Por Gordon Brown
Talleyrand, el influyente político francés de finales del siglo 18 y principios del 19, habló así de la dinastía de los Borbones que gobernó Francia antes y después de la revolución de ese país: "No han aprendido nada y no han olvidado nada". Hoy, con la misma falta de visión, los dirigentes europeos siguen sin pestañear las políticas que ya han fracasado, y que todo el mundo lo sabe.
Como no han aprendido ni olvidado nada, los líderes europeos anunciaron recientemente una nueva versión de la sucesión aparentemente interminable de los planes de rescate griegos, y seguramente saben que eso no funcionará.
Pero la tragedia en curso de la bancarrota de Grecia es sólo un síntoma de un error de cálculo fundamental: la creencia equivocada, y ampliamente arraigada en toda Europa, de que si la austeridad está fallando, es porque no ha habido suficiente austeridad.
La mitad de la zona euro que se encuentra en recesión ya amenaza con derribar a la otra mitad. Pero al sostener dogmáticamente una política en pro de la austeridad, a pesar de que la evidencia apunta al estancamiento, Europa amenaza la recuperación económica, y no sólo de la zona euro, sino también del resto del mundo.
Es entendible que la principal preocupación económica actual de Estados Unidos sea que la recuperación se descarrile en un año electoral como consecuencia de otra fuerte sacudida europea.
Sin embargo, la infección actual que padece Europa es potencialmente más perjudicial en el largo plazo. Otra crisis podría condenar al continente a una década de miseria, con bajo crecimiento, altos índices de desempleo y malestar social. Destruiría la posición central de Europa como el segundo motor de crecimiento en todo el mundo, condenaría a la zona euro a una caída permanente y la marginaría del resto del mundo, lo que dañaría severamente el comercio internacional y reduciría el crecimiento global por lo menos durante el resto de la década.
Los problemas de Europa no son exclusivamente fiscales, como argumentan los actuales responsables de la política, sino que también son resultado de una profunda y continua crisis bancaria y de un prolongado colapso de la competitividad. Estos problemas son tan severos, que están replanteando el papel del continente en el mundo, pero los líderes parecen darles una importancia secundaria.
Mientras muchos bancos estadounidenses aún tienen un apalancamiento que equivale a 10 veces sus activos, los bancos alemanes tienen un apalancamiento de 32 veces el tamaño de sus activos, y los franceses están apalancados 26 veces con respecto a sus activos. Los bancos europeos han llevado a cabo sólo una parte de la tarea que hicieron sus contrapartes estadounidenses para librarse de los activos tóxicos y recapitalizarse, no tuvieron más opción que liquidar sus activos.
Un modelo bancario europeo que se está ahogando con esos niveles de apalancamiento, y que es financiado con préstamos de corto plazo, está fatalmente dañado y no puede sobrevivir sin una reforma radical. Ese modelo también daña masivamente las perspectivas de recuperación económica de un sector privado que necesita liquidez e inversión para funcionar eficientemente.
Sin embargo, la pérdida de competitividad global de los países europeos representa un problema aún más grave.
Un continente que alguna vez fue responsable del 40 por ciento de la producción mundial, ahora produce sólo el 18 por ciento, y dentro de una década aportará poco más del 11 por ciento. Éste es un cambio épico, pero prácticamente pasó desapercibido.
Lo que Europa está experimentando hoy puede llegar a ser una pérdida permanente e irrevocable de la prosperidad.


