con su padre, el narcotraficante más sanguinario y poderoso de Colombia, Pablo Escobar.

Vestido de negro y rodeado de un público atento y ávido que esperaba sus palabras, el arquitecto y diseñador industrial Sebastián Marroquín habló sobre su vida en el exilio, su infancia en Colombia y la decisión de ser un hombre de paz y no seguir los pasos de su padre.

El también protagonista del premiado documental “Pecados de mi Padre”, inició una emotiva charla en el Teatro Polyforum Siqueiros confesando que Pablo Escobar, el capo del cartel de Medellín, había sido un padre amoroso a quien nunca juzgó de pequeño.

“Cuando crecí le dije que no estaba de acuerdo con su trabajo porque no me gustaba la violencia”, dijo el pasado fin de semana en el marco del evento “Diseñando el Futuro”, TED X DF.

A la cabeza del cartel de Medellín, Pablo Escobar llegó a controlar hasta el 80 por ciento del mercado mundial de cocaína y juntó una fortuna que se calcula en más de 10 mil millones de dólares, de la que Sebastian solo heredó un reloj.

“Se habla sin cesar de la maldad de mi padre, pero no se habla de la red profunda de corrupción que permitió que llegara a tener el poder de cambiar la constitución a su favor o de construirse una propia cárcel”. 

Y es que de acuerdo con Sebastián, quien cambió su antiguo nombre Juan Pablo Escobar para empezar una nueva vida, aseguró que es hora de buscar alternativas y hacer la paz con las drogas, porque de otro modo, esa espiral de violencia que vive México, tal como lo vivió Colombia “nunca se detendrá.”

“Créanmelo, lo sé por experiencia, lo que más alimenta a las redes del narcotráfico es la prohibición de las drogas y de todas estas sustancias”. 

Para Sebastián, es la prohibición “lo que nos enfrenta de una manera violenta” aunque reconoció que desconoce cuál sea la mejor solución para parar el derramamiento de sangre ocasionado por la guerra contra el crimen organizado en México. 

“Pero la violencia nunca va a ser una opción para mí”.

Como pacifista Sebastián Marroquín concretó el diálogo, la reconciliación y el perdón con hijos de las víctimas de la violencia narcoterrorista en Colombia ejercida por su padre en la década de los 80.

“¡Lo que sí es cierto es que México hoy vive exactamente la misma historia de mi país, es la misma historia producida por las mismas leyes y reglas!”, dijo enérgico.

En un testimonio de vida que impactó a los mexicanos que lo escuchaban, Sebastian Marroquín compartió detalles de su infancia, que más bien parecían imágenes sacadas de una película.  

Recordó el día en que los enemigos de su padre bombardearon la mansión donde vivían él, su hermana  y sus padres, cuando quedaron atrapados adentro durante siete días sin alimentos. 

“Estábamos literalmente rodeados de millones de dólares que no podíamos usar para ir a comprar un kilo de arroz a la tienda (…) quemábamos el dinero para calentarnos”.

El hombre que será siempre conocido como el hijo de Escobar se exilió en Argentina, donde pudo educarse, ir a la universidad y dejar atrás el pasado para así comenzar “una vida de bien”. 

Y precisamente es por tener la oportunidad de educarse, misma que nunca tuvo su padre, que Sebastián asegura que no se puede educar a una nación a punta de pistola.

“¿Hasta dónde puede el estado decirnos qué tomar, qué beber? (…) Yo creo en el individuo, en el respeto y en la intimidad”, recalcó Marroquín.

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