Problemas profundos
23/06/2010 - 0 comentariosCualquiera creería que un submarino podría arreglar la tragedia del derrame en el Golfo de México, pero debido a deficiencias tecnológicas aún no hay sumergibles capaces de alcanzar la profundidad a la que se encuentra el pozo.
Cuando las computadoras se hicieron populares, al principio de los 60, todos pensaron que en 10 años cambiarían al mundo.
Eso realmente ocurrió, pero no como lo imaginamos. Por otra parte, las computadoras más sencillas de 1970 eran mucho más poderosas que los mejores equipos de 1960.
Esa tendencia siguió en las décadas siguientes.
A pesar de esto, las computadoras aún no pueden diagnosticar enfermedades (todavía no ocupan el lugar de los médicos) ni pueden sostener una conversación decente y esto ha ocurrido porque los entusiastas ingenieros que predijeron la existencia de estas aplicaciones nunca midieron correctamente el verdadero tamaño de lo que querían hacer.
Algo similar ha ocurrido con la explotación de las riquezas del fondo del mar. El desarrollo de los minisubmarinos, después de la Segunda Guerra Mundial, fue mucho menos sonado que el de las naves espaciales.
Para conquistar la Luna, solo basta con salir del fuerte campo gravitatorio terrestre. Una vez en el espacio, resulta facilísimo (relativamente hablando) diseñar y construir una máquina que mantenga vivos a unos cuantos tripulantes por unos cuantos días.
El módulo lunar era tan delgado, que si un técnico dejaba caer un destornillador, éste podría perforar su delgada piel; en algunos lugares apenas dos veces más gruesa que las hojas de papel aluminio de cocina.
En contraste, el “Trieste”, la primera y única nave en llegar a la región más profunda conocida del océano, en 1960, debió ser construido con una gruesa esfera de titanio y ventanas reforzadas de plexiglas (más resistente que el vidrio) para soportar la tremenda presión.
De haberse abierto una grieta más delgada que un cabello humano, la terrible presión habría producido un chorro de agua tan potente, que habría cortado en dos inmediatamente a cualquier persona que encontrara en su camino.
La presión no es el único problema que debe enfrentar el diseñador de máquinas submarinas de precisión.
La corrosión puede afectar a casi cualquier material, a veces en forma invisible. Una pinza puede parecer sólida, hasta que trata uno de apretar una tuerca; entonces estalla en pedazos.
Resulta muy difícil diseñar sistemas eléctricos que puedan evitar la entrada de agua salada en su interior bajo la tremenda presión; a veces basta con una sola gota para producir un desastre.
La lista de problemas que puede generar el océano sigue y sigue y está incompleta.
Aún ahora hay sorpresas desagradables producidas por la curiosa forma en la que ciertos materiales se comportan bajo la terrible presión y baja temperatura que existe en el fondo de los mares. Por eso el desarrollo de los minisubmarinos ha sido excepcionalmente lento.
El reciente descalabro de la industria petrolera en el Golfo de México es un buen ejemplo de estas sorpresas.
Uno pensaría que 50 años después de que el Trieste llegara al fondo de los mares (a casi 11 mil metros por debajo de las olas), ya debería existir una legión de minisubmarinos capaces de llegar a los miserables mil 500 metros a los que se encuentra el pozo fuera de control de Shell.
La realidad es que sigue existiendo un puñado de aparatos capaces de alcanzar siquiera esa profundidad; los submarinos militares más capaces en ese sentido son los submarinos nucleares de una clase que la OTAN llamaba “Alfa”.
Estos aparatos, hechos de titanio, se dice que probablemente podrían alcanzar los mil metros de profundidad (la mayoría de los submarinos militares modernos alcanzan alrededor de 400, en el mejor de los casos).
Los militares operan unos cuantos submarinos de alta profundidad para la realización de rescates (hasta ahora, ninguno de ellos ha servido para nada).
Por otra parte, solo unas cuantas instituciones públicas tienen el dinero, la experiencia y demás condiciones para operar minisubmarinos de investigación (como el famoso “Alvin”).
Finalmente, muy pocas empresas privadas tienen uno que otro minisubmarino de alta profundidad, capaz de operar a más de 600 metros de profundidad.
El agua se porta de manera algo extraña en las condiciones del fondo del mar. La presión es tanta que las moléculas de agua a veces crean estructuras en forma de jaula; en su interior pueden atrapar unas cuantas moléculas de otras cosas, como gas metano.
Estas estructuras se llaman “clatratos” y son bien conocidas para los investigadores. En grandes regiones del fondo de los océanos existe una sustancia que se parece a la nieve.
Cuando este material es llevado a la superficie, las jaulas moleculares se rompen poco a poco y la “nieve” de las profundidades comienza a liberar metano. Si le acerca usted un cerillo, la “nieve” se quema lentamente.
Uno de los problemas inesperados que enfrentan los ingenieros de Shell, es que se está formando mucho clatrato en la zona por donde sale el petróleo.
Al colocar una campana o cualquier otra estructura para tratar de controlar la fuga, se forma una masa de esta “nieve” que saca de su lugar al tapón e impide que selle correctamente.
Otro problema, más grave, tiene que ver con la dispersión de los contaminantes. Al parecer, una buena parte del petróleo no llega a la superficie, cuando menos no rápidamente.
Por alguna razón (probablemente por las diferencias de densidad en distintas zonas del océano), una buena parte del petróleo, lleno de sustancias venenosas, se concentra en una capa situada a centenares de metros de profundidad.
Por mala suerte, parece que es en esa capa en donde se concentran algunas variedades de plancton, es decir, de microorganismos de todo tipo (desde larvas de organismos más grandes, como camarones o pulpos, hasta algas microscópicas y bacterias).
Ese plancton es fundamental para mantener funcionando al ecosistema marino, ya de por sí afectado por la pesca excesiva.
Nadie sabe cuáles serán las consecuencias a largo plazo del derrame en la población de organismos microscópicos.
La situación actual en el Golfo de México revela que incluso las empresas con mayor experiencia y capacidad (tanto técnica como económica) no tienen forma de arreglar una simple fuga de petróleo en el fondo del mar.
Además, no tenemos idea siquiera de las consecuencias que tendrá un accidente así.
En pocas palabras, no sabemos (me refiero a la humanidad) casi nada de nada sobre la explotación segura del petróleo en el mar profundo.
¿Se imagina si este desastre le hubiera ocurrido a PEMEX?
LIGAS DE INTERÉS
El derrame y los científicos [4]
El derrame y el gas metano [5]
Clatrato [6]
