Enrique Peña Nieto amanece con el destino en sus espaldas. Con los conteos rápidos y los avances del PREP, ésa parece ser la voluntad mayoritaria de los mexicanos.
Y si a lo largo de este día se confirma su triunfo con el escrutinio final, como tal hay que aceptarlo. Sin miedos.
Si así es, habrá que reconocer que los electores confiaron más en sus propuestas, le temieron más a sus rivales, dio resultado la maquinaria mediática a su favor o los tricolores concretaron una mejor operación territorial. Eso ya es historia.
“Haiga sido como haiga sido”, y con la confirmación de los números definitivos de por medio, el PRI volvería a Los Pinos.
En la cuestionada elección de 2006, el triunfo de Calderón se dio por 0.56 por ciento de los sufragios. Apenas 244 mil votos de ventaja.
Si se confirma la tendencia anunciada anoche por el IFE, el triunfo de Peña Nieto sería por un margen de entre 7 y 8 por ciento. Tres millones de votos de diferencia.
Hay que reconocer que se vivió una jornada electoral histórica por los 49 millones de votantes. La mayor asistencia a las urnas que se recuerde en este país.
Lejos estamos de la sospecha de un fraude electoral masivo. No con los datos que hasta hoy se cuentan. No con los reportes que se recogieron el día de la elección.
Se mantiene en el aire el factor Monex. Pero ese será un tema que se disputará en los tribunales.
La primera lección que dejó la jornada electoral de ayer fue que tres de cada cuatro mexicanos decidieron no refrendarle su voto al partido en el poder, al PAN. Se cansaron de esperar un cambio que nunca llegó.
El voto diferenciado, el del género esperanzador de Josefina Vázquez Mota, no fue suficiente para que los mexicanos le dieran un sí a seis años más de gobierno azul. La sangre del sexenio pagó su dolorosa cuota con tres millones de votos menos que en el apretado 2006.
La segunda lección fue que se puede luchar a contracorriente. Y Andrés Manuel López Obrador recuperó lo perdido en la postelección de 2006. Sus 15 millones de votos en 2012 serían los mismos de hace seis años.
Y desde el distante tercer sitio en el que arrancó la campaña 2012, logró superar al PAN para instalarse a siete puntos de quien está por confirmarse vencedor.
Es entendible que el candidato del Movimiento Progresista diga que esperará el resultado final. Pero confirmándose las cifras, sería un error instalarse en la negación.
La tercera lección es que con un poco de ingenio y talento, cualquier ilustre desconocido –políticamente hablando- puede captar en México los votos suficientes para salvar a un partido de la desgracia de perder su registro.
Gabriel Quadri fue la sorpresa de esta elección presidencial. Le triplicó al Panal los votos recibidos en 2006 por Roberto Campa. Tendrá sus recompensas.
La cuarta lección es que aun con el sistema entero a tu favor, nada está garantizado. Enrique Peña Nieto perdió en el camino de la campaña entre 10 y 14 puntos de ventaja. El triunfo que lucía muy holgado no lo fue tanto.
Pero hay que reconocerle que a pesar de ello duplicó la votación a favor del PRI. Le dieron 18 millones de votos contra los apenas 9 millones que recibió Roberto Madrazo en 2006. Ahí se cristalizó la victoria.
Y si bien su legitimidad será confirmada por el resultado, tendrá que refrendarla con un gabinete a la altura y con acciones de gobierno iniciales que demuestren que es algo más que una cara bonita consentida por la pantalla.
La quinta lección es que cuando no hay buen gobierno, el ciudadano cobra. Lo hicieron en Jalisco y en Morelos al pasarle la factura al PAN. Y el PRI podría terminar perdiendo Tabasco. No le refrendaron la confianza al partido en el poder.
Por ahora lo único que resta es esperar las cifras oficiales. Sin miedo.








