A principios de la campaña presidencial de 2008, Obama indicó que iba a romper con la política exterior maniqueísta del Gobierno de Bush. El tema era Irán. En reiteradas ocasiones explicó que la política de Bush que implicaba simplemente presionar a Irán no estaba funcionando y que él estaría dispuesto a conversar con los líderes del país para encontrar formas de reducir las tensiones y los peligros.

Dos años después de asumir la presidencia, su política respecto a Irán es muy similar a la de George W. Bush, con algunos de los mismos problemas que señaló dos años atrás, cuando aún era candidato.

Para ser justos, la administración empezó en el año 2009 ofreciendo propuestas a Irán, sin perjuicio de que posteriormente fueron rechazadas por el ayatolá Alí Jamenei, su líder supremo. Luego observó mientras el movimiento verde sacudió el régimen. Pero el resultado es que la administración Obama cayó en una política de presión, presión y más presión.

En alguna medida, las tácticas punitivas han dado sus frutos. Irán se enfrenta a problemas económicos. Sin embargo, como pude ver la semana pasada en una breve visita a Teherán, las tácticas también están teniendo un impacto perverso en el país.

Las sanciones están socavando el crecimiento, aunque no tanto como uno podría imaginar, ya que Irán tiene el dinero del petróleo y un gran mercado interno. Su principal efecto ha sido debilitar a la sociedad civil y fortalecer el Estado, lo opuesto a lo que deberíamos estar tratando de hacer en ese país.

Un hombre de negocios me dijo, “Si necesitas importar algo, tiene que ser de contrabando, lo que significa que tienes que estar confabulado con el régimen. Yo no voy a hacer eso, pero muchos delincuentes lo harán”.

Según algunas estimaciones, la Guardia Revolucionaria iraní –el elemento de línea dura de las Fuerzas Armadas, respaldado por el líder supremo– controla el 40 por ciento de la economía. Recuerden la situación de Iraq, en la que décadas de sanciones contribuyeron a la creación de un país de pandillas y capitalismo de mafias, permitiendo a su vez que el régimen tuviera  cada vez un control más estricto en la sociedad.

¿Acaso es ese el objetivo de nuestra política? De hecho, ¿cuál es nuestro objetivo? ¿Derrocar el régimen iraní? ¿Hacerlo llorar para que abandone su programa nuclear?

La idea de una revolución total continúa pareciéndome una posibilidad remota. El régimen todavía tiene algo de ayuda interna, y utiliza con bastante eficacia una mezcla de autoridad religiosa, clientelismo y fuerza. 

Las sanciones han hecho que las personas tengan cierto resentimiento hacia el Occidente por provocarles más daño que el régimen.

Y seguimos olvidando un hecho inconveniente: aún cuando se produzca un cambio en el régimen, el programa nuclear –que es popular como expresión del nacionalísimo y poder iraní– continuará. Los líderes del movimiento verde respaldan firmemente ese programa y, en repetidas ocasiones, criticaron al presidente Mahmoud Ahmadinejad por haber realizado ofertas demasiado generosas al Occidente. (Todos los funcionarios iraníes repiten constantemente que nunca desarrollarían armas nucleares. 

Y en una reciente entrevista con Seymour Hersh en The New Yorker, Mohamed El Baradei, ex jefe de la Agencia Internacional de Energía Atómica, dijo que nunca había “visto la más mínima evidencia de que Irán hubiera estado militarizándose, en términos de construcción de instalaciones de armas nucleares y del uso de materiales enriquecidos”).

En el contexto de la política iraní, Ahmadinejad es el pragmático. Ha estado tratando de cortarle las alas al clero. Su jefe de personal ha reflexionado abiertamente acerca de mejorar las relaciones con Israel. Y en los últimos años, Ahmadinejad ha realizado varias jugadas en el frente nuclear que, a pesar de sus imperfecciones, constituyen serias ofertas de apertura para la negociación.

Propuso la creación de un consorcio internacional para el uranio enriquecido, aceptó un acuerdo turco-brasileño para que Irán pueda obtener el uranio enriquecido de Rusia, y ha hecho una oferta que limitaría el enriquecimiento de Irán a un nivel de un 5 por ciento.

 Obama debe volver a su enfoque original y poner a prueba a los iraníes a efectos de establecer si hay algún espacio para el diálogo y el acuerdo.

Lograr un compromiso con Irán, poniendo su programa nuclear bajo algún tipo de supervisión, buscando, a su vez, áreas de interés común (como por ejemplo Afganistán), constituirían importantes objetivos a seguir.

Esto podría no ser posible. Irán tiene sus profundas divisiones, y hay muchos en el régimen que se sienten  amenazados por la apertura hacia el Occidente. Pero esa es precisamente la razón por la cual la administración debe seguir buscando formas de crear esa apertura.

El compromiso estratégico con un adversario puede ir de la mano con una política que fomente el cambio en ese país. Así fue como Washington manejó la situación con la Unión Soviética y China en los años 1970 y 1980. Irán es un país de 80 millones de habitantes, educados y dinámicos.  Se encuentra en el medio de una parte crucial del mundo. 

No puede ser sancionado y presionado para siempre. Es la última gran civilización al margen del orden global. Se necesita una estrategia que combine la presión con un camino que logre la vuelta en escena de Irán.

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(c) 2011, The Washington Post Writers Group

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