La contienda presidencial 2012, la de la ventaja cómoda para uno, se transformó en una incómoda disputa de tercios. Todo puede pasar.
El que se sentía con holgada ventaja hoy ve con preocupación que las distancias se cierran. Está desconcertado.
La que intenta recuperar el segundo lugar para retomar el derecho de jugar la final, está apostando en un tardío relanzamiento su resto. Aprieta el paso.
El que venía de atrás fue remontando la diferencia paso a paso. Está seguro que ya lo alcanzó y que el triunfo le pertenece. Va por el sprint final.
Y el que se convirtió en la sorpresa de la contienda busca escapar del maleficio del voto útil. Sabe que el 2 por ciento es apenas un trámite. Ya no busca que le den, sino que no le quiten.
Las cuatro visiones son alimentadas por la encuesta del día, por el tracking del momento. Pero ya no hay espacio, el tiempo se está acabando.
Y de nuevo, como hace seis años, vuelven a aparecer los fantasmas de la descalificación, de la manipulación de las imágenes atemorizantes y de los discursos fuera de contexto. Para todos y contra todos.
La desesperación comienza a instalarse, más que en los candidatos, en quienes los rodean. En los que apostaron su capital político a sus proyectos, en los que “les invirtieron” su patrimonio, en los que definieron las estrategias, en los que operan desde los war rooms.
Y es esa desesperación la que tiende a propiciar resbalones, descalabros, acciones fuera de lugar que van más allá del juego político. Los ánimos encendidos nunca serán buenos consejeros.
Sobre todo cuando ese juego es secuestrado por intereses de facciones, partidistas, políticos, empresariales, o incluso del crimen organizado.
Lo vivimos con Madero en la Decena Trágica. Con Obregón y Calles en los años del Maximato.
Aún está abierta la herida que en 1994 nos dejó el asesinato del candidato Luis Donaldo Colosio, y la que en 2010 nos dejó el asesinato del candidato tamaulipeco Rodolfo Torre.
Ni qué decir del encono y la discordia sembrados y manipulados desde una casa presidencial y que en 2006 nos colocaron al borde del estallido social.
La desesperación es mala consejera. Y en un clima de crispación política y de inseguridad como el que vivimos, las condiciones están dadas para endosar culpas, para desviar atenciones, para señalar a terceros.
La tentación última es modificar el rumbo no deseado para instalar al que promete preservar lo que esos pocos tienen.
Tan peligrosas serán las dos semanas que anteceden a la elección presidencial, como ese largo y absurdo lapso de cinco meses en que tenemos dos presidentes. El saliente y el entrante.
Sea quien sea el ganador del primero de julio, si no se cuida el prólogo, el epicentro y el epílogo de la elección presidencial, corremos el riesgo de que los demonios vuelvan a soltarse.
Con la diferencia de que esos demonios son ahora más, y también más poderosos. Con intereses más encontrados, con miedos más cercanos a perder los privilegios que han venido detentando durante décadas.
En medio de la cacería de gobernadores y generales, de exigencias para inducir los relevos de poderosos líderes sindicales, con un crimen organizado que no termina de repartirse el territorio y jefes policiacos –otra vez– con proyectos transexenales, las tentaciones son muchas.
Ojalá que la sensatez y la cordura se impongan. Pero, sobre todo, que a la autoridad no le tiemble la mano para denunciar y someter a quienes en estos instantes tienen intenciones de trastocar nuestra democracia.









