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Perjuros

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Antonio Navalón
@antonio_navalon

Jun 11, 2014
Lectura 3 min

Todas las tomas de protesta de cualquier cargo terminan con un juramento: “Protesto guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes que de ella emanen, (…) y si así no lo hiciere que la Nación me lo demande”.

Dado lo que recibimos de todos los cargos electos en México, se podría decir que tenemos la mayor generación de perjuros –legales– de todos los tiempos. Somos un país donde no pasa nada si se jura en falso. 

Dígame, ¿qué le ha dado su jefe delegacional a cambio de su voto? ¿Ha cumplido con lo que se comprometió? Dígame, ¿en qué lo ha ayudado el jefe del Gobierno del DF (tóquese la cartera) a cambio de su voto, si es que se lo dio?

Dígame, cuándo hablamos de “mi” diputado, ¿qué quiere decir? Pues le explico, significa que usted trabaja para él y gracias a lo que usted paga de impuestos, más lo que le roban, él se puede subir el aguinaldo o el sueldo y vivir como rico. 

En México estamos tan acostumbrados a que lo normal sea que nadie nos cumpla, que hasta reclamar se nos olvida. 

Estamos presenciando muchas maneras de insultarnos la inteligencia por parte de quienes supuestamente nos dirigen. 

Por ejemplo, al mismo tiempo que nos ponen la muleta del Tri por delante, nos advierten (así el descaro) que ellos en realidad estarán en Brasil, por lo que quizá no va a haber quórum para aprobar las reformas. 

¿Por qué no iniciamos una campaña nacional contra el perjurio, es decir, contra que nos quieran ver la cara? Deberíamos pedir que si son creyentes sean excomulgados y a los demás que empiecen a pagar con servicio social, por ejemplo, limpiando los presidios del DF, todo por lo que nos engañan cuando prometen, protestan y después nadie les exige responsabilidades, ya no solo penales sino ni siquiera morales. 

Uno de los grandes problemas del país es que sigue siendo gratis insultarnos. 

Además, llevados por esta tradición, de hacer lo contrario e incumplir nuestros juramentos, hemos tocado fondo. El Vaticano tuvo que echar a un cura pederasta de San Luis Potosí, antes de que se adhiriera el obispado de ese estado a la demanda que se sigue en la Procuraduría por abusar de un niño nuestro. 

Los mexicanos nos hemos resignado a confiar únicamente en la justicia divina; ya nos acostumbramos a que de la justicia terrenal, esa por la que pagamos, solo podemos esperar fracaso, corrupción e injusticia.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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