Hasta ahora, Barack Obama ha sido afortunado en el Medio Oriente. Sí, es cierto que sus intentos por revivir el proceso de paz palestino-israelí han sido un gran fracaso, pero Israel, los palestinos y la región como un todo han disfrutado de relativa tranquilidad y estabilidad durante los últimos dos años.
Sin embargo, en las últimas semanas han surgido señales que pronostican que esta suerte podría cambiar. Si lo hace, no será porque palestinos e israelíes no hayan acordado una solución de dos Estados. Más bien, será porque ya no podrán ser contenidos los problemas regionales que la administración de Obama ha ignorado por estar atento al proceso de paz entre Israel y el pueblo palestino.
El síntoma más obvio de esta situación se ha hecho notar en Líbano, donde el movimiento Hezbolá causó el colapso del gobierno de “unidad”, con todo y que su primer ministro pro Occidente, Saad Hariri, se encontraba reunido con Obama en la Casa Blanca.
Líbano es un frente de primer nivel en la guerra fría regional que sostienen Irán, Siria y sus agentes militarizados –incluyendo Hezbolá y Hamás–, contra los “moderados” y mayoritariamente aliados estadounidenses sunnitas.
El estallido de una guerra civil en Líbano parece no ser inminente a pesar de que es probable que un tribunal internacional procese a miembros de Hezbolá por el asesinato del padre del primer ministro Hariri. Pero lo que demostró claramente el movimiento miliciano es que el lado iraní tiene la iniciativa. Hamás y Hezbolá son las dos fuerzas militares con mayor poder en el Levante mediterráneo, además de Israel, y tienen capacidad para provocar y empezar un conflicto armado en cualquier momento que ellos decidan, o Teherán.
Barack Obama ha ignorado la mayor parte de las amenazas y se ha dedicado a implementar una diplomacia pacífica con la esperanza de que cualquier progreso socave el atractivo político de Hamás y Hezbolá. Por ahora, los dos aliados de Irán están calentando sus músculos. Desde principios de enero, de acuerdo a autoridades israelíes, más de 20 cohetes y morteros han sido disparados desde la Franja de Gaza hacia Israel, reanudando así el bombardeo de 2008, el cual provocó que Israel invadiera el territorio palestino.
Después de la severa advertencia lanzada por Egipto en el sentido de que existía el riesgo de que se desatara otra guerra, Hamás desplegó fuerzas de seguridad para imponer un alto al fuego. Pero voceros de Israel dicen que Hamás y Hezbolá han estado almacenando en los últimos años decenas de miles de misiles, incluyendo algunos con alcance hasta Tel Aviv. La posibilidad de que la región sobreviva un año más sin el uso de estos misiles es cada vez más remota.
Sin embargo, la amenaza más inminente para los intereses de EU en Medio Oriente no es la guerra, sino la revolución. En diciembre de 2010, en la oscura ciudad de Sidi Bouzid, en Túnez, un joven desesperado se inmoló después de que la policía le quitara la licencia para vender verduras en la calle. Esta chispa desencadenó lo que ahora se ha convertido en una conflagración de manifestaciones diarias que han terminado con la dictadura de 29 años del presidente tunecino Zine el-Abidine Ben Ali, y que podría extenderse a otras autocracias árabes que circundan la costa sur del Mediterráneo.
La violencia ya ha migrado a Algeria, y los medios árabes especulan sobre el país donde aparecerá el siguiente “escenario Túnez”: se barajan opciones como Egipto, Jordania y Libia. Estos países están amenazados por la acelerada inflación de los precios globales de los alimentos y el combustible. De hecho, Naciones Unidas advirtió hace un par de semanas de un “golpe en los precios de los comestibles”.
Todos esos países tienen grandes cantidades de inconformes porque la juventud está desempleada. Y todos son gobernados por regímenes represivos que no sólo se han negado a implementar reformas políticas en la última década, sino que han golpeado más a la oposición local desde que Obama asumió la Presidencia de EU. Es difícil no atribuir esta tendencia a la actitud relajada de la administración de Obama hacia las reformas y su renuencia a defender los derechos humanos y la democracia.
En este sentido, la única buena noticia de los últimos días es que Washington finalmente ha dado señales de que está cambiando el rumbo. En una gira que realizó por varias naciones árabes, la secretaria de Estado Hillary Clinton, quien ha estado sospechosamente silenciosa en torno a la represión en la región, de repente empezó a hablar de la necesidad de un cambio.
En un discurso que pronunció en el Fórum por el Futuro en Doha, Qatar, Clinton habló de las frustraciones de quienes tienen menos de 30 años y están buscando trabajo. Y agregó: “Las personas han crecido cansadas de las instituciones corruptas y de un orden político estancado”. Después hizo un llamado “por las reformas políticas que crearán el espacio que los jóvenes están demandando para participar en los asuntos públicos y tener un rol significativo en las decisiones que afecten sus vidas”.
Probablemente es muy tarde para que EU frene una escalada de manifestaciones sociales en Medio Oriente este año, o una guerra que involucre a Hezbolá y Hamás. Pero si se da seguimiento a lo que Hillary Clinton ha estado diciendo, por lo menos podría ubicarse en el lado correcto de esos acontecimientos.
(c) 2011, The Washington Post



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