Las tribulaciones actuales del euro constituyen una advertencia seria para quienes simpatizan con la idea de tener una posible moneda común en todos o algunos de los países de América Latina.

El abanico de partidarios, que es muy amplio, tiene dos grandes categorías: los que, a partir de un análisis objetivo, están convencidos de los méritos de una moneda común, y los que se adhieren por motivos emocionales o ideológicos.

Dentro de la primera se encuentran aquellos que consideran el establecimiento de una moneda única como la culminación de un proceso de integración gradual y progresiva entre varios países que deciden perfeccionar sus vínculos económicos.

En cambio, los segundos apoyan la idea de una moneda común basados en visiones románticas o dominados por un afán político de minar la preponderancia del dólar estadounidense como la divisa más utilizada en las transacciones internacionales.

Desde una perspectiva objetiva, la adopción de una moneda común tiene varias ventajas. Entre ellas, destaca la eliminación de los costos de transacción asociados a la necesidad de convertir los precios expresados en dos o más monedas. Por lo mismo, se elimina también el riesgo cambiario.

Esto promueve el comercio internacional entre los países que comparten la misma moneda y facilita los flujos de capital dentro de las economías involucradas. Sin embargo, hay dos grandes desventajas.

La primera es que cada país pierde el control de su política monetaria y lo cede a un banco central supranacional que aplica una política única para toda la unión. La segunda es que, por lo mismo, sólo puede utilizarse una política monetaria para dos o más países que pueden necesitar políticas distintas por atravesar etapas diferentes del ciclo económico.

Lo anterior se vuelve más grave si la autoridad monetaria común está limitada para actuar como prestamista de última instancia y no hay una coordinación entre las políticas fiscales de las naciones miembros de la unión monetaria. Es el caso actual de los países de la eurozona, situación que ha puesto en severos aprietos al euro como moneda común.

Algo parecido ocurrió con la especie de unión monetaria que se creó a partir de 1991 mediante la Ley de Convertibilidad de Argentina, que fijó la paridad del peso argentino en una equivalencia de uno a uno con el dólar. La inconsistencia de esta paridad fija y una política fiscal extremadamente laxa, entre otros factores, contribuyeron al colapso argentino en 2001.

No obstante, el entusiasmo y el éxito inicial del experimento europeo animaron a varios grupos para tratar de emular la experiencia de la eurozona en América.

Surgieron propuestas como la que hizo Vicente Fox cuando era presidente electo de México. Durante una gira en Estados Unidos (EU) en agosto de 2000, habló de la posibilidad de tener una moneda única para los países firmantes del Tratado de Libre Comercio de América del Norte: Canadá, EU y México. Y reiteró esta idea en un viaje que hizo al país vecino en 2007, ya como ex presidente.

En el bando de los que promueven una moneda común en América Latina por razones emotivas o ideológicas, se encuentra el presidente de Venezuela Hugo Chávez, quien a través de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), impulsa la moneda llamada sucre, utilizada en el Sistema Unitario de Compensación Regional de Pagos (SUCRE).

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