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DESIGUALDAD

El problema de Meade

Rodrigo Carbajal

Las estimaciones de pobreza que dio a conocer el Coneval la semana pasada muestran la fotografía de un México que no ha podido empatarse al discurso de modernidad del proyecto reformista del gobierno de Enrique Peña Nieto.

Se trata del mismo discurso que promueve una polarización política de cara al 2018 y que advierte sobre los presuntos riesgos de una “vuelta al pasado”.  Claramente, esta advertencia hace alusión a Andrés Manuel López Obrador y a un proyecto económico que se resume en el eufemismo de la “izquierda nacionalista”.


Sep 6, 2017
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Meade es el candidato tecnócrata por excelencia. Su formación (estudios de economía en el ITAM y en la Universidad de Yale), su trayectoria pública y sus conexiones, así lo avalan

El bajo crecimiento, la creciente desigualdad y la dificultad para mantener el balance macroeconómico podrían ser señales del agotamiento del modelo de desarrollo actual

“El hombre debe considerar cuán rico es el reino que pierde al hacerse conformista”

- Henry Kaiser

Empresario estadounidense

Las estimaciones de pobreza que dio a conocer el Coneval la semana pasada muestran la fotografía de un México que no ha podido empatarse al discurso de modernidad del proyecto reformista del gobierno de Enrique Peña Nieto.

Se trata del mismo discurso que promueve una polarización política de cara al 2018 y que advierte sobre los presuntos riesgos de una “vuelta al pasado”.  Claramente, esta advertencia hace alusión a Andrés Manuel López Obrador y a un proyecto económico que se resume en el eufemismo de la “izquierda nacionalista”.

Nuevamente, la candidatura de López Obrador emerge como la única oportunidad de disputar en las urnas al modelo económico de corte liberal que ha regido al país en las últimas tres décadas.

Sin embargo, a diferencia de las últimas dos elecciones, la contienda del 2018 podría enfrentar a dos figuras antagónicas en términos de su proyecto económico.  El electorado mexicano tendrá la oportunidad de distinguir entre dos opciones completamente diferenciadas en lo que se refiere al modelo de desarrollo.

Por un lado, está la propuesta del mismo López Obrador, que busca privilegiar el mercado interno a través de una política de redistribución en la que el Estado asume un rol más relevante en el manejo de la economía.

Por otra parte, está el proyecto de continuidad, de implementación de las reformas estructurales, de conservadurismo fiscal y de plena estabilidad macroeconómica que está encarnado en la figura de José Antonio Meade, el secretario de Hacienda, que es señalado por más de una versión periodística como el candidato presidencial del oficialismo para el 2018.

Meade es el candidato tecnócrata por excelencia.  Su formación (estudios de economía en el ITAM y en la Universidad de Yale), su trayectoria pública (ocupó cinco secretarías de Estado en gobiernos de corte conservador) y sus conexiones así lo avalan.

Crítica al modelo actual

La defensa del modelo de apertura que inició en el sexenio de Miguel de la Madrid queda en manos de quien es señalado como la representación política más evidente de la ortodoxia económica en México.

A pesar de ello, esto podría ser insuficiente para salvar un proyecto económico que se resume en el eufemismo del “neoliberalismo”.

La crítica en contra del modelo de desarrollo actual es generalizado, dentro y fuera de México. El bajo crecimiento (2.3 por ciento anual promedio en los últimos 30 años) y el déficit en términos de redistribución  han abierto la puerta a que la elección de 2018 se convierta en un necesario referéndum económico.

Pese a que México ha crecido de manera sostenida desde la Gran Recesión del 2009, el porcentaje de la población en condición de pobreza que el Coneval calculó para el 2016 (43.6 por ciento) se incrementó respecto a lo estimado para el 2008.

El argumento central del modelo de apertura es que la estabilidad macroeconómica permite sentar las bases para un crecimiento constante que eleve el nivel de vida la población. Pero, en México, el sesgo restrictivo de la política fiscal ha contribuido a un marcado deterioro de la desigualdad de ingreso y de riqueza.

Un estudio de Julio Santaella, el presidente del INEGI, y dos colaboradores estima a partir de los datos de la ENIGH que el ingreso de los hogares del 10 por ciento de la población más rica de México es 55 veces mayor al de los hogares del 10 por ciento de la población más pobre del país.

Es bien conocido el dato de que México es el segundo país con el mayor nivel de desigualdad (medido en términos del coeficiente de Gini) entre los miembros de la OCDE. No obstante, Santaella y sus colaboradores argumentan que la magnitud de la desigualdad está subestimada. Su documento de trabajo ofrece el panorama de una realidad mucho más apremiante: el 1 por ciento de los mexicanos más ricos concentra el 22 por ciento del ingreso corriente de los hogares en México.

Piden cambio de rumbo

Tanto la OCDE como la CEPAL recomiendan un cambio de rumbo. La primera hace un llamado a promover una política fiscal más inclusiva que eleve considerablemente el gasto social. La segunda plantea que el Estado debe asumir un rol más activo en la economía a través de un incremento sustancial en el gasto de infraestructura y en sentar las bases de un estado del bienestar.

Ambas propuestas contrastan con la obsesión de la política económica mexicana con el control fiscal. El presupuesto de este año contempla la inversión pública en términos del PIB más baja desde la década de los 30.

El modelo neoliberal exige una disciplina fiscal total que sea compatible con los esfuerzos del banco central para mantener la estabilidad inflacionaria. Paradójicamente, la política económica mexicana ha privilegiado una estructura laxa para el control de capitales, de modo que cualquier cambio significativo en el sentimiento del mercado puede incidir en una depreciación significativa de la moneda nacional que en última instancia contamine las expectativas de inflación.

Ésta no es la única contradicción del modelo actual. Los críticos de la política económica de este gobierno cuestionan la incompatibilidad del bajo crecimiento estructural y el deterioro macroeconómico evidente en el aumento de la deuda pública, que pasó de 40.4 por ciento del PIB en 2012 al 49.2 por ciento estimado para 2018.

El neoliberalismo fue una respuesta al agotamiento de un modelo estatista que llegó a su punto de mayor ineficiencia y decadencia en la década de los 80. Ahora, el bajo crecimiento, la creciente desigualdad y la dificultad para mantener el balance macroeconómico podrían ser señales del agotamiento del modelo actual. Meade podría ser el último candidato neoliberal.

Signos de decadencia

El bajo crecimiento estructural y la creciente desigualdad representan los dos mayores déficits del modelo económico inaugurado hace tres décadas en México

>> 22%

Del ingreso corriente de los hogares del país se concentra en el uno por ciento de la población más rica de México, según un estudio de Santaella, Leyva y Bustos

>> 2.3%

Es el crecimiento anual promedio de la economía mexicana en las últimas tres décadas

>>  8.8

Puntos porcentuales es el incremento esperado de la deuda pública como porcentaje del PIB de este sexenio

>> 43.6%

De la población de México se encuentra en condiciones de pobreza, según el Coneval


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