Un reconocido autor griego explica cómo es que su país se convirtió en el reflejo imperfecto de un ideal occidental, en un mito que lo tiene sumido en la crisis más grave de su historia.
Por George Zarkadakis
Grecia es la cuna de la democracia, pero, como todo el mundo ha visto recientemente, no es un buen momento para hacer preguntas importantes a la gente a través de un referéndum porque el país está inmerso en una crisis financiera. Y el referéndum que propuso el primer ministro George Papandreou sobre el acuerdo de un préstamo que ofreció la Unión Europea, lo ilustra a la perfección: la consulta fue cancelada rápidamente después de una intensa oposición internacional.
Platón y Aristóteles hubieran aprobado la cancelación del referéndum. No les gustaba la democracia directa. Tampoco confiaban mucho en la gente.
Mientras Grecia se sigue hundiendo en la crisis económica más grave de su historia de posguerra, más lejos está de encontrar una salida a sus problemas. Una tóxica mezcla de ansiedad y miedo flota en el aire en Atenas. Esto prueba que vivir de un elevado idealismo nunca es fácil. Los griegos modernos lo sabemos bien porque somos, en muchos sentidos, el reflejo imperfecto de un ideal que Occidente imaginó para sí mismo.
Cuando la crisis griega comenzó hace dos años, la portada de una popular revista alemana mostró una imagen de Afrodita de Milo gesticulando con crudeza y el titular: "El estafador en la familia del euro".
En el artículo, los griegos modernos fueron descritos como perezosos indolentes, tramposos y mentirosos, los maestros de la corrupción, descendientes indignos de su glorioso pasado helénico. La ironía es que la Grecia moderna tiene poco en común con Pericles o Platón. En todo caso, se trata de un fallido proyecto alemán.
En 1832, Grecia apenas había logrado su independencia del Imperio Otomano. Las "grandes potencias" de la época: Gran Bretaña, Francia y Rusia, nombraron a un príncipe de Baviera, Otto, como primer rey de Grecia. Otto llegó con arquitectos alemanes, ingenieros, médicos y soldados, y se dispuso a reconfigurar el país con el ideal romántico de la época.
El siglo 19 vio un resurgimiento del interés de los europeos en la antigua Grecia. Goethe, Shelley, Byron, Delacroix y otros artistas, poetas y músicos buscaron inspiración en la belleza clásica. Anhelaban una pureza perdida en sus pensamientos, la estética y la pasión de la sangre caliente. Volver a la Grecia sensual de Orfeo y Safo fue un lastre para la embestida deshumanizadora de la Revolución Industrial.
Otto se aseguró de que la Grecia moderna viviera a la altura de esa imagen romántica. Atenas, que en ese tiempo era una pequeña aldea, se inauguró como la capital. Los arquitectos de Munich diseñaron y construyeron un palacio real, una academia, una biblioteca y hermosas construcciones de estilo neoclásico.
Por lo tanto, la Grecia moderna fue inventada como un telón de fondo para el arte y la imaginación contemporánea europea, un precursor histórico de las Disneylandias por venir.
Otto eventualmente fue expulsado con un golpe de Estado. Sin embargo, las bases de la incomprensión histórica habían sido plantadas para perseguir por siempre a Grecia, su relación consigo misma y con otras naciones de Europa.
No importa lo que Otto haya imaginado, la verdad es que mis antepasados, los valientes que comenzaron a luchar por su libertad contra los turcos en 1821, no tuvieron los ánimos suspendidos durante 2 mil años. A pesar de que eran fuertes sus vínculos con la tierra, los templos en ruinas y los mitos, no se la pasaban caminando con mantas blancas y coronas de laurel.
Ellos eran cristianos ortodoxos, conservadores y ferozmente hostiles hacia sus instituciones de gobierno. En otras palabras, eran una vergüenza para toda esa gente en Berlín, París y Londres que esperaban la resurrección de filósofos que se sacrificaran por Zeus.
