El primer ministro de China, Wen Jiabao, compareció el 5 de marzo pasado ante su Parlamento para presentar el equivalente al informe anual de gobierno, y expresó optimismo sobre la situación de China, que tiene una economía robusta y una población con mayor bienestar.
En esa misma ocasión, el premier anticipó que su gobierno espera un crecimiento de 7.5 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) para 2012. Esto fue interpretado por varios medios como una señal negativa, ya que la cifra está por debajo del 9.2 por ciento logrado en 2011 y del 8 por ciento que, por varios años, ha sido una meta extraoficial.
La realidad es que el crecimiento anticipado por el primer ministro de China supera el 7 por ciento, que es la meta considerada en el Duodécimo Plan Quinquenal (2011-2015). Por lo tanto, la estimación oficial para 2012 constituye más bien una guía que, de acuerdo a la historia reciente, podría ser superada.
La experiencia indica que el sistema de planeación chino es peculiar. La Constitución establece que una de las tareas y metas principales del Estado es concentrarse en la modernización socialista que permita construir un socialismo con características chinas, además de desarrollar una economía de mercado.
Es decir, el país es formalmente socialista, pero también aspira a contar con una economía de mercado desarrollada. Este pragmatismo ha significado que los planes quinquenales no sean rígidos en la parte económica y que, más bien, recojan el propósito de situar a China como uno de los principales países emergentes, lo cual ha sido logrado a través de las reformas iniciadas en 1979.
De acuerdo al Fondo Monetario Internacional, en 1980, el PIB de China representaba 2.2 por ciento del total mundial, calculado con los tipos de cambio de acuerdo a la teoría de la paridad del poder de compra. En 2001, cuando China ingresó a la Organización Mundial del Comercio, estaba sobrepasando a Japón como la segunda economía más grande del mundo, con una participación de 7.6 por ciento, y en 2010 llegó a 13.6 por ciento.
Esta evolución refleja el impresionante avance logrado por la economía china entre 1980 y 2010. Dejó atrás la rigidez de la planificación centralizada que inició en 1953 y se ha orientado gradualmente hacia la economía de mercado, lo que le permitió crecer en ese lapso a una tasa promedio anual de 10.1 por ciento.
Pero ese dinamismo no puede continuar indefinidamente, por eso son justificados el reciente anuncio del primer ministro Jiabao y la meta contenida en su Duodécimo Plan Quinquenal, que establece un crecimiento económico anual de 7 a 7.5 por ciento, lo cual se percibe como un comportamiento más realista y duradero.
De hecho, al dejar de ser un país con un ingreso per cápita de nivel bajo, la pregunta es si China no caerá en la trampa de los ingresos medios, ya que la experiencia internacional demuestra que cuando llegaron a ese nivel, varios países dejaron de crecer a un ritmo acelerado y sostenido, y el nivel de vida de su población se estancó.
Para evitar esta trampa, las autoridades chinas han preparado las estrategias correspondientes, y junto con expertos del Banco Mundial, publicaron el 5 de marzo pasado el documento titulado “China 2030: La Construcción de una Sociedad de Ingresos Altos, Moderna, Armoniosa y Creativa”.
Este informe destaca que China tendría que completar su transición hacia una economía de mercado implementando reformas en sus empresas, la tierra, el trabajo y el sector financiero. Al mismo tiempo, tendría que fortalecer al sector privado abriendo sus mercados a una mayor competencia e innovación y asegurando la igualdad de oportunidades para cumplir la meta de tener una nueva estructura que soporte el crecimiento económico.


