#ElZapotillo

¿Y los demás?

La declaración de Aristóteles Sandoval sobre dejar a salvo a Temacapulín pone felices a algunos, pero deja desprotegidos a los pobladores de Acasico y Palmarejo; la desinformación apremia mientras la construcción de la cortina sigue avanzando

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El monstruo no se detiene, allá a lo lejos, atrás de algunos cerros se ve una monumental polvareda. Máquinas con grandes brazos de fierro trabajan a todo motor en la construcción de la presa El Zapotillo.

En la comunidad El Zapotillo nos advierten: “el camino está cerrado; ahí hay gobierno, le piden sus papeles”.

En la hechiza frontera el camino está tomado por dos elementos armados de la Policía Federal que resguardan la zona. Impiden el paso bajo el supuesto de que no hay quién autorice nuestra entrada. 

Las medidas de seguridad se han reforzado desde que las comunidades afectadas por la construcción han realizado plantones y manifestaciones en la zona.

Desde hace ocho años los pobladores de Temacapulín, Acasico y Palmarejo se han opuesto a la inundación de sus poblados. 

La defensa va desde una amplia presencia mediática, informes del Instituto Nacional de Antropología e Historia, juicios en todas la materias, quejas ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos, hasta la participación en foros internacionales con otros afectados por presas de otras partes del mundo.

Incluso han recibido apoyo de Olivier de Schutter, relator especial de la ONU en materia de alimentación, pues la comunidad demostró que sus tierras proveen productos indispensables para su sobrevivencia.

Temacapulín es un pueblo con no más de 500 habitantes, muchas familias se mantienen de las remesas de algunos familiares que viven en Estados Unidos o en Monterrey.

Ocho años de lucha frontal contra el gobierno federal y estatal, hostigamiento, ruido día y noche por la construcción del nuevo poblado han hecho a la comunidad más fuerte. 

Las calles adornadas con letreros de protesta no se quitarán en tanto no haya un acuerdo formal con las autoridades. 

Hoy las mujeres del pueblo combinan el discurso religioso –típico en la zona de Los Altos de Jalisco- con problemas importantes que afectan a su comunidad y que tienen una implicación nacional e internacional.

“La vida útil de una presa es de 25 años después se azolvan y no sirven,  ¿inundar los poblados para eso?”, cuestiona Abigail Agredano, del Comité de Defensa, quien expone que la presas no son el mejor modelo de abastecimiento de agua para las grandes ciudades.

Además refiere que las ciudades deben tener otro tipo de sistemas hidráulicos como la captación de las aguas de lluvia o la reparación de los ductos, pues existen muchas fugas.

Insiste en que la construcción de la presa El Zapotillo no beneficia a los habitantes de Jalisco “solo a León” (en el estado de Guanajuato) por lo que se debe reconsiderar su construcción.

En ese tenor refiere que el agua que se lleve a esa ciudad será utilizada por industrias peleteras, una de las más contaminantes.

Pese a no estar formalizada la decisión de no inundar su pueblo se cree que la noticia es “un milagro”. 

“El agua y la tierra son de Dios”, apunta Isaura Gómez Guzmán. A sus 84 años, la mujer asegura que su voto al PRI, sumado a sus oraciones al Señor de la Peñita y a la Virgen de los Remedios hoy rinden frutos.

El fantasma de la duda ronda a las comunidades que desde hace mucho tiempo han dejado de confiar en las autoridades.

Leticia Palomino, otra habitante de Temacapulín, insiste en que “no se debe bajar la guardia, porque nos pueden ver blanditos y en una de esas nos fallan”.

En Acasico no hay fiesta

En días pasados el Comité Salvemos Temacapulín, Acasico y Palmarejo manifestaron en rueda de prensa que no cesarán su batalla en tanto no se oficialice la información y la Comisión Nacional del Agua cese la obra.

Y refirieron que se mantendrán juntos como comunidades afectadas; sin embargo, la falta de información podría fragmentar al grupo.

Hermelinda Quirarte, habitante de Acasico, no se fía de las declaraciones del gobernador entrante.

Para ella la decisión de suspender la inundación de los poblados “está en panza de yegua”, una expresión local para explicar que no está definido nada.

El Gobierno del Estado y la Conagua han hecho presencia en la comunidad de manera esporádica, sobre todo para realizar levantamientos topográficos del área.

Desde hace meses que no reciben una propuesta real sobre qué sucederá con sus casas y terrenos de cultivo. A diferencia de lo que sucedió en Temacapulín, en donde se invirtió en terreno, construcción y servicio y hoy están construidas 32 viviendas.

En alguna ocasión les dijeron que les darían unas tierras, pero finalmente dijeron que serán otras “ahora nosotros queremos las anteriores, pero nadie nos dice nada”, refiere la entrevistada quien exige que se respete lo que exige el pueblo, a quien asegura nunca se ha consultado.

Hermelinda Quirarte exige una reunión con el gobernador entrante y que se defina el futuro de su poblado. 

Y es que en Acasico la situación es diferente a la de Temacapulín. 

La manifestación es más discreta, pocas casas tiene letreros de protesta, no hay acuerdo entre quien tiene la mayoría, los que están en contra o a favor de desplazarlos.

Lo cierto es que no hay un proyecto aún para ellos. Incluso el letrero en la carretera que conducía al poblado fue recientemente quitado.

“Nos quieren desaparecer del mapa”, atribuye Luis Villegas Ruiz, habitante del poblado, quien tiene en su haber una demanda ganada ante un juzgado y que permitió en su momento que las obras pararan en tanto no se brindara garantía de audiencia a los afectados.

El juicio tiene dos años rezagado en el Cuarto Tribunal Colegiado en Materia Administrativa, que aún no dicta sentencia.

Villegas Ruiz sabe que es la última batalla, y aunque asegura que morirá en la raya, se dice cansado. 

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