Antonella, Maria Gracia y Stefania son esposas de sacerdotes católicos. Duermen con ellos, tienen hijos suyos y comparten los alimentos, casi todos los días.
Si ellos ríen, ellas están ahí. Cuando lloran, también. Treinta años han vivido en el anonimato con sus hombres, entre ajetreados horarios de misa y sábanas tibias. Y el Vaticano apenas lo sabía.
La opinión pública asegura que estas mujeres forman parte del oxígeno que está invadiendo a la Iglesia de Benedicto XVI. Ellas, como millones de personas más, le otorgan aire fresco a la institución, para rescatarla del profundo coma y ayudarle a sobrevivir. Son el nuevo rebaño.
Estas mujeres decidieron sacar a la luz una carta escrita al Papa en marzo de este año.
Apenas hace algunas semanas medios locales de Italia encontraron la misiva colgada en un foro en Internet y la reprodujeron. El Vaticano, por supuesto, guardó absoluto silencio.
“Estamos acostumbradas a vivir en el anonimato esos pocos momentos que el sacerdote logra otorgarnos y vivimos diariamente las dudas, temores e inseguridades de nuestros hombres, supliendo sus carencias afectivas y sufriendo las consecuencias de la obligación al celibato. La nuestra es una voz que ya no puede seguir siendo ignorada”, le escribían al Papa.
Las tres esposas de sacerdotes son el reflejo de que el poder de la Iglesia Católica ha sido tocado por el germen de un debate que podría derivar en una división profunda.
Y es que la polémica originada por el caso de Marcial Maciel se ha expandido como cáncer en una cadena de debates espinosos que fragmentan la opinión de jerarcas y creyentes.
El papel de la sexualidad en la Iglesia es el factor común de casi todos los temas polémicos. Desde la participación de la mujer en el rito cristiano, hasta la planificación familiar y el divorcio.
Para muchos, el encubrimiento de casos de pederastia, el mutismo eclesiástico y la falta de claridad para manejar ese tema, empujan hoy a la Iglesia a un escenario apto para cambios y reformas radicales. Una purificación.
Se trata de movimientos que no vendrán en cascada desde la alta jerarquía, sino por abajo, a través de los pequeños grupos de practicantes católicos.
Podría ocurrir lo imposible: que el Vaticano dé señales de cambio, como lo anticipó el cardenal Tarcisio Bertone, mano derecha de Benedicto, al abrir una fisura y aceptar que el celibato no es intocable.
Arriba, las cúpulas poderosas del Vaticano se encuentran en pugna, acartonadas en sus esquemas tradicionales. Abajo, el movimiento ya inició.
¿Quién decidirá el rostro de esta nueva Iglesia?
Por una Iglesia más feliz


Coincido con ETAZ, se habla mucho de los miles de casos de pederastia y abusos sexuales de la iglesia catolica, ¿pero no se habla de los mormones, o de los anglicanos o testigos de Jehova?. En esas iglesias/sectas tambien se conocen casos iguales o peores, pero los medios no los mencionan. Los masones estan detrás de muchas de estas noticias.