Y tú... ¿bajas o compras música?
15/06/2010 - 5 comentariosNoventa y cinco por ciento de las descargas de música en Internet son ilegales. La cultura de compartir archivos en la Red parece imparable, así que en TreceVeinte te presentamos el panorama de la industria y lo que podemos hacer como consumidores para encarar esta realidad.
Las descargas o downloads, los leaks y los programas de P2P (peer to peer) son una realidad en la cultura digital. Aceptémoslo: los que pertenecemos a la generación Napster, no vamos a dejar de bajar música ni vamos a dejar de compartirla a través de nuestro LimeWire, Vuze, Soulseek o cualquier software del momento que nos pongan en frente.
La cultura de las descargas en Internet parece imparable, lo que ha ocasionado que las grandes disqueras apunten hacia los consumidores en batallas legales desproporcionadas, al más puro estilo David y Goliath. Pero en lugar de buscar culpables, la industria debería buscar la manera de adaptarse a la nueva realidad de la relación música-distribución-audiencia.
O por lo menos eso es lo que piensan muchas voces (consumidores, artistas y disqueras independientes o de menor tamaño) directa o indirectamente involucradas con la producción, distribución y consumo de la música.
Este debate nos ha motivado en Trece:Veinte a abordar el tema partiendo del hecho de que amamos la música, que lo último que quisiéramos es que se lastime la cadena que hace posible que podamos disfrutar de nuestras bandas favoritas y las que tenemos pendientes por conocer, pero aceptando una realidad innegable, casi irreversible.
Música en el año 2010
A la generación Napster nos tocó vivir en una época sin precedente para la creación y distribución de música. Una época donde pueden convivir en un playlist de iTunes cualquier mega producción al estilo U2, Lady Gaga o Kanye West, con la música lo-fi hecha literalmente en los cuartos de Chazwick Bundick (Toro Y Moi), Ernest Greene (Washed Out) o Alan Palomo (Neon Indian).
La tecnología nos ha brindado nuevas maneras de consumir la música. Del vinilo, al cassette, al disco compacto y el punto de quiebre que llegó con la digitalización de la música en formato mp3. Del tocadiscos, al estéreo y los primitivos portátiles como el walkman o discman, ahora la música también se puede escuchar en computadoras, celulares y reproductores de mp3.
¿La diferencia? El almacenaje y el ritual para comprar, adquirir y escuchar una producción musical.
De la docena de canciones que típicamente contiene un CD, a las miles que puede almacenar cualquier aparato que pueda reproducir el maldito formato mp3.
La experiencia de ir a una tienda de discos a buscar entre cientos de cajas de compactos, lo puede sustituir iTunes o LimeWire a un solo click, aunque muchos creemos que no es lo mismo. En mi caso son dos experiencias distintas: cuando voy a la tienda de discos es porque voy a comprar uno que de antemano ya sé que quiero, en cambio bajar un disco en Internet es la oportunidad de conocer nuevas bandas y sonidos.
El ritual de abrir la caja de un CD, de hojear el librito, leer las letras y ver el arte del disco, se ha minimizado a una barra de porcentaje que muestra lo que resta por descargar. Y al finalizar, solo es cuestión de arrastrar a iTunes para ponerle play.
El ritual del click y de la barra de porcentaje poco a poco está sustituyendo el acto físico de ir a escoger un disco. Y para muestra, este año se rebasó la cifra de las 10 mil millones de canciones descargadas en iTunes Store desde que se lanzó el servicio en abril de 2003.
Dos visiones
Haz click en MULTIMEDIA para ver las entrevistas con Fernando Hernández, Director General de AMPROFON y Andrés Ibarra, Press & Publicity de Arts & Crafts México.
¿Qué propones? ¿Qué estás haciendo tú para apoyar a tus bandas/artistas favoritos? Haz click en EXPERIENCIA y opina.
Para entender el desplome que ha tenido la industria de la música en los últimos 10 años...
