Osama Bin Laden y su organización terrorista desafiaron la seguridad interna de la nación más poderosa del mundo como nadie lo había hecho en 60 años de dominación geopolítica. Los atentados del 9/11 cambiaron la manera de ver el mundo en cuestión de seguridad y terrorismo. Se trató de un plan maléfico, perverso, perpetrado a la perfección ante los ojos del mundo en tiempo real.
El colapso de las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York era la postal que todo enemigo malévolo de EU hubiera querido presumir. Bin Laden lo hizo. Se metió con el Tío Sam en su propio territorio. Pero como lo demostró la operación que terminó con casi 10 años a la caza de su cabeza, nadie sale vivo después de meterse con la nación del brazo militar, de seguridad e inteligencia más fuerte del planeta.
Después del 9/11, y bajo el mando de George W. Bush, Estados Unidos abandonó el “juego” del multilateralismo y la cooperación internacional para emprender una guerra contra el terror con sus propias reglas.
“O están con nosotros, o están en contra nuestra”, era la filosofía del entonces presidente Bush. Y así fue como impuso el tono de la década que se caracterizó por el combate al terrorismo, los procesos extrajudiciales que dieron paso a la apertura de la prisión de Guantánamo, cárceles secretas, las guerras en Afganistán e Iraq, el desdén hacia las convenciones internacionales sobre los crímenes de guerra, el abuso de los derechos humanos y, en general, un miedo que se extendió más allá del territorio estadounidense.
Como dice Obama: “Make no mistake” (no se equivoquen), el objetivo de asesinar a Bin Laden como gratificación de venganza y/o justicia no se abandonó con el “cambio” de administración.
El candidato Obama llenó sus discursos de la campaña presidencial destacando las diferencias fundamentales con respecto a la política adoptada por Bush. Multilateralismo, respeto a los derechos humanos, la salida de los militares de Afganistán e Iraq y la clausura de Guantánamo.
Pero la guerra contra el terror y el objetivo de atrapar a Bin Laden, “vivo o muerto”, se mantuvieron casi intactos. Obama no ha tenido mucho margen de maniobra para cambiar radicalmente la inercia que provocó el 9/11 en la política de seguridad, en las acciones militares y en la política internacional estadounidense. Si acaso, se ha visto un cambio de actitud: mesura, pero con firmeza. A diferencia del sordo discurso de George Bush.
“Se ha hecho justicia”, dijo Obama en el sorpresivo discurso transmitido la noche del domingo primero de mayo. Con el anuncio del asesinato del elusivo terrorista, del enemigo número uno de Estados Unidos, el presidente demócrata por fin logró unificar a una nación que se mantuvo polarizada desde su elección en 2008.
La Operación
Osama Bin Laden no se encontraba refugiado en una cueva de las remotas áreas tribales de la frontera entre Pakistán y Afganistán, como la lógica mandaba. Osama vivía en una residencia de lujo construida en 2005, valuada en un millón de dólares y adaptada como su base de operaciones en Abbottabad, localidad ubicada a 80 kilómetros al norte de la capital pakistaní de Islamabad.
La imagen de un Bin Laden recluido en una cueva se quedó en el imaginario de todo el mundo cuando en diciembre de 2001, fuerzas estadounidenses apoyaron a un grupo antitalibán para capturarlo en una base de Al-Qaeda en las montañas de Tora Bora, en Afganistán. Pero en esa ocasión, no encontraron rastro alguno de Osama.
Desde hace por lo menos cuatro años, la inteligencia estadounidense descubrió la identidad del mensajero más cercano a Bin Laden a través de las declaraciones de miembros de Al-Qaeda recluidos en prisiones secretas en Europa del Este. Dos años después, las pistas apuntaban a que Osama se escondía en algún lugar de Pakistán, país donde residían el mensajero y uno de sus hermanos.
Fue hasta agosto de 2010 cuando la CIA pudo identificar la casa del mensajero y de su hermano en Abbottabad, ciudad que se localiza entre 80 y 100 kilómetros al norte de Islamabad y que alberga instalaciones militares pakistaníes. El rastreo fue posible gracias a una llamada telefónica que hizo el mensajero y que fue interceptada por la CIA. Se dice que Bin Laden insistía en no contar con un teléfono o acceso a Internet, lo que dificultó y retrasó su localización.
Un mes después, en septiembre de 2010, la CIA presentó a Obama una serie de investigaciones cuyos resultados revelaban que Osama Bin Laden podría estar escondido en esa residencia en Abbottabad. Las indagatorias siguieron su curso y el servicio de inteligencia concluyó en febrero de 2011 que había elementos de peso para suponer que Bin Laden se encontraba ahí.
La tensión escaló durante marzo y abril. Ahora se sabe que Barack Obama tuvo al menos cinco reuniones con su Consejo de Seguridad Nacional desde el 14 marzo hasta cuatro días antes de la operación del primero de mayo.
En esas reuniones se exploraron tres opciones para el ataque final, contando siempre con la asesoría del equipo compacto encargado de la delicada misión. Según la revista Time, Obama podía esperar un poco más para estar completamente seguros; lanzar un ataque desde el aire con bombas o cohetes dirigidos, como los drones, o enviar un equipo por helicóptero.
