Por Michael J. Green y Daniel M. Kliman

Cuando el presidente chino Hu Jintao visite Washington esta semana, habrá ruido y alboroto.

Ambos gobiernos hablarán de la relación “positiva, cooperativa y comprensiva” que tratan de construir.

No tiene nada de malo que el presidente Barack Obama busque una diplomacia positiva, pero no debe de dejar de señalar donde Estados Unidos (EU) y China divergen: los valores políticos.

Esto no sólo se trata del manejo de políticas domésticas de EU, sino de una estrategia a largo plazo por el crecimiento de China.

Beijing acusa a aquellos que hablan de valores políticos de tener una “mentalidad de la Guerra Fría” y de interferir en asuntos internos.

Pero son los líderes chinos los que necesitan entender que las promesas de interdependencia económica y “desarrollo pacífico” no han calmado la ansiedad creada por el trayecto estratégico de Beijing.

Encuestas recientes en Japón y Corea del Sur identifican a China como una posible amenaza. De acuerdo a los resultados, el 79 por ciento de los japoneses ven a China como amenaza militar. En el sur y sureste de Asia se pueden observar reacciones similares por la asertividad de Beijing, aún y cuando la dependencia comercial en China sigue creciendo.

La ansiedad no se centra en el poder chino, sino en la incertidumbre de sus intenciones. A pesar de todas las “alianzas estratégicas” y el compromiso con Asia y Estados Unidos, pocos expertos pueden explicar cómo llegó Beijing a la decisión de enfrentar a Japón por el control de las Islas Senkaku/Diaoyu o al sudeste asiático por el control del Mar de la China Meridional. Tampoco pueden asegurar que hará China en un futuro.

La comunidad internacional apostó en los setentas que el involucramiento de China cambiaría al país, antes de que el poder chino cambiara el sistema internacional.

Sin lugar a dudas este compromiso ha reforzado la estabilidad regional y global; la modernización china ha transformado las condiciones de vida de sus ciudadanos y ha generado riqueza alrededor del mundo. Pero la liberalización política de china sólo ha logrado pocos avances.

China ha tratado de usar presiones económicas para desviar la atención del ganador del Premio Nobel de la Paz Liu Xiaobo, del Dalai Lama y de otras voces del pluralismo.

Estados Unidos no puede hacer de China una democracia. Y una liberalización política repentina sin fundamentos legales y buen gobierno sólo incrementarían los riesgos de una democracia sin libertad y aumentaría la incertidumbre del trayecto estratégico de Beijing.

De todas maneras, esta generación de líderes chinos probablemente no introducirá reformas políticas que ponga en riesgo el poder del Partido Comunista. Pero Washington y Beijing deben reconocer que la interdependencia económica y las declaraciones que aseguran estrategias compartidas no son sustitutas de mayor transparencia y liberalismo dentro de China.

Este mensaje debe ser pronunciado claramente por la Casa Blanca y el Departamento de Estado con muestras consistentes del respaldo y apoyo a los derechos humanos, a la libertad de prensa, al Estado de derecho y a la sociedad civil en China.

Estados Unidos debe trabajar con otras democracias que comparten los mismos valores para enfatizar que la construcción de confianza positiva depende en la transparencia y en un gobierno participativo con sus vecinos, no en el principio anticuado de “no interferencia en asuntos internos”.

Se debe abogar en la región por instituciones más fuertes y por la participación ciudadana que en consecuencia crearán estados más fuertes; las transiciones democráticas de Corea del Sur e Indonesia son ejemplos clave.

Se arriesga mucho al seguir asumiendo que la integración económica y el compromiso diplomático asegurarán un surgimiento pacífico. La historia ha demostrado que el tipo de régimen es de suma importancia. El ignorar esto abre la puerta para que Estados Unidos y China evolucionen a rivales estratégicos.

(c) 2011, The Washington Post

 

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