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Elba, la muestra

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Ramón Alberto Garza
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Cuando Enrique Peña Nieto tomó posesión como presidente sabíamos las reformas que se anunciaban.  La educativa, la fiscal, la de telecomunicaciones y la energética.

Nada nuevo bajo el sol. Todas se vienen negociando en vano desde el sexenio de Ernesto Zedillo, pasando por el de Vicente Fox y el de Felipe Calderón.

Y el motivo de que estén frenadas es muy simple. Cada una de esas reformas trastoca los intereses de personajes que se fueron adueñando del poder, incluso por encima del presidente en turno.


Feb 28, 2013
Lectura 3 min

Cuando Enrique Peña Nieto tomó posesión como presidente sabíamos las reformas que se anunciaban.  La educativa, la fiscal, la de telecomunicaciones y la energética.

Nada nuevo bajo el sol. Todas se vienen negociando en vano desde el sexenio de Ernesto Zedillo, pasando por el de Vicente Fox y el de Felipe Calderón.

Y el motivo de que estén frenadas es muy simple. Cada una de esas reformas trastoca los intereses de personajes que se fueron adueñando del poder, incluso por encima del presidente en turno.

La reforma educativa exige la colaboración del SNTE y de su poderosa lideresa Elba Esther Gordillo. 

Pero convertidos los maestros en el panal electoral más efectivo, se prefería pactar antes que confrontar.

La reforma fiscal demanda más allá del ajuste en el IVA a los alimentos. Su epicentro real es el fin de la consolidación financiera de las más grandes corporaciones. 

Pero eso implica confrontar a los hombres del gran capital cuyas chequeras, y favores, aceitan las campañas políticas y las mesas sociales.

La reforma en las telecomunicaciones obliga a romper el atraso en acceso a la red y ampliar la televisión abierta a más de dos opciones. 

Pero como los candidatos, los presidentes y los legisladores necesitan de la pantalla para el raiting, y del beneplácito del hombre más rico del mundo, pues ni hablar. A hacerle caravanas.

Y la reforma energética, sin duda la más importante del sexenio, promueve la inversión privada para legitimar que los millonarios presupuestos de la industria petrolera vayan, como ya sucede, a manos extranjeras. 

Pero los candidatos presidenciales necesitan de la chequera del sindicato petrolero y del aval de su líder Romero Deschamps. Pregúntenle a Carlos Salinas en su experiencia de 1988 con “La Quina”. O a Francisco Labastida con el Pemexgate.

Quizás a contraluz de estas explicaciones se puede entender la jugada de pizarrón ejecutada por el gobierno de Peña Nieto sobre Elba Esther Gordillo.

Fue la primera de esos poderes fácticos en revelarse a la reforma educativa, en desafiar al secretario de Educación y amenazar con morirse en la raya.

No más. Con información de Estados Unidos, Suiza y Liechtenstein, y el uno, dos, tres de Hacienda, la PGR y Gobernación, lo inimaginable ocurrió. La Maestra está en el penal.

¿Algún empresario, así sea el más rico del mundo, algún concesionario de televisión, o incluso el líder petrolero, optarán por un sexenio más de bloqueos? Apuesten.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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