Como regalo de año nuevo, alguien debería darle a Newt Gingrich ese regalo que realmente necesita: un filtro.

 

He elogiado a Gingrich en asuntos que van desde la inmigración al Seguro Social. Pero me pregunto, ¿cómo puede alguien tan inteligente tener el don de decir cosas que son tan inapropiadas? Como sea que llamen al equivalente político del don de gentes, a Gingrich no le tocó en suerte.

 

Justo días después de apuntarse un tanto al proponer que se brindara a los inmigrantes ilegales “un camino a la legalidad” si estaban trabajando en Estados Unidos, el ex presidente de la Cámara metió la pata al manejar otro tema candente: el idioma.

 

Mientras dirigía la palabra a un grupo de electores conservadores en Carolina del Sur, Gingrich declaró que hay una acuciante necesidad de establecer el inglés como el “idioma oficial del gobierno”.

 

Y sin embargo, no hay urgencia alguna. El inglés no está quedando anticuado. De hecho, tiene la notable capacidad de sobreponerse a los idiomas nativos de los inmigrantes con el correr del tiempo.

 

Escojan cualquier estudio y verán: Independientemente del lugar de origen de los inmigrantes, sus hijos hablan predominantemente inglés y sus nietos tienden a hablar sólo inglés. Lo que necesitamos, urgentemente, es que los políticos dejen de ser tan cínicos como para utilizar la guerra de los idiomas a fin de apuntarse tantos políticos con un grupo a expensas del otro.

 

Ése es el plan de juego de Gingrich. Su frase sobre el “inglés oficial” obtuvo una entusiasta ronda de aplausos de los conservadores. Gingrich estaba tratando de calmar inquietudes sobre su enfoque humanista de los trabajadores inmigrantes.

 

La frase sobre el idioma puede muy bien haber sido un truco. Por lo menos, logró cambiar el tema de conversación.

 

Hay un cuadro de estadounidenses ahí afuera que siempre están mirando por encima del hombro, porque están aterrorizados de que las lenguas extranjeras (léase, el español) estén sofocando al inglés. Ése es el grupo con el que Gingrich estaba haciendo demagogia declarando que todos los formularios, documentos, comunicaciones, boletas electorales y otros materiales gubernamentales deben imprimirse exclusivamente en inglés.

 

A esta gente no le preocupa en realidad el idioma; más que nada, le preocupa dónde calza ella en un panorama cultural que está cambiando velozmente. Y en lugar de aprender español, prefiere prohibirlo.

 

Es ofensivo. No sólo la idea misma, sino que alguien se atreva a sugerirla en esta época. Como ex profesor asistente de Historia, Gingrich debe comprender por lo menos rudimentariamente, qué factor tan divisivo puede ser el idioma en nuestra sociedad —y cómo lo ha sido desde el siglo XVIII, cuando Benjamin Franklin utilizó el inglés como un mazo para golpear a los inmigrantes alemanes recién venidos.

 

Las leyes sobre el inglés oficial casi siempre degeneran en un juramento de lealtad, como si un grupo de estadounidenses estuviera exigiendo que al otro: “¡Promete tu lealtad a los Estados Unidos! ¡Habla inglés!”

 

En nuestra época moderna, el idioma se ha utilizado frecuentemente como un arma contra los latinos, tanto los inmigrantes como los ciudadanos nacidos en Estados Unidos que, además de hablar inglés, han escogido mantener su español.

 

Algunos de esos inmigrantes han sido naturalizados, y votan. Y junto con los latinos nacidos en el país, no es probable que sean entusiastas con respecto a un candidato que amenace con convertir el español en el “idioma oficial” del país. Los que han servido en las fuerzas armadas probablemente sientan que no deben probar su lealtad a nadie. Otros lo verían como un intento de marginar a los extranjeros, o a los que suenan como tales, y ponerlos en su lugar.

 

Ésta es una comunidad que comprende que hay que leer la letra pequeña. El problema no radica en declarar al inglés lengua oficial de los Estados Unidos. El problema surge cuando llega el momento de imponer ese mandato castigando a los que no lo obedecen. Los ancianos mexicano-americanos tienen un claro recuerdo de asistir a la escuela primaria en el sudoeste donde, en los años 40 y 50, se zurraba a los estudiantes que hablaban español.

 

Ahora debemos preguntar: Si hubiera una ley sobre el inglés oficial, ¿un trabajador del gobierno que habla español en el trabajo, en capacidad oficial, sería regañado, suspendido o despedido? Además, se impondría este castigo aún cuando —como han fallado los tribunales federales al revocar, por inconstitucionales, versiones estatales de las leyes del inglés oficial— esos trabajadores gubernamentales tienen un derecho de la Primera Enmienda a hablar la lengua que les dé la gana en la medida que no interfiera con su trabajo?

 

¿Es éste el Estados Unidos en que Gingrich está pensando? Si es así, aunque tiene vastos conocimientos en una variedad de temas, no sabe nada del país que quiere liderar.

 

ruben@rubennnavarrette.com

 

(c) 2011, The Washington Post Writers Group

 

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