Por Cecilia Kang

Cuando Scott Fitzsimones cumplió 13 años, se compró un iPhone, se hizo usuario de Facebook y Pandora y comenzó a descargar compulsivamente apps. Al mismo tiempo, el nuevo adolescente perdió muchas protecciones sobre su privacidad en línea.

Los juegos que usa saben su ubicación a cualquier hora a través de la tecnología GPS del teléfono. Él ha dado el número de la tarjeta de crédito de sus padres para comprar apps y iTunes tiene el correo electrónico de su familia y todos sus nombres. Facebook sabe su fecha de nacimiento y la escuela a la que asiste.

La historia de Scott es similar a la de muchos adolescentes alrededor del mundo.

En una edad en la que sus padres no lo dejarían salir de casa solo y en una era en la que él nunca hablaría con total confianza con un extraño en la calle.

Fitzsimones, quien vive en Phoenix, ya tiene un gran dossier de información personal acumulada en la Web. Mientras que el Congreso pasa leyes para proteger a los usuarios de Internet más jóvenes para evitar que compartan demasiada info sobre ellos mismos, una vez que estos niños se vuelven adolescentes, las mismas reglas de privacidad no aplican.

Sobreviviendo el mundo en línea

“Es el salvaje oeste para los adolescentes cuando se trata de privacidad en línea”, dice Kathryn Montgomery, defensora de la privacidad y profesora de comunicación en American University en Washington.

Los recientes problemas con la privacidad y seguridad en línea -como el robo de la base de datos de Sony Online Entertainment- han llevado a llamados de reglas para proteger a los consumidores. 

Los adolescentes son los usuarios más voraces de servicio de Internet móvil, constantemente tomando decisiones de adultos con consecuencias de una persona mayor, dicen los expertos. Pero de acuerdo a Montgomery, “su habilidad para tomar decisiones aún se está formando y es claramente diferente a la de los adultos”.

Con pocos límites, los adolescentes están creando registros en línea que también dan forma a su reputación en el mundo real. Todos sus estatus, tweets y check-ins en Foursquare pueden ser revisados por futuros empleadores, compañías de seguros y colegas.

Para adolescentes como Fitzsimones, las oportunidades para compartir información en línea son tan frecuentes que ni siquiera se detienen a pensar sobre ellas.

La primera vez que la app Pocket God le pidió su ubicación, el adolescente quería comenzar a jugar con ella, así que tecleo “Okay”. Desde entonces sus decisiones son automáticas. 

“Nunca digo que no. Es molesto cuando te preguntan, pero ya estoy acostumbrado”, dice el adolescente de 14 años.

Los adolescentes están siendo probados constantemente en línea sobre qué tan dispuestos están a dar información personal para poder jugar y participar en redes sociales.

Bolt Creative, que maneja Pocket God, dice que los datos de ubicación son usados para que los usuarios puedan ver sus puntuaciones comparadas con otras personas cerca de su vecindario.

El director ejecutivo Dave Castelnuovo dice que esa información es recolectada  voluntariamente y que hacer mucho escándalo sobre la privacidad simplemente aislará a los usuarios.

“Únicamente tenemos cinco segundos para atraer al usuario una vez que abre el juego, de otra manera perdemos un cliente”, responde Castelnuovo. “Todos los clientes tienen acceso a las políticas de privacidad pero si se las mostramos con advertencias adicionales en una forma que sea imposible de ignorar acabaremos arruinando la experiencia de juego”.

¿Cómo funciona el cerebro adolescente en línea?

Un estudio de 2009 de la Universidad de California demostró que los adolescentes son más susceptibles que los adultos a tomar más riesgos al publicar su información en línea.

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