Lo De Hoy - El tiempo perdido no regresa

El tiempo perdido no regresa

Se puede tener el empleo de tus sueños, ganar el sueldo que siempre se quiso, pero no hay nada como estar presente al momento en que los hijos crecen. El tiempo pasa y jamás vuelve.
Por Ruben Navarrete 20/06/2011 - 0 comentarios Categoría: Actualidad

Tuve la epifanía mientras acunaba a mi niña de dos años para que se durmiera.

Estaba estudiando su pequeño rostro cuando me di cuenta de que no me acordaba del de mis dos otros hijos, ahora de 6 y 4 años, a esa edad. Veo fotos en la casa, pero honestamente no recuerdo haber vivido esos momentos. Es porque estaba trabajando demasiado, viajando mucho y haciendo un viaje de una hora a la oficina, todos los días.

Ahora, mi vida ha cambiado. Ayer fue mi séptimo Día del Padre, pero el primero que paso trabajando desde casa. Todo el que lo haya hecho sabe qué contradicción de términos puede ser esto. Paso el día corriendo contra el reloj. Cuido a los niños y los llevo a sus distintas actividades entre columnas, plazos, mensajes electrónicos, entrevistas, lecturas y facturas. El tiempo vuela.

Oímos hablar sobre cómo las madres que trabajan fuera de la casa hacen malabares con el trabajo y la familia. Los padres que trabajan no hacen malabares. Entretejemos. Duermo unas seis horas por noche y divido las otras 18 entre el trabajo y la familia, pero no en ese orden.

Dos tercios van para la familia y uno, para el trabajo. Mi tarea es entretejer todo lo que tengo que hacer en torno a los horarios de mis hijos. Ahora mi “oficina” es un café del barrio. Cuando la bebé echa una siesta, o los niños mayores están en la escuela, o la abuela o el abuelo echan una mano, logro hacer mucho en un período corto. Temprano por la mañana o tarde por la noche, las palabras fluyen con facilidad. El resto del día, es un desafío.

Ahora comprendo mejor la idea del “hombre orquesta”. Recientemente hice una entrevista para un programa radial de Los Ángeles, sosteniendo el teléfono con una mano, mientras daba de comer a la bebé con la otra.

Aún así, hay una ventaja importante: tengo una segunda oportunidad para ser un papá involucrado.

Así es como nos llaman en la actualidad: padres que participan. Preparamos desayunos, almuerzos, lavamos los platos, llevamos a los niños a la escuela, damos de comer al bebé, llevamos a los niños al parque, preparamos la cena, lavamos más platos y -lo mejor de todo- les leemos cuentos antes de dormir. Y después, cuando los niños están dormidos, nos ponemos a trabajar.

En la generación de mis padres, cuidar a los niños era generalmente lo que mamá hacía, junto con cocinar, lavar la ropa, hacer las tareas de la casa y, a menudo, trabajar fuera de casa. Eso ya es cosa del pasado. Esa generación de hombres, y todas las anteriores a ella, no sabe lo que se perdió. Ser un padre involucrado es el trabajo más difícil que tengo y el más gratificante.

Para los hombres del siglo XXI, no es suficiente traer a casa un cheque. Trabajamos más que nunca, sin duda. Pero en casa, no nos liberamos. Tenemos que ayudar a nuestra compañera aliviando la carga y debemos estar activamente involucrados en la crianza cotidiana de nuestros hijos. No contratando niñeras, o -como hicieron mis padres hacia el final de mi escuela elemental- dejando una llave bajo el felpudo y una merienda en la mesa de la cocina. Ahora hay más expectativas, no sólo para las mujeres, sino también para los hombres.

Los hombres reales deben estar presentes en las vidas de sus hijos.

Han oído hablar de las “guerras de las madres”, en las que algunas mujeres tienen como objetivo decir a otras qué decisiones tomar para balancear la carrera y la familia.

Los hombres no jugamos ese juego, o bien porque respetamos las decisiones de los demás o porque estamos demasiado exhaustos al final del día para juzgarnos mutuamente durante un partido de póquer en el barrio. Pero eso no significa que no estemos pensando en las decisiones que tomamos, y que no las cuestionemos.

Hace un par de años, un alto ejecutivo de televisión me confió -y yo le confié a él- que lo que más nos preocupa y sobre lo que más nos sentimos culpables no es el desafío de mantener a la familia, sino el temor de pasar demasiado tiempo trabajando y no suficiente tiempo siendo “papá”.

Un viejo amigo, que es ahora un poderoso abogado corporativo y gana un sueldo de siete cifras, me contó durante un almuerzo, hace unos meses, que se le parte el corazón cuando sus hijos le preguntan: “Papá, ¿realmente tienes que trabajar el sábado?”

Buena suerte, señores. No hay una fórmula mágica para acertar. Todo lo que sé es que estos momentos se van volando y nunca vuelven, y para eso están las segundas oportunidades.

ruben@rubennavarrette.com

(c) 2011, The Washington Post Writers Group

 

Enviar un comentario

Tu comentario será enviado y pronto aparecerá en el artículo
CAPTCHA
Teclea los caracteres que se ven en la imagen abajo; si no puedes leerlos, presiona enviar y una nueva imagen se generará.
Image CAPTCHA
Introduce los caracteres que se muestran en la imagen.
To prevent automated spam submissions leave this field empty.