La profunda brecha entre lo antiguo y lo moderno tenía que ser sellada para satisfacer las románticas expectativas que Europa tenía de Grecia. Así que se creó una narrativa histórica que reclamaba una continuidad ininterrumpida con el pasado ancestral, que se convirtió en el dogma central de la política y la identidad nacional griega.
Al crecer en Grecia en la década de los 70, tuve que aprender no una, sino tres lenguas griegas. Primero fue el lenguaje popular de la vida cotidiana. Sin embargo, en el colegio nos enseñaron algo diferente: el "katharevousa" ("limpio"), un idioma diseñado por los intelectuales del siglo 19 para purificar el lenguaje popular eliminando la abundancia de palabras prestadas de los turcos, eslavos y latinos. Finalmente, teníamos que estudiar griego antiguo, el idioma de nuestros antepasados clásicos, los héroes de Maratón y las Termópilas. La mayoría de nosotros no pudimos aprender alguno de esos tres idiomas, y terminamos por mezclarlos en un argot gramaticalmente anárquico que comunica la confusión de nuestra época.
La sociedad griega sufre de igual número de divisiones. En primer lugar esta la clase política, que desde hace casi dos siglos ha mostrado servilismo a los amos extranjeros. Los políticos pronto descubrieron que pretender ser parientes de Eurípides les garantizaba préstamos a modo y simpatía diplomática. Y la posición geopolítica de Grecia, con el control de las rutas de navegación desde el Mar Negro hasta el Mediterráneo, también ayuda. No es de extrañar que la Grecia moderna nunca haya sido verdaderamente independiente. Siempre ha sido mucho más sencillo ser dependiente del poder y del capital extranjero.
Convertirse en un miembro de la Unión Europea y de la zona euro, sólo para acumular una deuda titánica, ha sido el último capítulo de esta odisea moderna.
En segundo lugar está el sueño de los intelectuales de una Grecia verdaderamente occidental a través de algún milagro de la economía y las ciencias sociales. Cuando se anunció el referéndum del préstamo, la mayoría de los intelectuales se opusieron a la consulta. Grecia tuvo que demostrar que pertenecía a la familia europea de naciones, lo que sea que eso signifique. La rebelión no debía ser tolerada para no provocar que el país fuera expulsado del euro, el símbolo de la occidentalización griega.
Finalmente, los intelectuales y los políticos, con la persuasión de los enojados líderes europeos y tecnócratas, provocaron la anulación del referéndum. Además, la invención de la fantástica Grecia moderna exigía que sus habitantes –el tercer elemento de la sociedad griega– también se mantuvieran sólo en la imaginación.
Pero, naturalmente, los griegos son reales. Desprecian la pérdida de su soberanía, así como la amarga medicina prescrita por sus hermanos europeos para su "rescate". La austeridad impuesta por los funcionarios no electos de la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo no es percibida como un remedio, sino como un castigo, un concepto desagradable para los griegos ortodoxos, cuyo valor central es la misericordia.
Con la inverosímil carga de los antepasados que supuestamente establecieron los cimientos de la civilización occidental, impulsada por fuertes corrientes culturales que socavan la autoridad del Estado, los griegos anhelan la realización del sueño prometido por su clase política: que Grecia, de alguna manera, pueda ser diferente del resto del mundo, una utopía en la que los mortales puedan vivir como los olímpicos. Al igual que los hijos de padres famosos a los que nunca van a poder superar, disfrutan de deseos imposibles, incapaces de tener confianza en sí mismos para hacer su propio camino.
La crisis financiera griega es una crisis de identidad. A menos que la gente se redefina, esto podría convertirse en la catástrofe perfecta: un país diseñado como un parque que recrea la temática romántica de hace dos siglos, que desde entonces ha sido apoyado con préstamos y es incapaz de adaptarse a la cruda realidad de la globalización del siglo 21.
(c) 2011, The Washington Post
*Zarkadakis es el autor de la novela "La Guía de Supervivencia de la Isla" y la obra "El Juego de la Imitación".


