Hablar sobre la dislexia implica evidenciar vaguedad, ignorancia y estigma. A diferencia de lo que comúnmente se cree, la principal dificultad de una persona con dislexia no reside en la expresión del lenguaje o en la capacidad de escritura.
Según la décima versión de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10; ICD-10 por sus siglas en inglés) que establece la Organización Mundial de la Salud (OMS), la dislexia es un “trastorno específico de la lectura”, cuyo déficit reside en el “(…) desarrollo de la capacidad de leer que no se explica solo por la edad mental, problemas de agudeza visual o por la escolarización inadecuada”.
En este trastorno, señala la CIE-10, “pueden estar afectadas la capacidad de comprensión de la lectura, el reconocimiento de las palabras leídas, la capacidad de leer en voz alta y el rendimiento en actividades que requieren de leer”; los parámetros de diagnóstico de la dislexia como trastorno de la lectura también están incluidos dentro de la cuarta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-IV, por sus siglas en inglés).
En entrevista para Reporte Indigo, la doctora Elsa Tirado, Jefa del Departamento de Psicología de la División de Servicios Clínicos del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente, traduce estos criterios en ejemplos específicos de déficit en la lectura que nos pueden hablar de un caso de dislexia:
“(…) pueden haber omisiones, sustituciones, distorsiones o adiciones de las palabras; también puede haber lentitud (…)”, la persona “tiene una lectura pausada, como que hay un falso arranque (…); no acaba de entender bien la totalidad de la palabra y la sustituye por una que se parece; hay vacilación a la hora de leer; se pierden en los renglones (…); hay inversiones de palabras en las frases (…)”.
Pero si fuese particularmente el caso de un déficit en la habilidad para escribir, por ejemplo, se podría hablar de una “disgrafía” o “disortografía”, un trastorno específico de la escritura.
O está lo que se conoce como “dislalia”, un trastorno específico del desarrollo del lenguaje, que se caracteriza por alteraciones en la articulación de los sonidos, lo que se traduce en una incapacidad para pronunciar las palabras de forma correcta.
Aunque claro, quien sufre de este déficit en la capacidad de lectura, cuyo origen es neurobiológico, “(…) posiblemente va a tener un problema en la escritura o al revés, porque (ambas habilidades) se están retroalimentando”, dice Tirado.
Y es que la capacidad de lectura, que se desarrolla a través de esfuerzo y aprendizaje, va más allá de poder (o no) leer (y, por supuesto, de comprender) un texto.
Esto, ya que diversos procesos complejos están involucrados en la capacidad de lectura, mismos que ya desde inicios del siglo 20 fueron reconocidos en la literatura científica (ver “The Psychology of Special Abilities and Disabilities” o “La Psicología de Habilidades y Discapacidades Especiales”, de Augusta Fox Bronner), señala una edición de la revista Nature.
Consideremos, por ejemplo, procesos como la percepción y la discriminación de formas y sonidos, la asociación de sonidos con la apariencia visual de las letras, además de factores visuales, auditivos, motores y de memoria.
De ahí que podamos hablar, entonces, de “subtipos” de dislexia que responden a distintas alteraciones que la persona con este trastorno puede llegar a tener en su capacidad de lectura.
Una de las dislexias más comunes que están dentro del conocimiento de las personas, dice Tirado, es la que tiene un origen de percepción visoespacial: “cuando el niño a la hora de estar leyendo confunde letras que se parecen en su forma, por ejemplo, la ‘b’ por la ‘d’, la ‘p’ por la ‘q’ (…)”, explica.
De hecho, según la especialista, uno de los errores que cometen los terapeutas a la hora de hacer una evaluación neuropsicológica de la dislexia, es tratarla como un “déficit unitario”, es decir, que la atacan únicamente a través del ejercicio de la lectura, en lugar de hacerlo de raíz, identificando el verdadero problema que subyace en la incapacidad de lectura; y esto, a su vez, se suma al listado de mitos que giran entorno a este trastorno.
Casos exitosos
Basta con leer el artículo que la revista FORBES publicó en el año 2002, titulado “Overcoming Dyslexia”, que narra a profundidad experiencias biográficas de líderes de negocios con dislexia, como Richard Branson, fundador y presidente de Virgin Atlantic, John T. Chambers, director ejecutivo de la multinacional Cisco y Charles Schwab, fundador de la correduría de bolsa estadounidense que lleva su nombre.Si bien los síntomas de dislexia no desaparecen en la edad adulta, quienes la padecen pueden llevar una vida funcional, pues no solo pueden llevar ventaja a la hora de emprender un negocio, sino que también gozan de otros talentos y habilidades sociales e intelectuales, que no necesariamente comparten aquellos que no sufren de alguna dificultad de aprendizaje.
‘Disección’ de la dislexia
Específicamente con la incapacidad de la lectura, “lo primero que tienes que descartar es que no haya un problema sensorial, ni auditivo, ni a nivel motor grave ”, dice la doctora Tirado.
Un proceso que, a decir de la especialista, suele pasar desapercibido en ciertas terapias, que no realizan un diagnóstico y un tratamiento puntual sobre el déficit en el que realmente reside la dificultad de lectura del paciente.
Y esto, dice Tirado, se traduce en años de terapia, que incluso pueden llegar a abarcar la educación primaria del niño, cuando el déficit se pudo haber corregido, por ejemplo, en dos o tres sesiones, o en un año, en lugar de tres.









