Enrique Gánem - Otro punto de vista
21/01/2009 - 1 comentarioUn Café con Enrique Gánem.
Hace algunas semanas, tuve uno de esos rarísimos momentos para ver la televisión.
Vi un reportaje en uno de los noticiarios matutinos más conocidos de la televisión. El trabajo, de buena calidad, presentaba el caso de los productos transgénicos. Un organismo transgénico es aquel al que se le insertan uno o más genes procedentes de otras especies animales. Esto gracias a que todos los seres vivos tienen la misma maquinaria molecular básica, y por eso es posible transferir las instrucciones químicas que sirven para fabricar una proteína - es decir, un "gen" - de una bacteria a una planta de maíz por ejemplo.
El reportaje presentaba al Dr. Luis Rafael Herrera Estrella, del CINVESTAV. Este investigador trabajó en el equipo que logró transferir genes de un ser vivo a otro en forma controlada (tarde o temprano, este trabajo tendrá que se distinguido con el Premio Nobel de Medicina y Fisiología).
Al ver este trabajo, uno se queda con la idea de que los productos transgénicos son bastante seguros, y que la controversia sobre su uso es innecesaria.
No soy enemigo de la tecnología, pero si algo hemos aprendido de lo sucedido en los siglos XIX y XX es que aún las más simples y aparentemente bondadosas, deben ser aplicadas con cuidado, pues resulta muy difícil calcular sus consecuencias.
En 1973, fue posible transferir información genética de una bacteria a otra (de una especie diferente). En los años siguientes se desarrollaron otras técnicas que permiten hacer lo mismo entre cualquier tipo de organismos.
Las primeras aplicaciones fueron muy valiosas. En 1978 presentaron una variedad de Escherichia coli, una bacteria muy abundante en el intestino humano. Esta bacteria recibió el gen humano de la insulina; por cierto, las bacterias se reproducen con una velocidad asombrosa (en un solo día, una sola E. coli que se reproduce sin limitaciones podría formar una colonia del tamaño y peso de la Tierra). En poco tiempo, fue posible crear cultivos enormes de esta bacteria alterada para la producción de insulina idéntica a la humana.
En poco tiempo, se realizaron otros ensayos para producir bacterias transgénicas capaces de crear grandes cantidades de esencia de vainilla pura (indistinguible de la natural) y muchas otras cosas más.
En 1999, el Dr. Zhiyuan Gong, de la Universidad de Singapur, creó un pez que produce luz de colores. Lo que hizo el equipo del Dr. Gong fue inyectar el gen que le permite a ciertas medusas producir una proteína luminosa, en el pequeño pez zebra.
Poco después, una empresa americana se puso en contacto con el equipo de Singapur, y ahora se venden en Estados Unidos unos peces que brillan con distintos colores cuando son iluminados con una lámpara común. Los Glo-Fish (su nombre comercial) cuestan alreddeor de 20 dólares.
Existen otras aplicaciones de la tecnología transgénica: es posible colocar en el maíz un gen proveniente de una bacteria llamada Bacillus thuringiensis; este gen tiene la información para fabricar una proteína que actúa como insecticida: mata a las bacterias, pero no daña a los seres humanos. Con una planta así, sería innecesario usar insecticidas en forma masiva para proteger las cosechas; algo que dejaría contentos a todos, incluso a los más radicales partidarios de la conservación del ambiente.
Existen otras ideas: es posible insertar los genes para las proteínas de ciertas bacterias peligrosas en la corteza de la papa; al comer el vegetal con todo y cáscara, el cuerpo aprendería a reconocer y atacar a esas proteínas. En pocas palabras, sería posible vacunar a millones de personas mientras comen. Algunas bacterias transgénicas podrían ayudar a mejorar la calidad de suelos pobres, y hacerlos apropiados para la agricultura, o para la reforestación. Los organismos transgénicos también podrían ayudarnos a producir mejores medicamentos. En el futuro, la manipulación genética podría ayudar a eliminar el cáncer, el Alzheimer, la diabetes y probablemente a detener el proceso de envejecimiento.
Cualquier tecnología tiene siempre aspectos inesperados que pueden resultar desagradables y hasta peligrosos.
Tome el caso del pasto. El vegetal que parece una alfombra verde y que cubre un campo de golf, es uno de los más de 100 miembros del género Agrostis. Algunas variedades de pasto (Agrostis stolonifera, para ser más específicos) recibieron genes provenientes de bacterias del género Agrobacterium; estos bichos producen una proteína que destruye el glifosato, uno de los herbicidas más agresivos existentes.
Pues resulta que esos genes pasaron del A. stolonifera a otras especies silvestres de pasto en forma inesperada; de pronto, aparecieron variedades de pastos silvestres resistentes al glifosato a 21 kilómetros del lugar en donde se encontraban las plantas originales.
Esto probablemente no lo alarmará mucho. La "fertilización cruzada", es decir, la fertilización de una planta con polen de otra especie, se ha usado frecuentemente para producir nuevas variedades de frutas y verduras; sólo que en este caso, esa fertilización cruzada ocurrió de manera natural.
