Manlio Fabio Beltrones, Marcelo Ebrard, Santiago Creel, Manuel Camacho… nombres ayer ajenos, disímbolos y distantes, hoy unidos en la causa política de recuperar la gobernabilidad con un gobierno de coalición.

Andrés Manuel López Obrador convenciendo con su Movimiento de Regeneración Nacional a empresarios en Monterrey, disertando en Washington con la bandera estadounidense como escenografía y disponiéndose a la reconquista de la madre patria.

Marcelo Ebrard, el promotor de las controvertidas legislaciones sobre aborto y matrimonios entre personas del mismo género, en fraternal abrazo con el cardenal Norberto Rivera, y con el presidente Felipe Calderón y Carlos Slim como testigos.

Enrique Peña Nieto operando el freno a la reelección de legisladores, buscando la gobernabilidad absoluta desde la minoría y arrinconado por su rival Manlio Fabio Beltrones, quien con un saludo le define la agenda de unidad y luce más demócrata, menos intolerante, en la comparecencia que hizo en Chihuahua.

Y los panistas sin rumbo fijo, con una Josefina Vázquez Mota al alza, un Ernesto Cordero en marginal ascenso y un Santiago Creel que demanda coaliciones para recuperar el paso en la carrera.

Unos pugnan por la coalición, otros pactan la colusión y algunos más apuestan a la colisión.

Tres visiones de nación que se cruzan en la antesala de una carrera presidencial que se antoja de pronóstico reservado.

Y es que aun cuando las encuestas marquen claros favoritos, las experiencias inmediatas nos recuerdan que los punteros del arranque suelen ser los que más tarde lamentan su derrota.

En el 2000, el priista Francisco Labastida inició su campaña con más de 20 puntos por encima del panista Vicente Fox y del perredista Cuauhtémoc Cárdenas.

El mexiquense Arturo Montiel era el favorito para llevarse la candidatura presidencial priista en 2006, hasta que sus excesos y desvíos lo desbancaron para dar paso a la fallida candidatura tricolor de Roberto Madrazo.

Santiago Creel ya se veía como el sucesor de Vicente Fox cuando el rebelde Felipe Calderón lo desbancó en 2005 para quedarse con la candidatura panista a la Presidencia.

Y Andrés Manuel López Obrador parecía invencible con su ventaja, también de 20 puntos, hasta que, “haiga sido como haiga sido”, la distancia se acortó y se dio un muy cuestionado final de fotografía.

Por eso hoy se insiste en que nada está escrito. Nada debe darse por hecho. Cualquier suceso puede alterar el frágil equilibrio de los favoritos, en cualquiera de los tres partidos.

La estrategia ofensiva, incluyente y de apertura de Manlio Fabio Beltrones está dando sus frutos frente a un Enrique Peña Nieto que se ve a la defensiva, sin soltura, rígido.

El sonorense está imponiendo paso y agenda en una precampaña en la que, con el saludo de unidad del Consejo Nacional del PRI al puntero mexiquense, ya se posicionó como un rival de cuidado.

El reposicionamiento de Andrés Manuel López Obrador lo impulsó por lo menos cinco puntos en las últimas encuestas, frente a un Marcelo Ebrard cada día más cercano, de pensamiento, palabra y obra, a los modos y las formas de Enrique Peña Nieto.

Mientras el tabasqueño opera nuevas alianzas y destruye mitos –como su lejanía de los empresarios, de Estados Unidos y de todo lo que huela a extranjero–, Marcelo Ebrard lucha por ganar las portadas de la revista Quién y los favores de una clase dominante que fue la que terminó de descarrilar en 2006 al entonces llamado “Peligro para México”.

Y aunque no haya forma de complacer al inquilino de Los Pinos para colocar a su Ernesto Cordero como el candidato presidencial del PAN, Josefina Vázquez Mota no debe confiar en su buena estrella ni en su ventaja competitiva de género para sostenerse al frente de los favores azules.

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