Por Niall Ferguson

La política europea se ha convertido en un gigantesco juego de Jenga. Desde junio de 2000 han caído los gobiernos de Holanda, Eslovaquia, Bélgica, Irlanda, Finlandia, Portugal, Eslovenia, Grecia, Italia y España, donde el régimen socialista acaba de ser pulverizado en las elecciones generales.

La pregunta no es: ¿quién será el próximo? Eso es fácil. La verdadera pregunta es: ¿cuándo se va a caer la torre del Jenga?

Mucha gente asume que el punto de inflexión se producirá cuando una nación –lo más probable es que sea Grecia– deje o sea expulsada de la unión monetaria europea. Pero el escenario que preocupa a los eurócratas es diferente. Tienen miedo de que un país pueda decidir salir de la Unión Europea por su cuenta.

Ésta no es una ansiedad irracional. Bajo la ley de la Unión Europea, sería mucho más fácil para Gran Bretaña abandonar la UE que para Grecia salir de la zona euro.

Así que el proceso de integración europea ha llegado a un punto sumamente irónico: ahora es más probable la desintegración de la UE que el colapso de la moneda única que supuestamente uniría a sus miembros.

Esto no es sorprendente. En marzo de 2000, Larry Kotlikoff y yo escribimos en Foreign Affairs lo siguiente: "La historia ofrece pocos ejemplos de éxito en la escala de los ajustes necesarios que requieren algunos países europeos hoy en día. Lo que sí ofrece son varios ejemplos de desintegración de uniones monetarias cuando las tensiones fiscales se hacen incompatibles con la desagradable aritmética de una moneda única". El euro, predijimos, "podría degenerar, no de la noche a la mañana, pero sí en la próxima década".

Nuestra predicción fue muy precisa. La degeneración de la moneda única comenzó en 2010, aunque ciertamente se ha intensificado en los últimos meses por la crisis económica global.

Especificamos que se trataba de una "degeneración" para poner de relieve los desequilibrios generacionales que surgen en Europa de la combinación del envejecimiento de la población y los generosos sistemas de bienestar social. Si no hubiera habido una crisis financiera emanada de la problemática de las hipotecas subprime de Estados Unidos (que comenzó en 2007), el sistema monetario europeo se habría degenerado de cualquier manera con el disparo de la deuda pública.

Pero también batallamos para visualizar cómo es que, una vez unidos los países, la zona euro pudiera ser desmantelada. Los costos de la salida serían prohibitivos para una pequeña nación periférica como Grecia, que de la noche a la mañana perdería el acceso a cualquier fuente de financiamiento externo. Y una salida griega aumentaría la probabilidad de que otros quisieran hacer lo mismo, provocando un contagio en el sur de Europa.

Finalmente, si todos los hermanos más débiles abandonaran la unión monetaria, con excepción de Alemania, Austria, Holanda y Finlandia, el fortalecimiento del euro podría causar un dolor significativo a los exportadores de esos países. En pocas palabras, casi nadie se beneficiaría de una ruptura de la zona euro.

Es por eso que no estoy entre la multitud cada vez mayor de analistas que predicen la degeneración del euro. Algunos de ellos argumentaron hace una docena de años, con la misma confianza, que esa moneda común sería un gran éxito.

Cualquiera que haya seguido de cerca los acontecimientos de la década de los 90 puede tener una clara idea de lo que implicaría una unión monetaria con la República Federal de Alemania: poder adquisitivo de corto plazo, pero desempleo mitigado por la caridad en el largo plazo.

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