Lo De Hoy - El renuente 'salvador' de Europa

El renuente 'salvador' de Europa

Desde las guerras mundiales de 1914 y 1939, Alemania no había estado en la hegemónica posición de decidir el futuro de Europa. Hoy es considerada la 'potencia imprescindible' del continente, y tendrá que actuar en consecuencia.
Por Washington Post 14/12/2011 - 0 comentarios

Sólo Alemania puede salvar a la eurozona. Por lo tanto, es obligación de Alemania hacerlo. Ése es el estribillo que se escucha en todo el mundo. Para quienes no son alemanes, cada vez resulta más difícil entender por qué el país germano no se está moviendo para detener la crisis causada por la deuda. La acción coordinada de los bancos centrales del mundo que se reunieron hace unos días para fortalecer los préstamos globales, sirvió para subrayar la necesidad de tomar medidas urgentes en Europa.

 

Crisis eurozona

 

El ministro de Relaciones Exteriores polaco Radoslaw Sikorski, quien considera que el continente está "al borde de un precipicio", hizo un dramático llamado para que Berlín asuma el liderazgo: "El temor que le tengo al poderío alemán es menor que el que estoy empezando a sentir por la inactividad alemana".

Nadie pensaba que se volvería a escuchar un llamado mundial para que Alemania ejerciera su poder. Y los alemanes apenas se están dando cuenta del hecho de que ahora son vistos como la "potencia imprescindible" de Europa, como escribió el historiador Timothy Garton Ash. Tan grave es la crisis de la moneda común, que representa el tercer momento en los últimos 100 años –después de 1914 y 1939– que Alemania determina unilateralmente el destino de Europa. Ésa es la historia que pesa sobre la acción o inacción alemana.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania Occidental quería, más que cualquier otra cosa, despojarse de su condición de paria. Se ganó el respeto que tanto codiciaba por ser un país "adherente", y no un líder. Durante años, la República Federal de Alemania fue un socio invisible y fiable; simplemente, logró retos o contribuyó a la acción colectiva.

Encabezar la operación a gran escala de soluciones para los problemas internacionales es un concepto que murió en los campos de batalla de la guerra. El liderazgo continental o mundial no es algo que los alemanes de la posguerra hayan aprendido –o aspirado– a ejercer.

La reunificación de Alemania cambió la ecuación en un hecho que se hizo cada vez más evidente dos décadas después. Cuando Rusia y más tarde Estados Unidos se desentendieron del continente, dejaron un vacío, justo en el momento en que Alemania estaba dejando de ser el "hombre enfermo de Europa" para transformarse en el "centro neurálgico de Europa". Una combinación de espíritu empresarial, astutas estrategias de negocio y las reformas económicas impulsaron su remonte.

Hoy en día, la población de Alemania y su economía son un tercio más grandes que las de Francia, segunda potencia del continente europeo. Este éxito ha provocado que la nación germana sea llamada a convertirse en el caballero blanco en medio de la crisis.

Pero los alemanes han descubierto una contradicción: aunque los europeos piden el liderazgo alemán, no quieren ser liderados por Alemania. Y es que no les gusta el resultado de ese liderazgo. En octubre pasado, cuando un equipo de trabajo de la Unión Europea dirigido por un alemán viajó a Atenas para ofrecer asistencia técnica con las reformas económicas, algunos griegos descontentos pronto llamaron a sus miembros "los Gauleiter", que es como se conoce a los representantes de la era nazi del gobierno regional.

En Irlanda y Portugal, el público debate si la ayuda de Alemania es como un moderno Plan Marshall o un Tratado de Versalles, pero sin guerra. Tales reacciones no han sido un incentivo para que Alemania proporcione más ayuda.

Si el euro fracasa, se pensará que fue por culpa de Alemania, no de Grecia, ni de Italia. Para evitar la culpa, así como las consecuencias económicas, Berlín tiene que actuar pronto, no lo queda mucho tiempo. La cumbre europea programada para este jueves y viernes tendría que ser una oportunidad de oro, tal vez la última.

La pregunta que sólo Alemania puede responder es la siguiente: ¿Realmente quiere asumir la responsabilidad de la deuda de la zona euro contrayendo un riesgo enorme, pero ganando poder hegemónico? En este momento, sin duda, a regañadientes se ve como una potencia hegemónica.

Las revoluciones de 1989 cambiaron la distribución del poder en Europa, y también la relación de Alemania con sus vecinos, de una manera que ha perdurado hasta la actualidad. La reunificación siempre ha sido la meta nacional de Alemania, y sólo se podía lograr con la unificación de Europa. Por lo tanto, el compromiso de la nación para promover una mayor integración europea nunca fue tan firme como parecía. Al menos en parte, era un medio para lograr un propósito nacional. Una vez que la reunificación de Alemania se logró, desapareció la vieja motivación para apoyar a una Europa unificada.