Antes de seguir, le quiero hablar de las papas y de Irlanda. En la primera mitad del siglo XIX, la mayor parte de la población de Europa dependía, en mayor o menor grado de las papas. De todos los países de la región, Irlanda era el más dependiente: la papa era la fuente principal de alimento de más de la tercera parte de la población total. En 1845, apareció una variedad de hongo que destruía a las papas; en pocos días, el Phytophtora infestans convertía a las papas en masas podridas, negras y malolientes.
El ataque del hongo produjo una descomposición social: los terratenientes echaron a la calle a los más pobres, pues no podían pagar su renta (muchos vendían papas para vivir). El gobierno, como en todos los países, respondió con lentitud e ineficacia y hasta con desdén. Una buena parte de los sobrevivientes huyó a los Estados Unidos (más de un siglo después, uno de los descendientes de John Fitzgerald Kennedy, sería uno de los presidentes más queridos de la historia de ese país). No quedó gente suficiente en el campo y las ciudades para realizar las labores más duras: a pesar de la ayuda extranjera, la economía de Irlanda se hundió por más de medio siglo.
En los 7 años que duró la invasión del hongo, probablemente murió más de un millón de personas. Todavía ahora, los investigadores tratan de calcular la dimensión humana de la tragedia, sin éxito.
Ahora imagine que en el mundo actual, con una población casi 10 veces mayor a la existente en todo el planeta en aquella época, aparece una nueva mala hierba: esta planta invade rápidamente los terrenos cultivados y destruye casi todas las cosechas en pocas semanas.
Y ahora piense que esta planta recibió los genes que le otorgan resistencia al glifosato y a dos o tres herbicidas. En menos tiempo que el que le tomó al Phytophtora infestans invadir Irlanda, la nueva planta podría llegar a todos los continentes. En un par de años, la mayoría de las cosechas serían atacadas; aún con una acción coordinada y decidida de todos los gobiernos del mundo, la producción de alimento podría caer en forma espectacular; entonces veríamos el terrible espectáculo irlandés repetido en las calles de todo el mundo. En poco tiempo, el hambre produciría inestabilidad social, luego protestas, y al final, guerras a gran escala. Si esto ocurre en países con armas nucleares, como Pakistán o la India, las consecuencias podrían ser dantescas.
El asunto de la fertilización cruzada no puede ser controlado con facilidad. Existe la posibilidad de producir plantas infértiles, que no podrían pasar sus características a las naturales, pero en ese caso, los granjeros estarían condenados a comprar, cada año, todas las semillas que necesitan. El precio de los alimentos quedaría en manos de un par de empresas enormes, las únicas capaces de producir lo necesario para alimentar al mundo. Esta tecnología sólo podría funcionar si las empresas dueñas de la patente deciden renunciar a ella, para que cada país pueda producir sus propias semillas.
Existe otra posibilidad, los genes que le dan resistencia especial a una planta podrían producir las proteínas especiales sólo cuando la planta recibe una cierta sustancia; de esta manera, una planta natural que recibe esos genes por accidente nunca manifestaría las nuevas cualidades, pues la sustancia sólo se usaría en condiciones muy restringidas. Esta tecnología, llamada "traitor", tiene los mismos problemas fundamentales que la anterior.
Existen otros problemas: el material genético es sorprendentemente plástico. Basta con mirar a la casi interminable variedad de seres vivos existentes en la Tierra, para darse cuenta que el ADN nunca se queda quieto. Aunque se fabriquen semillas que producen plantas infértiles, la mutación tarde o temprano podría producir una variedad de plantas "terminator" que pueda reproducirse; entonces sólo será cuestión de tiempo para que ocurra una catástrofe.
Si cree que estas preocupaciones son académicas, sólo piense que estos temas han ocupado la atención de los gobiernos de los países más avanzados desde hace más de una década.
Si quiere darse una idea de lo que puede pasar si jugamos al aprendiz de brujo con los genes, piense en las superbacterias en los hospitales: durante varias décadas, algunos bichos han sido expuestos a toda clase de antibióticos. Algunos, por selección natural, desarrollaron resistencia a prácticamente todos: por eso, las infecciones por MRSA (estafilococo dorado resistente a la meticilina) o peor aún, por VRSA (estafilococo dorado resistente a la vancomicina), son mortales con frecuencia. Actualmente, sólo un grupo de antibióticos conocido como "oxazolidinonas" puede enfrentar a estos bichos. Algo parecido podría ocurrir con las plantas, animales y bacterias con las que se quiere jugar en algunas empresas de alta tecnología.
En 1831, apareció la novela de Mary Wollstonecraft Godwin, la genial y desafortunada esposa de Percy Bysshe Shelley; esta obra fue concebida en una noche de tormenta, y la joven de 18 años comenzó a escribirla inmediatamente. Su marido, uno de los más famosos poetas de la época, ahora sólo es recordado pocos, pero todo mundo recuerda a "Frankenstein, o el Moderno Prometeo".
En esta obra, la joven escritora describe las consecuencias de la falta de respeto por la naturaleza; tarde o temprano, la creación monstruosa del Dr. Víctor Frankenstein acaba por destruirlo. De la misma manera, la tecnología descontrolada puede acabar con la humanidad: las armas nucleares, la destrucción del ambiente con máquinas gigantes, o el malabarismo genético, podrían acabar con la humanidad.