En caso de tener éxito, Obama no quería que todo se redujera a los escombros que deja un bombardeo, quería tener pruebas de la muerte del terrorista. Así que el viernes 29 de abril por fin se decidió. Momentos antes de abordar un helicóptero que lo llevaría de gira por Alabama para ver la devastación causada por los recientes tornados, ordenó un ataque por helicóptero.
El equipo encargado de llevar a cabo la misión pertenece a los Navy SEAL, la principal fuerza de operaciones especiales de la Armada de Estados Unidos y cuyo acrónimo es SEa (mar), Air (aire) y Land (tierra). Según el sitio Politico.com, una fuente anónima del gobierno de EU describió el momento en el que fueron seleccionados. “Se les dijo: ‘Creemos que encontramos a Osama Bin Laden, su trabajo es ir a matarlo’”, y los SEAL gritaron de júbilo.
El domingo se echó a andar la misión. El presidente Barack Obama, junto con el vicepresidente Joe Biden, la secretaria de Estado Hillary Clinton y el secretario de la Defensa Robert Gates, entre otros funcionarios, siguieron la operación en tiempo real desde la Sala de Situaciones de la Casa Blanca. La tensión del momento fue captada en fotografía y publicada en la cuenta de Flickr de la Casa Blanca.
Desde Washington se había tomado la decisión de invadir el espacio aéreo de Pakistán. El equipo de los Navy SEAL salió de Afganistán en helicóptero rumbo a la residencia en Abbottabad. El equipo descendió del helicóptero y los SEAL ingresaron a la casa. En camino al tercer piso, donde dormía Bin Laden, se abrió fuego por primera vez. En medio del enfrentamiento, las fuerzas estadounidenses mataron a dos de los mensajeros del terrorista y a una mujer que había sido usada como escudo para la seguridad de Osama. Otras dos mujeres resultaron heridas. Osama Bin Laden recibió un disparo en la cara, y con eso terminó la vida de uno de los villanos más perversos desde Hitler y Stalin, según la óptica de Estados Unidos.
En total, 38 minutos de una quirúrgica e impecable intervención de los SEAL que dejó como única baja un helicóptero de EU que fue destruido por los propios miembros de la misión porque tenía una falla técnica.
El éxito de esta operación fue producto de dos factores. Por una parte, es muy probable que la información sobre el mensajero de Bin Laden se haya obtenido después de torturar a los miembros de Al-Qaeda detenidos en cárceles clandestinas. Y, por otra, un hermetismo extremo mantuvo la información en poder de unos cuantos. En contraste con la filtración masiva de información en tiempos de Bradley Manning y WikiLeaks, los detalles de esta operación estuvieron en completo secreto hasta el último momento.
¡USA! ¡USA! ¡USA!
Sólo una noticia de esta magnitud podía detener la diatriba y la polarización que ha caracterizado a la política estadounidense en la era Obama, y que ha contagiado a la sociedad norteamericana.
La noticia fue recibida con júbilo por miles de estadounidenses. El sentimiento de revancha y/o justicia dio un empujón al patriotismo que no distingue ideologías o tendencias políticas. Desde los sectores más conservadores hasta los más liberales han celebrado la muerte de Osama.
“Norteamericanos estallan en celebración en una muestra de patriotismo en contra del hombre que dedicó su vida al ataque de ciudadanos estadounidenses”, dijo CNN. Por un momento, quedaron en el olvido Julian Assange, WikiLeaks, Guantánamo, la candidatura de Donald Trump y los eternos desencuentros entre demócratas y republicanos.
El día que se logró el objetivo de terminar con Bin Laden, el presidente Barack Obama se dedicó a hacer lo que mejor sabe hacer: declamar discursos.
“El mundo es más seguro. Es un mejor lugar debido a la muerte de Osama Bin Laden. Hoy es necesario recordar que como nación no hay nada que no podamos hacer cuando echamos las cosas a andar, cuando trabajamos juntos. Y así recordamos el sentido de unidad que nos define como norteamericanos”, dijo en su mensaje en video.
Un día antes de este anuncio, Barack Obama había hecho gala de sus dotes de orador en la Cena para Corresponsales de la Casa Blanca, evento anual en el que los ánimos se relajan para dar paso a la comedia. En un discurso divertido, pero contundente, el presidente de EU se mofó de las denuncias hechas por Donald Trump, quien afirma que Obama no es estadounidense de nacimiento.
Como aspirante a la candidatura del Partido Republicano para las elecciones presidenciales de 2012, el magnate Donald Trump ha recurrido al argumento de la falsa nacionalidad de Barack Obama para debilitar a quien podría ser su rival demócrata el próximo año. Pero no contaba con el sentido del humor de quien hoy ocupa la Casa Blanca.
Dos victorias y dos golpes precisos que necesitaba Obama para defender su reelección. Y para los ciudadanos, un extraño sentimiento de revancha y justicia 10 años después de vivir la peor tragedia nacional provocada por un enemigo dentro de las fronteras de Estados Unidos.



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