Las ventas de música en formato digital lucen a simple vista bien y en forma. Según el Reporte Digital de la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI, por sus siglas en inglés), en 2009 los ingresos por concepto de compra de música digital llegaron a los 4 mil 200 millones de dólares, 12 por ciento más que en 2008.
Pero este optimismo en la industria de la música digital se ve opacada por una cifra descomunal: tan solo en 2008, se estima que se bajaron y/o compartieron más de 40 mil millones de canciones de manera ilegal. La IFPI estima que esto representa 95 por ciento de las descargas totales de música.
La cifra es una estimación de las canciones y discos completos que se pueden descargar a través de programas P2P (peer to peer) como LimeWire o Soulseek, o a través de clientes de torrents como Vuze o BitTorrent, así que es probable que la cifra se haya quedado corta con todo el movimiento de archivos compartidos que existe en la Red.
Pero el dato que realmente tiene temblando a la industria es este: según el IFPI, en el año 2000 la industria de la música a nivel mundial generó ingresos por un total de 36.9 mil millones de dólares. En 2009, se registraron 17 mil millones de dólares en ingresos. Es decir, en una década la industria vio cómo se desplomó 53.8 por ciento.
Y al final, los artistas reciben mayor remuneración por venta de discos que por el stream de una canción en Spotify o la venta de sus canciones en iTunes. El sitio de Spotify es el caso más extremo: por cada canción que se pone en stream, el artista recibe apenas $0.00043 dólares, mientras que la disquera recibe $0.0017 dólares. O por ejemplo por cada canción que se descarga en iTunes o Amazon, el artista recibe $0.09 y la disquera $0.63 dólares. En cambio, con la venta de un disco compacto el artista puede obtener, dependiendo del tipo de contrato, entre $0.30 y $1 dólar, mientras que la disquera se queda con $2 dólares.
En el informe Digital Music Report 2010, la IFPI describe un panorama de terror para España, Francia y Brasil, “tres países conocidos por su vibrante historia e influencia de su música y artistas, que están sufriendo con las ventas de discos de artistas locales y el número de lanzamientos que se ha desplomado”.
Esto ha motivado a que la industria discográfica y del copyright o derechos de autor presione a los gobiernos para que se legisle en este sentido. La presión se está concretando en el Anti-Counterfeiting Trade Agreement (ACTA), un acuerdo comercial que se está discutiendo a puerta cerrada y que defiende los intereses de las cuatro grandes disqueras a nivel mundial (Sony Music Entertainment, EMI Group, Warner Music Group y Universal Music Group), que están cabildeando junto a casas productoras de cine para que los gobiernos combatan tanto a la piratería como la práctica de compartir archivos por Internet.
Hace unos meses escribí sobre ACTA para Reporte Indigo y tuve la oportunidad de entrevistar al académico canadiense Michael Geist, uno de los críticos más reconocidos de este acuerdo comercial. Desde su sitio [1]y en múltiples foros, Geist ha criticado las rondas de negociaciones para la eventual aprobación multilateral de ACTA, que en resumen haría de los proveedores de Internet algo así como visores de las actividades que los usuarios le den a Internet. Esto ocasionaría que la Red pierda su esencia: la libertad y privacidad que tienen los usuarios.
Pero en los tiempos de Twitter, Facebook y demás redes sociales, francamente era difícil mantener en secrecía un acuerdo comercial que afecta directamente los “usos y costumbres” de los usuarios de Internet. Y después de meses de presiones, críticas e incluso protestas de usuarios alrededor del mundo (México uno de ellos), en abril se supo que en un nuevo borrador de ACTA se había eliminado la cláusula que se le conocía como los tres strikes.
En el caso de las descargas de música, lo que ACTA pretendía era que los proveedores de Internet tuvieran la responsabilidad de detectar y sancionar a los usuarios que descarguen o compartan archivos de música en la Red. Pero apenas en abril se anunció que esa cláusula se eliminó del borrador que se sigue actualizando reunión tras reunión.
