“Di No a los Casinos” tiene más de 10 años investigando los efectos de las salas de juego en la sociedad. En un principio, según recuerda Daniel Olivares, representante de la organización, el tema de los casinos se puso sobre la mesa en México con el pretexto de que favorecería a la economía,  atraería al turismo y crearía empleos.

Pero después de varios foros en donde se recopiló información de estudios de salud y experiencias de otros países, el resultado no fue nada positivo para las salas de juego. 

“En realidad lo que vimos, después de mucho análisis, es que los casinos no son un negocio para la sociedad. La mayor parte de los países que han abierto el juego tarde o temprano terminan por restringirlo”, explica Olivares.

Y es que los casinos han provocado principalmente dos efectos negativos: 1) han facilitado el lavado de dinero y 2) han creado una adicción al juego y a la apuesta que cada vez rompe más hogares. 

Según el experto, esto se debe a que el reglamento que permite la existencia de los casinos no exige informar a los clientes sobre la ludopatía, como sí se hace con el alcohol o el cigarro. Los daños psicológicos, familiares, sociales, económicos y sus consecuencias en adicción, divorcios, abandono de las responsabilidades, desfalcos, suicidios o delitos motivados por la compulsión al juego no son conocidos por el grueso de la población.

“En este caso específicamente, la Secretaría de Gobernación debería decirle a la gente los efectos nocivos de ser un apostador, lo que es la ludopatía, el nivel en el que afecta”. De no ser así, el individuo está a merced de los casineros en una ecuación donde todos perdemos y ellos ganan, su última preocupación es la salud y el beneficio de la sociedad.

Olivares advierte que el nivel de adicción que hay en México y la falta de interés por regular los casinos ocasionarán que lo ocurrido en el casino Royale se repita.  

ADICCIÓN A TOPE

La gente lo admiraba por su astucia en las apuestas, hasta que un día después de varios excesos, Javier se encontró  en un casino sin dinero, sin amigos  y solo frente a su adicción.

Por Olga Villegas

La vida de Javier era de película: lujos, viajes, diversión, una familia y muchos amigos. Cuando era niño descubrió que le apasionaba jugar y apostar a las canicas, entretenimiento que con la edad cambió por el juego de las cartas y luego por la apuesta de dinero en juegos de azar.

Javier creyó que pasaría el resto de su vida ganando dinero bajo el placer de la adrenalina que genera la expectativa de un juego.

Pero el placer de la adrenalina se volvió una demanda química necesaria para sentirse bien y entonces el juego dejó de ser divertido. Javier empezó a mentirle a sus amigos cercanos y a sus familiares para poder saciar la necesidad de apostar, pedía dinero prestado, iba a escondidas a casinos, sudaba solo con pensar en una apuesta y se quedaba dormido imaginándose en el juego.

La necesidad de jugar se volvió incontenible, la ansiedad solo la controlaba si estaba frente a una apuesta. Luego de más de ocho años con este estilo de vida, la adicción llegó a su tope. De manera compulsiva, Javier apostó el dinero que no tenía. Solo, en un casino de Las Vegas, rodeado de mucha gente, había arriesgado el capital que su propia familia le había prestado para abrir un negocio. Su vacío parecía no tener fin, lo doloroso no era el dinero perdido sino el haber quedado desnudo ante un vicio que ya no podía controlar.

Samadhi, Centro de Tratamiento de Adicciones Especializado en Ludopatía

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