Haití ha sido empujado de nuevo al olvido y abandono internacional y obligado a atender su propia miseria.

Nadie dijo que la reconstrucción de Haití, después del cataclismo que fue el terremoto en enero, iba a ser rápida o fácil.

El gobierno de Haití, ya débil, fue diezmado. 28 de los 29 edificios gubernamentales en Puerto Príncipe fueron destrozados.

Al menos una tercera parte de los servidores públicos y un porcentaje más alto de agentes gubernamentales murieron en sus oficinas el día que pegó el terremoto. El ministro de Finanzas se reportó al trabajo el siguiente día a pesar de que su hijo había muerto.

Un gran esfuerzo internacional de ayuda humanitaria, complementando y en la mayoría de los casos sustituyendo al gobierno, logró salvar vidas y recolectar suficiente agua, comida, refugio y medicamentos para asegurar la vida de 2 millones de personas inmediatamente después del temblor.

Con la ayuda de los escuadrones de las organizaciones de ayuda humanitaria y los grandes donativos de países primermundistas, que incluyeron más de mil millones de dólares de Estados Unidos, Haití logró algo de estabilidad pero se le dejó solo para atender la tarea de buscar a sus muertos entre los escombros.

Durante la primavera, los medios abandonaron el país al mismo tiempo que la ayuda y los donativos internacionales. Irónicamente, esto sucedió justo después de una conferencia de la ONU en Nueva York donde 60 países y organizaciones multilaterales prometieron miles de millones de dólares para reconstruir al país.

La cifra nunca fue muy clara, primero se prometieron 5.3 mil millones de dólares que después fueron redondeados a 6 mil millones.

Guiados por los estándares inexactos de dichas promesas, el contraste entre la conferencia auto-alabadora y la falta de urgencia para reconstruir al país más pobre y desafortunado del hemisferio occidental no tiene excusa.

De los miles de millones de dólares prometidos para la reconstrucción, apenas una quinta parte del total, aproximadamente 1.3 mil millones de dólares, ha sido aprobada o entregada por los donadores.

En algunos casos, incluyendo a Estados Unidos, todos o alguna parte de los fondos se han quedado enredados entre la burocracia o la legislación. De los 1.15 mil millones de dólares prometidos por Washington para proyectos a largo plazo de reconstrucción, Haití solo ha recibido una porción insignificante.

El problema más grande con los fondos estadounidenses para la reconstrucción es que la administración y el Congreso los han tratado como un asunto cualquiera.

La propuesta sobre los fondos fue convertida en ley por el presidente Obama el 29 de julio, después de eso pasaron casi dos meses para que el Departamento de Estado ideara un plan de gastos.

Desde mediados de septiembre, al menos cuatro comités del congreso y el Departamento de Estado han estado negociando los detalles específicos de los fondos: mecanismos para promover estrategias responsables, contabilidad y transparencia.

El vocero del Departamento de Estado, P.J Crowley, dijo que los fondos estadounidenses tendrán que esperar un poco más, hasta que estén seguros que el dinero no se robará o malgastará una vez entregado a las autoridades haitianas.

Es un sentimiento válido conociendo el historial corrupto del país y los comentarios indiferentes del presidente René Preval durante una visita a Washington este año sobre los riesgos de la corrupción.

El núcleo del problema, en Estados Unidos y otros países donantes, es que la reconstrucción se ha tratado como un asunto rutinario del desarrollo del tercer mundo como la mejora del sistema de irrigación o la expansión de electricidad hacia áreas rurales.

Esto no tiene sentido si se considera el estado de ruinas en el que se encuentra el país, la gran necesidad de reconstrucción y el sufrimiento de su población.

En la capital de Puerto Príncipe y en sus alrededores, más de un millón de personas siguen viviendo en tiendas de campaña, apenas ganando lo suficiente para sobrevivir.

A las más de 230 mil personas que murieron durante el temblor se suman cientos de miles que fueron heridos.

En Haití se planean elecciones para fin de mes, pero sus resultados no proveerán un rápido alivio.

La Comisión Interina para la Recuperación de Haití, liderada por el ex presidente estadounidense Bill Clinton y el primer ministro haitiano Jean-Max Bellerive, cuyo trabajo es organizar las prioridades presupuestales y revisar proyectos de construcción, no tiene suficientes manos y carece de experiencia.

Es imposible proponer planes de construcción sin saber con cuánto dinero se cuenta. Constructoras listas para empezar a quitar el escombro y reconstruir la infraestructura llevan meses esperando mientras los donadores desganados discuten y organizan papelería.

Es hora que Clinton juegue un rol importante en Haití. Deberá enfocar su estrategia hacia países del primer mundo que no han cumplido sus promesas.

También deberá presionar a las autoridades haitianas a enfrentar problemas territoriales, de oposición a los proyectos y de la parálisis estratégica que obstaculizan los esfuerzos de reconstrucción en Puerto Príncipe.

La violencia política, específicamente en el contexto de las próximas elecciones, es una preocupación constante.

Aunque no han ocurrido disturbios en los campos de refugiados, ¿cuánto tiempo más podrán los haitianos aceptar lo inaceptable?

Foto: AP

(c) 2010, The Washington Post

Traducción: Analucía Cuéllar

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