Por Ralph Peters

 

En el escenario mundial actual existe un indiscutible gran actor, y no tiene ningún interés en seguir nuestro guión. El primer ministro ruso Vladimir Putin –que pronto volverá a ser presidente de Rusia– ha demostrado su eficacia para jugar desde la estratégica débil posición que heredó. Desde ahí se ha anotado un triunfo tras otro mientras se confirma como el líder fuerte que los rusos anhelan.

 

Vladimir Putin

 

Ni uno solo de sus colegas en todo el mundo goza de una comprensión tan profunda como la que le profesa su pueblo. Tampoco poseen la astucia y la capacidad de Putin para evaluar a sus contrapartes.

El genio de Putin –y no es otra cosa más que eso– comienza con una visión de gobierno que eludió los esquemas de los "grandes" dictadores del siglo pasado: se necesita controlar únicamente la vida pública, no las vidas personales.

Putin entendió que los seres humanos necesitan desahogarse de los males del mundo, y permitir que lo hagan alrededor de la mesa de la cocina, con una botella de vodka, no perjudica al Estado.

El pacto tácito que mantiene con los ciudadanos rusos es que pueden hacer o decir lo que quieran a puerta cerrada, siempre y cuando no lo lleven a las calles. Putin se dio cuenta de que un Estado autoritario que se detiene justo en la puerta de entrada de una casa no sólo es más tolerante, sino también más efectivo.

A quienes lo desafían, los mata o los encarcela. Pero no hay grandes purgas, no hay un gulag (cárcel para prisioneros políticos), sólo víctimas cuidadosamente escogidas, ejemplares, como el activista contra la corrupción Magnitsky Sergei, quien murió bajo custodia policial, o el desobediente multimillonario Mijaíl Jodorkovski, encarcelado por cargos que los rusos consideran como humor negro.

Esto puede causar problemas a la conciencia Occidental, pero Putin sabe que la comunidad internacional no va a imponer sanciones significativas. Seducidos por las políticas del Kremlin –desde las concesiones de petróleo y gas hasta cínicas insinuaciones de cooperación estratégica–, los líderes de Occidente tienen demasiadas fichas en el juego.

Y en casa, a la gente común, no le importa. Por el contrario, muchos se regocijan cuando el zar corta las barbas a los boyardos (nuevos representantes de los antiguos señores feudales) o cuando humilla a un envidiado oligarca. En cuanto a los molestos periodistas, Putin demostró que podían ser eliminados con impunidad, como Anna Politkovskaya (asesinada el 7 de octubre de 2006). Nuestra indignación es de forma y temporal.

En el contexto nacional, la sensibilidad que tiene Putin para percibir lo que quiere su gente no tiene comparación. Sus poses de torso desnudo nos parecen ridículas, pero los rusos ven a un nastoyashi muzhik, un "verdadero hombre". Y por su sobriedad, es el marido con el que fantasean las esposas rusas.

Un detalle no menos importante es que Putin ha renovado la confianza de los ciudadanos en la grandeza de su país. Al desempeñar frecuentemente un rol internacional mucho más intenso que el que le garantiza la capacidad de Rusia, volvió a despertar ese antiguo pensamiento estalinista que dice que si el pueblo sufre, es porque lo hace al servicio de un gran destino.

En el medio internacional, evalúa a los interlocutores con la destreza de un calificado y controlador agente secreto, como lo era en los malos viejos tiempos. Sus arrebatos de mal genio y su lenguaje brutal son noticia (aunque, de nuevo, apelando a su base), pero sus políticas son de sangre fría, despiadadas y sorprendentemente exitosas.

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