Las discusiones de paz entre el primer ministro Benjamín Netanyahu y líder y presidente palestino Mahmoud Abbas que empiezan hoy en Washington, no tendrán éxito para encontrar una solución permanente al conflicto.
Dichas pláticas, patrocinadas por el presidente Barack Obama y secretaria de Estado Hillary Clinton, no son otro intento que si falla no tendrá consecuencias.
Si las negociaciones fracasan, causarán frustración y un profundo escepticismo porque el conflicto palestino-israelí no puede resolverse. El arreglo de seguridad entre los dos lados, que ha garantizado la calma hasta el momento, recibirá un golpe duro y habrá peligro de olas violentas.
Si hubiera la mínima posibilidad que las pláticas fueran exitosas, yo diría que valdría la pena hacer un intento más. Pero, en esta situación, casi no hay posibilidades, por lo contrario las graves implicaciones de un fracaso son claras y dolorosas.

Hago un llamado a la administración estadounidense para que cambie la meta de las discusiones rápidamente. Deben de tratarse de lo que cada lado podría implementar, y no de lo que estarán forzados a hacer por presiones estadounidenses: negociaciones abiertas en un acuerdo parcial y temporal.
Digo esto con dolor. Por décadas, llevo pidiendo un acuerdo permanente, y oponía soluciones temporales.
Cuando empecé el proceso de Oslo, antes de llegar a un acuerdo interino, creía que era posible llegar más lejos que solo un documento de principios.
Cuando traté de convencer al entonces primer ministro Yitzhak Rabin a tratar de llegar a un acuerdo permanente, se opuso firmemente. De acuerdo a Rabin, un fracaso en ese enfoque podría significar que no se podría llegar a cualquier otro acuerdo, aunque fuera uno temporal.
Se equivocaba, y ahora nos encontramos regresando a las propuestas de Camp David de 1978: una administración palestina autónoma por cinco años, y al final de ésta empezar negociaciones de estado permanente.
Un mes después de que los Acuerdos de Oslo se firmaran en el jardín de la Casa Blanca en 1993, llegué a un acuerdo con el presidente de la Organización para la Liberación Palestina, Yasser Arafat para abrir negociaciones secretas de estado permanente con Mahmoud Abbas.
El acuerdo entre nosotros, cual nunca se firmó y supuestamente fue entregado a Arafat y Rabin, fue discutido por dos años y formó un esquema detallado para un acuerdo completo.
Después del fracaso de las pláticas en Camp David en 2000, y después de que Ariel Sharon llegara al poder de Israel en 2001, nosotros—el secretario general de la OLP Yasser Abed Rabbo y yo—lideramos a un grupo de docenas de israelíes y palestinos hacia el intento más detallado de todos los tiempos de preparar un acuerdo permanente al conflicto palestino-israelí: la Iniciativa de Ginebra.
Hace aproximadamente un año, publicamos unas 500 páginas de apéndices, que parecían resolver todas las disputas entre Israel y Palestina. Pero ninguno de los dos lados firmaría un acuerdo como tal el día de hoy.
Existen dos posibilidades. Una es esperar a que nuevos líderes reemplacen a los presentes, aunque eso significa una pérdida de tiempo y oportunidades y sería una apuesta en lo incierto. Nadie sabe si los siguientes líderes estarán más interesados en un acuerdo de paz que los presentes.
La segunda es cambiar la meta de las discusiones, y tratar de sostener pláticas pragmáticas hacia un acuerdo temporal, como dice la segunda etapa del plan (un estado palestino con fronteras temporales) o la retracción de Cisjordania que Israel le sigue debiendo a los palestinos, según el acuerdo interino de 1995.
Esto no es un hecho sencillo. El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu encontraría difícil tratar de persuadir a sus seguidores a desarraigar poblados y retirarse de casi toda Cisjordania sin mencionar la finalidad de la disputa, o las ventajas que surgirían de un acuerdo permanente de paz.
Los palestinos tendrían miedo de que un acuerdo temporal se convirtiera en permanente porque el mundo se engañaría a creer que este conflicto regional por fin se ha resuelto, aunque conflictos como refugiados y el estado de Jerusalén no estarían incluidos en dicho acuerdo.
La manera de superar esta oposición es garantizar que al firmar el acuerdo interino, se hará una declaración presidencial, definiendo los principios detallados para un acuerdo permanente, como una postura clara estadounidense, mientras que a los países árabes se les pediría que implementaran la iniciativa de paz hacia Israel de 2002 y mandaran representantes comerciales a Israel, o indicaran de cierta manera relaciones normales, aunque no se llegue a relaciones diplomáticas completas.
Netanyahu no llegó al poder por la derecha para dividir Jerusalén Oriental o resolver, aunque de manera simbólica, el conflicto de los refugiados palestinos. La distancia entre su postura y las demandas mínimas del campo pragmático palestino no se puede acortar. Aun cuando habla de su disposición para aceptar una solución de dos estados, y cuando promete sorprender, vuelve a una larga lista de posiciones que no lo permiten llegar a un acuerdo histórico.
Abbas no puede implementar un acuerdo de paz con Israel porque mientras Hamas tenga el control de la Franja de Gaza, ésta no será parte de la solución y no podrán existir pasajes seguros entre Cisjordania y Gaza.
Además, no será posible arreglar intercambios entre Israel y Cisjordania porque el área designada para éstos rodea la Franja de Gaza, y ningún gobierno israelí acordaría a entregar esta tierra adjunta a Gaza mientras siga bajo el control de Hamas.
La situación significa que necesitamos perseguir otras maneras de pensar que nos llevarán en esta etapa a una solución que no será ideal, pero que es mucho mejor que una continuación de la situación actual: un acuerdo parcial.
Yossi Beilin es ex ministro de justicia israelí y presidente de Beilink, negocio de asuntos internacionales.
(c) 2010, Bloomberg News
Traducción: Ana Lucía Cuéllar



Post new comment