Los líderes europeos parecen reconocer que su estrategia de postergar el problema no ha funcionado. El resultado no será una solución radical – así no es como trabaja Europa – pero, muy probablemente, habrá una serie de pasos que, juntos, serán más desarrollados que cualquier cosa que se haya hecho antes. Sin embargo, no abordarán el principal problema de Europa: la falta de crecimiento.

Es una ironía de la historia que la crisis haya colocado firmemente a Alemania al mando de los asuntos de Europa. Francia concibió, planeó y presionó para que el continente tuviera una moneda única, en gran parte para diluir la influencia de Alemania, su banco central y su moneda. 

Pero las realidades económicas demostraron ser más fuertes que las estructuras organizativas. Alemania es, por lejos, la economía más grande de Europa y su salud fiscal es saludable, segura. Esto hace que sea el único país que puede librar cheques o emitir garantías que sean tomadas en serio por los mercados.

La canciller alemana, Angela Merkel, ha sido criticada en muchos sectores por no apoyar una solución trascendental – algo así como los euro-bonos, que, en efecto, extenderían una garantía alemana por la deuda de todos los países de la eurozona. Sin embargo, cualquier solución de este tipo permitiría que países como Grecia y España pudieran solicitar nuevamente préstamos a tasas de interés “alemanas” (que son mucho más bajas de las que podrían obtener por su cuenta), lo que significa que ya no tendrían ningún incentivo para reducir sus déficits presupuestarios e implementar reformas que estimulen el crecimiento económico.

Hace unas semanas, obtuvimos una visión sobre la peor pesadilla de Alemania: los mercados comenzaron a enfocarse en Italia y su deuda se volvió costosa. El Banco Central Europeo intervino comprando bonos italianos, lo que produjo un descenso de las tasas a valores que Roma podía pedir prestado. Tan pronto como se estabilizó la situación, el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, comenzó a diluir sus compromisos sobre la promulgación de reformas económicas.

Los funcionarios alemanes determinaron que no quieren terminar en una situación en la que Grecia, España, Italia o cualquier otro país con problemas, pueda evitar el trabajo duro de reestructuración de sus presupuestos, porque eso aseguraría que esta crisis se repita – y la próxima factura será más grande.

Europa se enfrenta a dos conjuntos de problemas. En primer lugar, algunos de sus gobiernos tienen demasiada deuda. En segundo lugar, esta deuda está en manos de importantes bancos europeos, que se enfrentan a peligros ya que los inversores se dan cuenta de la cantidad de deuda mala que hay en sus libros. Los bancos se verán obligados a aumentar el capital a fin de compensar estos préstamos.

En cuanto a la situación de Grecia, es inevitable que haya algún tipo de default, aunque no lo llamarán así. En el futuro, es probable que exista algún tipo de seguro de bonos que garantice, al menos en parte, la deuda de los países de la eurozona. A pesar de ser una solución imperfecta, se mantendría cierta presión sobre los países con grandes deudas garantizando al mismo tiempo que la carga no sea agobiante. Se puede mantener una presión adicional –y recaudar fondos adicionales- siempre que el Fondo Monetario Internacional colabore con estos esfuerzos.

En última instancia, sin embargo, la crisis de Europa es de crecimiento. El problema no está en la poca disponibilidad de Grecia para hacer sacrificios. Ha hecho muchos. Pero los números de su presupuesto parecen deprimentes debido a que su pronóstico de crecimiento se ve deprimente. 

Necesita abordar una cuestión mucho más amplia de la competitividad. ¿Qué puede hacer la economía griega para atraer capital e inversión? ¿Y a qué niveles salariales? Estas son preguntas que la mayoría de los países europeos tendrán que responder para solucionar completamente sus problemas. 

La economía de Italia no creció durante toda una década. Ninguna reestructuración de deuda funcionará si se mantiene estancada por otra década. Incluso Alemania no es inmune, posee una tasa de crecimiento promedio de sólo un 1.5 por ciento. Los funcionarios alemanes saben que, con un descenso de la población, en cinco a siete años es probable que el país crezca a una tasa anual de apenas un uno por ciento. Esto no parece ser un motor para Europa.

Europa necesita un programa de crisis para salir de sus aprietos financieros, pero más allá de eso, necesita un programa de crecimiento, que implique reformas radicales. El hecho es que las economías del occidente -con salarios elevados, generosos subsidios políticos y para la clase media, regulaciones complejas e impuestos– se han vuelto escleróticas. 

Ahora se enfrentan a presiones de los tres frentes: la demografía (un envejecimiento de la población), la tecnología (que permitió a las compañías hacer mucho más con menos personas) y la globalización (que permitió localizar a lo largo y ancho del mundo la fabricación de materiales y la prestación de servicios). 

Si Europa – y por cierto, Estados Unidos– no puede adaptarse a este nuevo panorama, entonces podría escapar de esta tormenta sólo para entrar en otra.   

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(c) 2011, The Washington Post Writers Group

 

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