El presidente venezolano, Hugo Chávez, celebró la época navideña con una oleada de autocracia.
El líder populista indujo a la saliente legislatura, quienes no cuestionan su autoridad, a darle poder por decreto durante los siguientes 18 meses, mientras que los miembros de la oposición tomaron ayer un 40 por ciento de los escaños de la Asamblea Nacional.
Los legisladores salientes también aprobaron leyes para censurar el Internet, prohibir contribuciones extranjeras a grupos de derechos humanos y facilitar al gobierno el proceso para nacionalizar bancos y clausurar canales de televisión.
La oposición describió a las acciones más recientes de Chávez como un último golpe al débil sistema democrático del país.
El Departamento de Estado de Estados Unidos también criticó las medidas; su vocero dijo que Chávez parece estar encontrando nuevos caminos más creativos para justificar su poder autocrático.
¿Cómo responderá la administración de Obama? Parece ser que buscará enviar a un embajador nuevo a Caracas, entregando así una victoria propagandista al caudillo.
El año pasado Obama nominó a un diplomático veterano, Larry Leon Palmer, para el puesto de Caracas.
Pero Chávez lo rechazó porque en sus respuestas a las preguntas hechas por el Comité de Relaciones Exteriores del Senado estadounidense, Palmer habló francamente de las relaciones cercanas entre miembros del gobierno venezolano y miembros de la guerrilla colombiana y a problemas de moral y equipamiento del Ejército venezolano.
El Departamento de Estado juró respaldar a Palmer. Cuando Chávez reiteró que no aceptaría al enviado, la administración prometió “consecuencias”.
Dichas consecuencias fueron leves: en el silencio de la semana pasada, el departamento confirmó que canceló la visa del embajador venezolano en Estados Unidos mientras se encontraba fuera del país.
Eso le agradó a Chávez. De acuerdo a uno de los periódicos que controla, el presidente está convencido que la decisión de no expulsar públicamente a su embajador fue “una buena señal”.
El domingo pasado observamos más señales cuando Hugo Chávez y la secretaria de Estado, Hillary Clinton, se encontraron en la toma de posesión de la nueva presidenta de Brasil.
De acuerdo al diario del gobierno, Chávez le dijo a Clinton después de saludarla, que estaba dispuesto a dejar atrás la disputa sobre los embajadores si la administración de Obama “corrige sus errores”.
El lunes, el vocero del Departamento de Estado, P.J Crowley, insinuó que la administración estaba lista para rendirse.
Dijo que la nominación de Palmer había expirado formalmente con el Congreso saliente y que se tiene que volver a nominar a un candidato a embajador.
Los venezolanos que se preguntaban si Estados Unidos haría algo para apoyar a los partidos de oposición, a activistas de derechos humanos, a los medios de comunicación independientes y a las empresas privadas que sufren los golpes de Chávez, escucharon el siguiente mensaje de Crowley:
“Estamos muy interesados en tener buenas relaciones con Venezuela. Y eso obviamente incluye, entre otras cosas, un embajador en el puesto que te ayude a manejar ese compromiso”.
Con esto surge una pregunta interesante: ¿hablará el siguiente nominado con la verdad sobre la destrucción de la democracia y sobre las conexiones del presidente con terroristas y narcotraficantes?
Veremos y diremos.
(c) 2011, The Washington Post
Traducción: Analucía Cuéllar


