Agobiados por la quiebra de las corporaciones tras la borrachera financiera de José López Portillo, algunos de los más importantes capitanes de empresa de Monterrey se impusieron una “mordaza de cristal” a cambio del rescate de sus adeudos y la futura estabilidad cambiaria. Hoy Reporte Indigo te presenta la cuarta entrega del especial: Monterrey ¿Qué pasó?...
El cierre del sexenio de José López Portillo, el que prometió a las corporaciones regiomontanas un crecimiento sin límites, terminó en tragedia financiera. Colocándolas al borde del colapso frente a la expansión desenfrenada.
Endeudadas en dólares, con una economía debilitada por la caída internacional de los precios del petróleo y un sistema bancario estatizado, los empresarios de Monterrey vieron en Miguel de la Madrid su nueva tabla de salvación.
Por un lado la creación de los llamados mexdólares, con un tipo de cambio muy por debajo del mercado, dejó a las empresas mexicanas a merced del favor del Estado para cubrir sus demandas de divisas para mantener sus operaciones con insumos de importación. Y las corporaciones regiomontanas tenían fuertes requerimientos de dólares controlados.
Por el otro, un mecanismo creado por un técnico del sexenio delamadrista, Ernesto Zedillo, quien ideó el mecanismo que permitiría reestablecer la calma en sus atribulados estados financieros. Su nombre: Fideicomiso Contra Riesgos Cambiarios (Ficorca).
Con este novedoso instrumento, que demostró ser muy útil, los pasivos en dólares se convirtieron en pesos, protegiendo desde el Banco de México la inestabilidad cambiaria que podría terminar de hundir las empresas en la quiebra.
Pero el favor económico debió ser compensado con un favor político. Y después de la “amarga” experiencia de los foros de México en la Libertad, promovidos por los regiomontanos a través de la Coparmex que presidía Manuel “El Maquío” Clouthier, el gobierno delamadrista exigía sometimiento.
Sobre todo cuando personajes como Andrés Marcelo Sada, Rogelio Sada, Eugenio Clariond, Jorge Chapa y José Luis Coindreau, ondeaban desde las cúpulas empresariales, desde la Coparmex hasta la Concanaco, las banderas políticas contra los gobierno priistas que acumulaban descalabro tras descalabro a partir del sexenio de Luis Echeverría.
Y es el mismo Miguel de la Madrid, quien en sus memorias busca curarse en salud sobre cómo se dio la marginación política de los ejecutivos de las empresas regiomontanas para que no continuaran creando inestabilidad política con sus discursos y con sus acciones. En pocas palabras dice que nunca lo pidió, que ellos solos se colocaron el bosal.
Escribe el ex presidente en sus memorias que “el lunes 11 de noviembre (de 1985), la Confederación Patronal de la Republica Mexicana publicó en los principales diarios un desplegado en el que denunció que altos funcionarios gubernamentales habían conminado recientemente a varios importantes empresarios a abstenerse de participar en actividades de índole política”.
Y agrega que “esas acciones fueron calificadas por la organización empresarial como violaciones a las garantías individuales y como un atentado a la libertad”.
De la Madrid advierte que “el miércoles 13, el secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, envío a diversos diarios capitalinos su repuesta a las acusaciones de Coparmex.
“En términos generales, Bartlett señaló que el gobierno jamás interviene en las decisiones internas de los sectores, y mucho menos en las de las empresas; que las acusaciones sobre la intimidación a empresarios resultaban vagas e imprecisas, pues no se indicaba ningún dato concreto sobre quiénes, cuándo, en qué circunstancia y por qué, en relación con los supuestos hechos”.
El ex presidente expresa que “enseguida, Bartlett recordaba que las cámaras de Industria y Comercio han de servir a las funciones para las que están constituidas”, y aclaró que “quien pretendiera utilizar estas organizaciones para fines políticos personales de algún dirigente violaría la ley y atentaría contra la libertad política de los agremiados”.
De la Madrid reconoce en sus memorias que todos esos fueron acuerdos “en lo oscurito”, que nunca debieron ser del conocimiento público.
“Como puede apreciarse, se trató de un intercambio desagradable de acusaciones y amenazas entre la iniciativa privada y el gobierno. Fue un asunto que nunca debió salir a la luz pública, pues destapó conversaciones supuestamente realizadas a puerta cerrada”, revela el ex presidente.
Y De la Madrid es muy explícito cuando da el epicentro de los desacuerdos empresariales. Lo ubica en Monterrey.
“El origen de este episodio se encuentra en la actitud de enfrentamiento de los dirigentes de las cámaras empresariales de Nuevo León a raíz de las elecciones de julio.
“No sólo apoyaron abiertamente al PAN, sino que se negaban a asistir a la toma de posesión del gobernador electo Jorge Treviño, lo que ya significa un grande desafío. Esta hostilidad manifiesta ante el gobierno se exacerbó con el decreto de expropiación posterior al sismo y con las elecciones municipales de Monterrey”.
Es evidente en lo dicho por Miguel de la Madrid que los empresarios terminaron por pactar la aceptación de Jorge Treviño, quien a la postre resultó ser el padrino político de Natividad González Parás a quien le confió la Secretaría de Gobierno.
El mismo Natividad González Parás que convertido más tarde en gobernador terminaría –por incompetencia o por complicidad– entregando a Nuevo León a los cárteles del narcotráfico.
