Por Michael O'Sullivan
Narrado en primera persona el documental es una historia impactante del cineasta y musicólogo Ngawang Choephel.
Nacido en el Tíbet pero radicado en Nueva York, Choephel viajó en 1995 a su tierra natal para rodar una película sobre el impacto en la música folclórica de la invasión china de 1950 y la ocupación posterior.

Tras dos meses de filmación, el cineasta fue acusado de espionaje y sentenciado a 18 años de cárcel.
En 2002 logró su liberación luego de que el gobierno chino se rindiera a la presión internacional ejercida por su madre, que contaba con el apoyo de Estados Unidos y de las llamadas de atención de artistas como R.E.M y Radiohead.
Las casi trágicas circunstancias de Choephel le dan al documental una inmediatez angustiante.
Las fotos de los prisioneros políticos tibetanos que han sido asesinados son unas de las imágenes más espeluznantes de la película.
Pero Choephel usa su propia voz para introducir algunas más dolorosas. Esas son las voces de tibetanos que han sido torturados y amenazados de muerte por algo tan banal como negarse a cantar el himno nacional chino.
Choephel argumenta que la identidad de un país se encuentra en su cultura. En su disfraz tradicional, idioma, prácticas religiosas, historia y definitivamente en sus canciones.
La amenaza de perderla totalmente, como se muestra en la película, no es solamente algo injurioso o insultante, es la muerte del alma.
(c) 2010, The Washington Post


