Pronuncia un excelente discurso. Es apuesto, carismático y agradable. Algunos podrían describirlo como “post-racial”, por su atractivo para los electores blancos. Inspira a la base de su partido y simboliza la promesa de la inclusión.

Cuando habla sobre la inmigración, dice lo que hay que decir. Pero es difícil saber qué creer. Uno no puede sacudirse la sensación de que está sirviendo a los intereses de otros. Por eso, sus críticos siguen escépticos. Pasan por alto su retórica e insisten en acciones y soluciones.

Se trata del senador de Florida, Marco Rubio. ¿De quién pensaban que estaba hablando?

 

Marco Rubio

 

Esta súper-estrella de 40 años del Partido Republicano —que parece estar en la lista final de posibles compañeros de fórmula, tanto para Newt Gingrich como para Mitt Romney— fue elegido al Senado en 2010 y pasó gran parte de su primer año en Washington evitando el tema del que todos querían hablar: la inmigración.

Los liberales querían que fuera una voz compasiva y razonable en el Partido Republicano, que sólo ofrece una dura retórica y soluciones simples; mientras los conservadores querían que se acoplara a su programa, para amortiguar el cargo de que los republicanos han pasado de ser “anti inmigración ilegal” a ser “anti latinos”.

Pero recientemente, en un discurso asombrosamente bueno pronunciado en una reunión de la Red del Liderazgo Hispano —una organización que procura terreno común entre los hispanos y los conservadores de centro derecha— Rubio finalmente saltó al ruedo. Aunque sus comentarios no ofrecieron soluciones, establecieron el tono exactamente correcto.

“He desafiado a los candidatos republicanos y a todos los republicanos a no ser sólo el partido anti inmigración ilegal”, dijo Rubio. “No es eso lo que somos, no es eso lo que debemos ser. Debemos ser el partido pro inmigración legal. Un partido que tenga una plataforma y un programa positivos sobre cómo podemos crear un sistema de inmigración legal que funcione para Estados Unidos y funcione para los inmigrantes”.

La plataforma republicana relativa a la inmigración no es positiva. Es estridente, mezquina, deshonesta y miope. Hay un electorado de estadounidenses que está obsesionado con los cambios demográficos y tiembla ante la idea de que, en 20 años, un cuarto de la población estadounidense será hispana. El Partido Republicano sirve a ese electorado. Rubio lo entiende.

“Entonces, para aquellos de nosotros que venimos del movimiento conservador”, expresó al público, “debemos admitir que entre nosotros están los que han utilizado una retórica que es dura e intolerable, inexcusable. Y debemos admitir, y aquí me incluyo, que a veces hemos sido lentos en condenar ese lenguaje por lo que es”.

Aún así, Rubio también criticó a los del otro partido.

“Pero, al mismo tiempo, en la izquierda, están los que utilizan el tema por pura política”, expresó. “Creando expectativas poco razonables y poco realistas en la comunidad latina de todo el país. Pidiendo que nuestro país sea el único en el mundo que no tenga leyes migratorias y ningún mecanismo para imponerlas”.

Exactamente. En su enfoque de la inmigración, los republicanos pueden ser mezquinos, pero los demócratas son manipuladores. Su principal objetivo es servir a los intereses de los sindicatos, los afroamericanos y otros grupos de la base demócrata que quieren terminar la inmigración porque la ven como una amenaza a los trabajadores estadounidenses. Después, con juegos de magia retóricos, llevan a los latinos a pensar que los republicanos son los únicos villanos.

En la parte más emotiva de su discurso, Rubio habló sobre sus propios padres inmigrantes —Mario y Oriales, que llegaron a Florida en 1956, antes de que Fidel Castro tomara el poder— y cómo pueden compararse con los actuales inmigrantes.

Las historias de sus padres ya han pasado. Y sin embargo, dijo, “están todas en nuestro entorno. Las encuentras en Home Depot, cuando voy en mi propia pick-up, en la mirada desesperada de los rostros de hombres que están buscando trabajo. Se las encuentra en las casas de esta comunidad y de este país, donde las mujeres trabajan arduamente, largas horas —a veces sin documentos— para enviar dinero a casa.

“La enorme mayoría de la gente que viene aquí legal e ilegalmente lo hace porque desea una vida mejor para sí misma y, lo que es más importante, para sus hijos. … Son seres humanos con vidas reales e historias reales. Y la complejidad del asunto es un desafío para la esencia y el alma de nuestra nación, quizás más que cualquier otro asunto que enfrentamos. Porque al final, sin inmigración, no habría Estados Unidos”.

ruben@rubennnavarrette.com

(c) 2012, The Washington Post Writers Group

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