A Mitt Romney, algo gracioso le sucedió camino a lo inevitable.
El candidato sobre el cual los medios liberales y el establishment republicano nos dijeron que era el que tenía más posibilidades de vencer al presidente Obama, fue vencido. De hecho, el ex gobernador de Massachusetts perdió tres veces en una sola noche cuando el ex senador de Pennsylvania, Rick Santorum, se llevó la victoria en las contiendas por la candidatura de Colorado, Missouri y Minnesota.
Para los que llevan la cuenta en casa, son cuatro estados para Santorum, tres para Romney y uno para Newt Gingrich. El moderno Partido Republicano parece estar dividido por regiones —la región central a favor de Santorum, la del nordeste a favor de Romney y el sur a favor de Gingrich. Después de todas las rencillas en las primarias republicanas, será difícil unir al partido en torno a un candidato.
En cuanto a por qué le está siendo tan difícil a Romney mantener el título de “delantero”, están las razones que se suelen comentar: los electores no confían en él, no le creen y no se identifican con él.
Podemos agregar otro problema. Muchos electores republicanos tienen la molesta sensación de que Romney diría cualquier cosa para resultar electo.
Por ejemplo, tras pasar semanas atacando a Gingrich y al gobernador de Texas, Rick Perry, por apoyar lo que él denominó como una “amnistía” para los inmigrantes ilegales, Romney recientemente trató de ganarse el favor de un público latino en Miami, diciéndole que apoya un “permiso de trabajo temporario” para inmigrantes ilegales.
Y ¿saben, amigos? Eso es lo que una encarnación anterior de Romney llamaría amnistía. Especialmente dado que, bajo el plan de Romney, una vez que el permiso caduca, se espera que los inmigrantes se “auto-deporten”. O no. Depende de ellos, dijo Romney al grupo. Esto afectará su reputación con los mismos nativistas y restriccionistas de la inmigración, que supusieron que él estaba de su lado y que ahora han sido traicionados.
Hasta la elegibilidad del candidato se cuestiona hoy. Ya era hora. Nunca entendí cómo un candidato que no puede mantener el primer puesto y no puede pasar del 25 por ciento en las encuestas de opinión de electores republicanos fue considerado el elegido.
Romney se desempeña bien en los debates, pero generalmente cuando está a la defensiva después de una derrota. Observen su notable actuación en el debate de Florida, después de perder Carolina del Sur ante la superioridad de Gingrich.
Pero a los republicanos con los que hablo no les hace ni pizca de gracia la idea de observar a su candidato perder los primeros debates con Obama, antes de crear entusiasmo. Quieren alguien a quien no sea necesario darle cuerda porque siempre está “prendido”. Ése no es el estilo de Romney.
Por supuesto, están los republicanos que lo votarán aunque con renuencia, porque están convencidos de que tiene la mejor posibilidad de vencer a Obama.
Recientemente, un amigo que pertenece a esa escuela me escribió lo siguiente: “Eres duro con Romney. Mira, comprendo por qué, pero ésta es la cuestión. Newt es radiactivo, está fuera de control, y —lo que es más importante— NO ES ELEGIBLE. Yo quiero ganar”.
Suena conocido. Durante la elección presidencial de 1992, muchos en la izquierda se quejaron de que Bill Clinton no era suficientemente liberal. Incluso después de que Clinton se convirtiera en el candidato demócrata, la gente de su propio partido todavía protestaba. Y cuando Clinton resultó electo, fue debido en parte al apoyo que recibió fuera de la base liberal del Partido Demócrata.
Pero Clinton y los liberales de su propio partido lucharon durante los ocho años de su gestión en torno a la reforma del bienestar social, las severas medidas contra la inmigración, los gays en las fuerzas armadas, etc. Era frecuente ver manifestantes liberales —liderados por el reverendo Jesse Jackson, Patricia Ireland, presidenta de la Organización Nacional de Mujeres y otros—fuera de la Casa Blanca.
Esperen el mismo tipo de dinámica, si Romney llega a la Oficina Oval. Ya está comenzando. Algunos en la derecha se volvieron locos recientemente cuando Romney dijo que apoya incrementos regulares del salario mínimo para seguir el ritmo de la inflación —la misma posición que adoptó en la campaña de 2008.
Muchos republicanos en pro de las empresas están en desacuerdo con esa idea. Y ésta no es la primera erupción. Hace unos meses, Romney se enfrentó con comentaristas conservadores de la radio al elogiar a los sindicatos y decir que era probable que el cambio climático fuera obra del hombre.
Si Romney resulta electo, los de la derecha continuarán protestando a medida que él se mueva más al centro. Probablemente se los ignore, y eso hará que refunfuñen más alto —hasta el punto de que muchos se arrepentirán de haberlo votado.
Afortunadamente, para muchos de ellos, es un error que aún pueden evitar.
(c) 2012, The Washington Post Writers Group


