Josefina Vázquez Mota es una mujer de espolones. Forjada en la cultura del esfuerzo, no se le pueden regatear los méritos de estar donde está.
Pueden o no debatirse sus logros al frente de la Sedesol con Fox o en la Secretaría de Educación con Calderón. Incluso su exhibido doble discurso en torno a la polémica Elba Esther Gordillo.
Pero nadie puede decir que La Jefa no nadó a contracorriente. Del foxismo que apoyaba a Creel y del calderonismo que se inclinaba por Cordero. Y con todos en contra, alcanzó la candidatura presidencial del PAN.
Cuando fue electa, yo creí que existía una posibilidad muy real de que pudiera convertirse en la primera mujer que controlara las llaves de Los Pinos.
Con una ciudadanía cansada de políticos varones, de todos los colores y sabores, que nos tienen donde estamos, el factor género se anticipaba como un ingrediente “diferente”.
Después de todo, la mitad de la población está formada por mujeres que, en una sociedad tan matriarcal como la mexicana, terminan por controlar a la otra mitad, la de los hombres. Sean hijos o pareja.
Pero en tres meses, Josefina fue mudando su diferencia por indiferencia. Y hoy enfrenta la triste realidad de llegar a convertirse en la primera candidata de un partido en el poder que termina en un tercer lugar.
¿Qué pasó con la candidata “diferente”? ¿En qué momento se esfumaron los sueños de que México tuviera una Thatcher, una Merkel, una Gandhi, una Bachelet, una Kirchner o una Rousseff?
El primer diagnóstico es que la candidata albiazul fue traicionada. Las soberbias y los egoísmos de los dos primeros presidentes panistas lo confirman. Ni Fox ni Calderón le dieron su respaldo total.
Peor aún, la inclusión abierta de Vicente Fox y Manuel Espino a la campaña de Enrique Peña Nieto obliga a pensar si los panistas no estarían pagando el pacto de 2006.
Sí, aquél cuando el PRI –el de Salinas, Elba Esther y el Tucom– ayudó al PAN y a Calderón a retener el control de Los Pinos. ¿El precio? Me devuelves las llaves en 2012.
A esas traiciones habría que sumar otras. La de un equipo de campaña cuya ineficiencia solo podría entenderse desde una supina incompetencia o desde un inconfensable sabotaje.
Tantos deslices, tan frecuentes, tan evidentes, dejan mucho a la imaginación. Sobre todo cuando había suficiente materia prima en Josefina para vender “la diferencia”.
Y aunque a última hora se pretenda enmendar la plana colocando un war room dentro del war room, lo cierto es que a la candidata del PAN le faltó más respaldo del propio PAN.
Las últimas declaraciones presidenciales presagiando un final de elección de tercios, es decir, de una división entre iguales, vienen a confirmarlo.
Para los optimistas, el presidente le estaba devolviendo a la candidata de su partido el estatus de puntera, colocándola a la par de dos de sus tres rivales.
Para los analistas, Calderón está reconociendo el repunte de López Obrador, quien arrancó la campaña en tercera posición y ya habría rebasado a Josefina y emparejado a Peña Nieto.
Sea como fuere, Josefina está crecida al castigo. Lo demostró en el debate, donde embistió con soltura a sus dos rivales. Y en algunos círculos volvió a encender la mecha azul.
Ojalá que se recupere y repunte. Es lo mejor que le puede suceder a la democracia. Pero, sobre todo, para callar a los traidores que le dieron la espalda.









