Un sistema de relaciones que “había creado a su alrededor un mecanismo de defensa que le permitió a Marcial Maciel ser inatacable por mucho tiempo” y que se basaba en “el descrédito lamentable y el alejamiento de cuantos dudaban de su recta conducta, así como en la errónea convicción de no querer dañar el bien que la Legión estaba llevando a cabo (…) haciendo consiguientemente muy difícil el conocimiento de su verdadera vida”.

“Una vida carente de escrúpulos y de verdadero sentimiento religioso” en la que “los comportamientos gravísimos y objetivamente inmorales del P. Maciel, confirmados por testimonios incontestables, representan a veces auténticos delitos”.

Sí, el que empezó a poner fin a ese sistema, guste o no, satisfaga o no, es el papa que hoy regresa a México.

Y aunque Benedicto XVI viene sin tener que cargar ya con la perversa influencia que por muchos años ejercieron Marcial Maciel y sus cómplices, todavía tiene que padecer los embates de una buena parte de ese sistema de relaciones.

Ese sistema que trascendió a la muerte del tenebroso personaje, y en el cual siguen participando algunos de los más altos jerarcas de la Iglesia Católica mexicana.

De ahí que entre las diversas preguntas que han surgido sobre las razones que tiene el papa para venir a México, hay una fundamental:

¿Por qué tardó casi siete años para decidirse a visitar México?

Analicemos.

LA SORPRESA

Probablemente, en cuanto aterrice en Guanajuato el avión de Benedicto XVI, volverá a estallar la emoción del pueblo mexicano, casi con el mismo entusiasmo que en cinco ocasiones provocó la visita de Juan Pablo II a México.

Sin embargo, esto no significa que los mexicanos hayan dejado atrás el enorme afecto que le tuvieron al “Papa Peregrino”.

Seguramente, el inolvidable “Papa Mexicano” seguirá teniendo un lugar muy especial en el corazón del pueblo mexicano.

De ahí que pudiera resultar sorpresivo que, siendo como es la personalidad de Benedicto XVI, se volvieran a escuchar gritos y porras cuando el papamóvil transite por las carreteras y calles de Guanajuato.

Más allá de los méritos que se le puedan atribuir al papa, el renovado entusiasmo mexicano que el mundo volverá a ver en sus pantallas encuentra su explicación en dos sencillas razones.

La primera corresponde a la tan singular forma de ser del mexicano. Nunca se cansa de hacer fiestas, y menos cuando se trata de una visita papal. Ya lo decía Juan Pablo II: “México sabe bailar, México sabe cantar, México sabe rezar, pero, más que todo..., México sabe gritar”.

La segunda es que 84 por ciento de los mexicanos que profesan la religión católica, y también quienes tienen otras creencias, están esperando a un Mesías desde hace muchísimos años.

Los mexicanos están ávidos, urgidos de encontrar un liderazgo que los conduzca, en el que puedan creer y confiar sin sentir el temor de verse nuevamente defraudados. Así sea por sólo cuatro días.

Por eso no es casual que los candidatos de los tres partidos más grandes de México hayan aceptado asistir a una misa con el papa Benedicto XVI, evidentemente movidos, más que por motivos de fe, por el interés de pasar como líderes que comparten el sentimiento religioso de la mayoría del pueblo.

Y quizá por eso, a pesar de la acendrada catolicidad de los mexicanos, nunca han faltado los que ven en cualquier visita papal una potencial amenaza a la separación entre la Iglesia y el Estado.

EL TRADICIONAL RECELO

¿Viene el papa a apuntalar la campaña de Josefina Vázquez Mota, o la de Enrique Peña Nieto?

¿Recibirá Felipe Calderón una bendición papal para legitimar su violenta guerra como una guerra santa?

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