En la diplomacia internacional, sus participantes a veces consideran hasta los más pequeños logros como grandes avances.
Por ejemplo, podemos señalar el entusiasmo de diferentes grupos en la Cumbre de la ONU sobre el Cambio Climático en Cancún que acabó el fin de semana pasado.
La esperanza de acordar un tratado legalmente obligatorio sobre cambio climático murió el diciembre pasado en la conferencia en Copenhague. Un año después en Cancún, las expectativas fueron menos.
Algunas de las cuestiones más duras como el futuro del Protocolo de Kioto apenas se mencionaron. La conferencia en Cancún giró hacia el rescate del complejo marco de negociaciones internacionales sobre el cambio climático para que no perdiera relevancia o se colapsara completamente.
El rescate se logró a través de la creación de instituciones internacionales que serán necesarias para una respuesta coherente y global al cambio climático.
Veremos cuánto se tardan en la organización de un “fondo verde” para ayudar a países en desarrollo a adaptarse al cambio climático y reducir emisiones de carbono, mecanismos importantes para monitorear y verificar los esfuerzos de todos los países de reducción de emisiones y un programa para detener la deforestación.
Los representantes estadounidenses pueden cantar victoria en algunos puntos como el monitoreo y la verificación de emisiones, la estructura del Fondo Verde y en convencer a países en desarrollo como China a cambiar sus promesas de reducción de emisiones a estándares similares a los que aplican para países desarrollados.
Aún y cuando estas propuestas estén plenamente establecidas y organizadas no serán más que otro fondo al que se tiene que depositar, algo que tampoco está garantizado.
Por ejemplo, en el tema de la deforestación, los negociadores no podían resolver cómo se iba a pagar el esfuerzo. Dejaron muchas decisiones difíciles para la cumbre del año que entra en Sudáfrica.
El marco de las negociaciones de la ONU sobrevivió, pero enfrentará muchos obstáculos próximamente.
Por la naturaleza global del cambio climático, un acuerdo internacional bien diseñado y obligatorio permitiría a los países a explotar todas las oportunidades para reducir sus emisiones de carbono. Pero la posibilidad de llegar a esto cada vez se ve más lejos. No ocurrirá hasta que Estados Unidos enfrente sus emisiones, preferiblemente con nueva legislación. Pero por el momento eso tampoco es muy probable.
Bajo esas circunstancias, en Cancún se estableció un principio fundamental: el progreso no tiene que ser todo o nada, un tratado internacional o el colapso de todo.
Ese punto debe de hacer eco dentro de los procesos de la ONU y fuera de ellos también. El G20, por ejemplo, acordó reducir poco a poco los subsidios al combustible; el presidente francés Nicolas Sarkozy, quien será el líder del grupo en 2011, dijo que los presionará para que la lucha contra el cambio climático se convierta en una prioridad.
El Protocolo de Montreal, que fue firmado por casi todos los países del mundo para eliminar la contaminación que daña la capa de ozono, ha sido el acuerdo ambiental más exitoso.
Otras organizaciones multilaterales como el Consejo Ártico están tratando de encontrar maneras para reducir el llamado carbono negro, que hace referencia a todos los contribuyentes al calentamiento global de vida corta. Y los dos grandes emisores, Estados Unidos y China, deberían de incluir al cambio climático en su agenda bilateral.
“Al ayudar a diversificar la cartera de esfuerzo contra el cambio climático”, dijo Elliot Diringer del Centro Pew sobre Cambio Climático, “los procesos fuera de la ONU, servirían para reducir el riesgo del fracaso de la política”.
(c) 2010, The Washington Post



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