El ex presidente termina burlándose en sus memorias de los capitanes de empresa de Monterrey a quienes los exhibe como personajes con “doble juego”, pero prestos a entregar lo que –dice él– nadie les pide.
“Como yo sé que los empresarios tienen un doble juego, en el que, por su lado, propician o toleran que los dirigentes de las cámaras empresariales agredan al gobierno, y por otro, ellos se deriven por establecer contactos gubernamentales que beneficien a sus empresas, decidí llamar a Eugenio Garza Lagüera, con quien tengo una buena relación, para aclarar un par de ideas”, reconoce De la Madrid.
“Lo recibí el 10 de septiembre y le dije: ‘Eugenio, estamos rumbo a una colisión entre el gobierno y los empresarios, que no creo que sea conveniente para ninguna de las partes’.
“Garza Lagüera, consternado, me contestó que estaba convencido que deberíamos evitar tal situación, por lo que añado:
"Ustedes me han estado haciendo ataques muy duros por medio de sus cámaras, y ello provoca a la gente de mi lado. Tráeme a un grupo de amigos comunes para que platique con ellos. Mientras tanto, yo sabía que Jorge Treviño y Manuel Bartlett estaban haciendo su labor”.
De la Madrid dice que “el 16 de octubre recibí a los hombres que más pesan en Monterrey: Eugenio Garza Lagüera, Bernardo Garza Sada, Gregorio Ramírez, Carlos Maldonado y Adrián Sada Treviño.
“Empezamos a hablar, y de inmediato me dijeron que ellos no querían un pleito con el gobierno; que en lo básico estaban de acuerdo con las medidas que estábamos tomando.
“Insistieron en que sus diferencias con el gobierno eran superficiales y no de fondo. Me informaron que los principales empresarios de Monterrey habían llegado a un acuerdo, por cierto muy difícil de alcanzar, por el que los tres primeros niveles de funcionarios de las empresas no participarían directamente en política”.
Y todavía en sus memorias, Miguel de la Madrid presume que él no hizo tal exigencia. Que fue un acto de complacencia oficial que como tributo le rindieron los empresarios de Monterrey.
“Miren yo no quiero quitarle a ningún mexicano su derecho de ejercer la política, pero sí quiero dejar claro que no creo que las organizaciones empresariales, o las empresas como tales, deban tomar bandos políticos.
“Lo que no quiero es que pongan como dirigentes empresariales a panistas, particularmente en la Coparmex, porque cuando colocan a personas así en esos puestos éstas dejan de ser útiles, pues ya no abogan ni representan los intereses de los empresarios, sino más bien los del PAN, y entonces ya no sé si debo tratarlos como representantes empresariales o como agentes del PAN.
“En lo individual, repito, me parece muy positivo, si ellos lo desean, que participen en política, afiliándose al partido que más les guste, pero no como empresas o como organizaciones empresariales”.
Meses más tarde Andrés Marcelo Sada limitaría su actividad política desde la dirección general del Grupo Cydsa. Y su hermano Rogelio Sada haría lo mismo con la dirección general del Grupo Vitro.
Manuel “El Maquío” Clouthier dejaría la Coparmex para dedicarse de lleno a la política, postulándose primero a una diputación federal, luego como candidato del PAN a la gubernatura de Sinaloa.
El sinaloense vendría a cerrar el ciclo como candidato presidencial del PAN en la controvertida elección de 1988 en la que la caída del sistema y las negociaciones de Manuel Camacho hicieron posible la legitimación de Carlos Salinas de Gortari en Los Pinos.
Rogelio Sada reconoce el episodio en una entrevista con Milenio fechada el 25 de noviembre de 2008.
“En 1985 presenté mi renuncia, no me la pidieron para hacer la aclaración, por razones de encontrarme en un conflicto de valores, en virtud de que el gobierno le pide al consejo de Vitro que imponga lo que en su tiempo se le llamó la “mordaza de cristal”, que me obligaba a mí como director general, por mandato del consejo, a imponerle la misma mordaza al segundo y tercer nivel, que eran unas 67 personas”.
“(Manuel) Bartlett, que era secretario de Gobernación, le pide expresamente a uno de los principales accionistas de Vitro que implante esa medida, estando yo por delante en este programa de gobierno. Lamentablemente de los 11 consejeros que habíamos en ese momento, uno se abstiene, cinco votan a favor y cinco votan en contra de aplicar la medida. Hubo empate, pero el presidente del consejo decide imponer la medida”, reconoce Rogelio Sada.
“Así que amanezco amordazado y con la obligación de amordazar a todos mis compañeros de trabajo. Resisto esta medida tres meses, cada mes intento modificar el acuerdo con mucho respeto y cordialidad, porque yo quería mucho a Vitro y la sigo queriendo por toda una vida profesional en la que me desarrollé.
“Lamentablemente no lo logro, entonces decido presentar mi renuncia siempre y cuando liberen a mis cuates. Votan por seguir ese camino”, concluye el ex director de Vitro.
Miguel de la Madrid todavía reconoce en sus memorias que todo eran acuerdos bajo la mesa. “Discretos”, dice.
“Alguno de los (empresarios) que participó en la reunión rompió la discreción que la platica suponía y a ello se debió el desplegado de la Coparmex, y mas tarde, el artículo en la revista Proceso”. El Ficorca teminó cobrando con cuotas de silencio y sumisión.


