Son la punta de lanza de la Iglesia más conservadora. No se permiten concesiones. No pierden el tiempo. Es pecado. Su caza y pesca de fondos y vocaciones no se detiene. Tampoco su hambre de influencia. Una cuestión de poder en el seno de la Iglesia.
En 1950 solo tenían un sacerdote, su fundador, Marcial Maciel; hoy, cerca de mil. Su estrategia corporativa ha sido crecer a toda costa. Copiando el ardor guerrero de los jesuitas y el elitismo del Opus Dei. Y añadiendo una pizca de secretismo.
Su objetivo siempre fue atraer a los "líderes del mundo"; como confirma un viejo legionario: "Maciel tuvo claro que teníamos que ir a la punta de la pirámide; por los líderes naturales y económicos y, a través de nuestros colegios, por sus hijos. La clave era influir. Y, teóricamente, ayudar a los pobres a través de los ricos, como Robin Hood".
En la Legión todo está regulado. Desde el atuendo (distinguido) al modelo de reloj (sin adornos y con correa negra); desde el tiempo que un sacerdote debe rezar al día (tres horas) y lavarse los dientes (tres veces) hasta la forma de comer los espaguetis (cortándolos, nunca enrollándolos en el tenedor).
Algo extensible a su movimiento seglar, el Regnum Christi, donde el manual redactado por Maciel orienta al milímetro la vida de sus miembros; sus amistades, noviazgo, sexualidad, forma de vestir, espíritu laboral, educación de los hijos, caza de fondos y pesca de vocaciones. Maciel llega a aconsejar a sus seguidores la inclusión de la congregación "en el propio testamento".
La caída de los elegidos
La Legión creció muy rápido. Tenía los pies de barro. Y un terrible secreto en su interior que tras décadas de ocultamiento terminaría por estallar: su fundador, Marcial Maciel, nacido en México en 1921, era un farsante.
Marta Rodríguez, una consagrada de 30 años que ha hecho promesa de obediencia, pobreza y castidad y tiene un hermano legionario, rememora los fastos de la Legión de Cristo en noviembre de 2004, en el Vaticano, cuando Juan Pablo II celebró los 60 años de profesión sacerdotal del fundador. Era la consagración de la congregación.
"Juan Pablo II nos decía: 'Se siente, los legionarios están presentes'. Y te creías lo mejor de la Iglesia. Pensabas, soy del Regnum Christi y qué fácil es ser del Regnum Christi”.



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