Las 4 grandes
Se les conoce así porque juntas controlan más de 70 por ciento del mercado mundial de música. El poder que tienen Sony, EMI, Warner y Universal es palpable.
En México, la Asociación Mexicana de Productores de Fonogramas y Videogramas, A.C. (AMPROFON), “agrupa a las compañías fonográficas que representan más de 70 por ciento del mercado en México” y además está asociada a la IFPI. Su objetivo es proteger los derechos intelectuales de los productores de fonogramas en México.
Con la digitalización de la música, la aparición de programas para compartir archivos a partir de Napster y de la democratización de la difusión de nueva música a través de sitios como MySpace (sin la necesidad de depender de una disquera), las cuatro grandes corporaciones discográficas han comenzado poco a poco a reducir su poderío y dominación económica.
Los primeros interesados en mantener el estatus quo de la industria, son ellos. Y claro, cómo no quererlo cuando se tiene tal magnitud de penetración y dominación del mercado.
Basta echar un vistazo a las listas de popularidad. En la semana del 10 al 16 de mayo, de la lista de los 100 discos más vendidos en México, tan solo 11 de esos discos no pertenecen al selecto club de los cuatro. Es decir, 90 por ciento de los discos más vendidos en México de esa semana pertenecen a una de las cuatro grandes disqueras.
Pero hay un sector de la industria a la que le está impactando de otra manera las descargas de música. Las bandas y sellos discográficos independientes son los que han aprendido más rápido a adaptarse a esta nueva realidad. Al tener una mayor exposición a nuevos sonidos y bandas, es posible tener la versión mexicana del Arts & Crafts, la disquera canadiense de grupos como Broken Social Scene.
Para conocer más de cómo le va en este contexto a una disquera pequeña, escucha la entrevista con Andrés Ibarra de Arts & Crafts México.
La propuesta
Para pensar una solución viable, hay que tomar en cuenta que hay varios aristas en este tema. Por un lado está la preocupación legítima de las grandes corporaciones discográficas, que con organismos como el IFPI, se dedican a publicar estudios que confirman que la industria cada año vale menos.
También está el arte y la creatividad de los artistas y las bandas que además de que quieren que se difunda su trabajo, merecen una remuneración congruente. Y por último, la audiencia, que es el último eslabón en esta cadena en la que al final decidimos la trascendencia de una canción o un disco, con nuestra atención.
En abril de 2009, un estudio que dirigió el profesor de origen noruego Anne-Britt Gran, encontró una relación particular. Las personas que descargan música en Internet, ya sea de una fuente legal o dudosa, son 10 veces más proclives a comprar música en línea, en comparación con las personas que no descargan típicamente música de Internet. Lo que en parte demuestra por qué el único terreno que ha ganado la industria en los últimos años, es en el de la venta de música digital.
El departamento Labs del Times de Londres publicó a finales del año pasado algunos datos sobre la industria musical británica. “Ésta es la gráfica que la industria discográfica no quiere que veas”, así arranca el artículo que demuestra que, por lo menos en el caso británico, los ingresos por concepto de presentaciones en vivo (que van al alza) están a punto de empatar los ingresos que generan las ventas de discos (que van a la baja). Lo que demuestra que la dominación de las disqueras está agonizando.
Todos son indicativos de que:
La industria discográfica está perdiendo terreno y la venta de música en formato digital está en ascenso.
Según algunos estudios, los usuarios tachados de “piratas” son los más proclives a gastar dinero en la música.
Las descargas y los archivos compartidos están causando pérdidas de miles de millones de dólares a la industria musical mundial, pero también han servido para expandir el acervo musical mundial, para democratizar las oportunidades de éxito de bandas y artistas.
Las grandes disqueras deberían (y lo están haciendo) buscar nuevas formas de acercarse a los consumidores que han dejado de comprar discos o que nunca lo han hecho.
Como amantes de la música, los consumidores debemos seguir apoyando a nuestros artistas favoritos adquiriendo productos originales y/o asistiendo a conciertos.