Instintivamente, los alemanes entienden el acuerdo que el canciller Helmut Kohl cerró con el presidente francés Francois Mitterrand en aquel momento: Francia accedió a la reunificación de Alemania, y Alemania cedió el preciado marco alemán en favor del euro. La recuperación de la soberanía territorial y política significaba renunciar a la soberanía monetaria. El cálculo francés era utilizar el euro para atar más fuertemente a Alemania a Europa. Y eso ha funcionado, hasta ahora.

Desde el principio, el pueblo alemán tenía sus reservas sobre el euro. Cuando la moneda común fue introducida, las encuestas revelaron que la mayoría no la apoyaba. Pero Kohl, como el "padre de la unificación", convenció a sus compatriotas. No es una casualidad que el mismo Kohl, ahora un estadista envejecido y enfermo, advirtiera a los alemanes hace unos días que los riesgos de intervenir para resolver la crisis eran menores que los riesgos de un colapso del sistema del euro.

Sin embargo, la gran mayoría de los alemanes se oponen a algunas de las propuestas para hacer frente a la crisis. Temen ser siempre el rescate de Grecia, Italia y el resto.

El marco alemán fue la herramienta utilizada por Alemania para vacunarse contra el malestar de estos países. La moneda encarnó el resurgimiento del país en la era de la posguerra como un símbolo de estabilidad y éxito. De hecho, era el único símbolo nacional del que los alemanes se atrevían a estar orgullosos.

Cuando Alemania Occidental ganó la Copa Mundial de futbol en 1954, por ejemplo, nadie cantó el himno, casi nadie ondeó la bandera. El marco alemán se convirtió en el último reducto del nacionalismo alemán, un nacionalismo que sobrevivió a la propia moneda.

Los nacionalistas económicos son el núcleo de la actual oposición alemana a la suscripción conjunta de la deuda europea. Mientras que la canciller Angela Merkel pide "más Europa" para salir de la crisis, los nacionalistas económicos consideran el fomento de una mayor transferencia de soberanía como un pecado capital.

Sin embargo, en el debate no figura la palabra "nacionalismo". En cambio, ese argumento se presenta como uno de los principios económicos. La escuela dominante del pensamiento económico en Alemania sostiene que el Estado debe establecer un marco jurídico adecuado para la economía. Se crea el orden mediante el establecimiento de reglas sobre cómo deberían funcionar las fuerzas del mercado, y luego se apegan a ellas. La misión del banco central debe limitarse a combatir la inflación, evitando así la politización de la institución.

Ante la insistencia alemana, el marco para la Unión Económica y Monetaria de Europa se inspiró en estos principios. Cada Estado miembro tendría que cumplir las reglas de la deuda y el déficit. El riesgo moral se debe evitar a toda costa. Una crisis de la deuda, según la mentalidad de los economistas de Alemania, es mejor abordarla con la erradicación del problema subyacente. Un Estado debe participar en las reformas estructurales y reducir su déficit a través de recortes de gastos y aumentos de impuestos, una combinación de liberalización y austeridad.

Mientras que eso puede ser una cura a largo plazo, la medicina alemana ha hecho muy poco hasta ahora para remediar la condición aguda: el colapso de la confianza en el euro. La respuesta de Alemania ante la crisis siempre ha llegado con un día de retraso y a un euro de distancia.

Alemania tendrá que tomar una difícil decisión: abandonar la ortodoxia económica y los restos de la soberanía nacional, o enfrentar la desintegración del euro, lo que provocaría una reacción en cadena de impagos, depresión, desintegración y decadencia.

Sin embargo, en plena situación dramática, los contornos de un convenio finalmente parecen estar surgiendo en Berlín y en otras partes de Europa. El lunes pasado, los líderes de Francia y Alemania llegaron al acuerdo de establecer un compromiso para buscar los límites obligatorios a los déficits presupuestarios de los endeudados gobiernos europeos, esto como parte de una versión revisada del Tratado de la Unión Europea.

Merkel tendrá los mínimos cambios que quiere en los tratados europeos para complementar la unión monetaria con una unión fiscal verdadera. A cambio, Alemania aceptará un papel mucho más importante del Banco Central Europeo en la resolución de la crisis, permitiendo lo que más odia Berlín: un banco central que imprime dinero hasta que las reformas de largo plazo muestren resultados.

No está claro qué tipo de revuelta podría enfrentar Merkel por esta transgresión, tanto en su administración, como en su partido, en su coalición y entre sus votantes. Que un líder alemán pueda sobrevivir si Alemania lidera a Europa, ésa es otra historia.

(c) 2011, The Washington Post

 

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