Eran los primeros días de agosto, fechas usualmente tranquilas en los mercados cambiarios ya que no son relevantes dentro del calendario financiero.

Muchos operadores aún se encontraban de vacaciones, sin embargo los timbres de sus teléfonos denotaban una actividad fuera de lo común.

Sus clientes estaban inquietos y buscaban su asesoría inmediata.

En días anteriores el valor del dólar había alcanzado su cotización más baja en los últimos tres años. No existía ningún indicador económico que hiciera pensar que esta tendencia cambiaría.

Pero la inusual actividad cambiaria parecía decir otra cosa. Cada vez eran más los clientes que deseaban cambiar sus pesos a dólares.

Al inicio la situación parecía normal, acorde a las condiciones prevalecientes en el mercado.

Pero con el transcurso de los días se comenzaron a encender los focos rojos en las mesas de cambios y en las instituciones financieras.

¿Qué estaba pasando?

El tipo de cambio que había logrado recuperar hasta los 11.59 pesos el 4 de julio, operaba ya en los 12.37 el 9 de agosto. Nadie encontraba una razón que justificara este crecimiento cercano al 10 por ciento.

Para el 22 de septiembre el tipo de cambio estaba en los 13.78. La alarma se había generalizado.

Los comunicados oficiales nos seguían informando de lo bien que se encontraba la economía y que la prueba de lo anterior es que seguíamos estableciendo récords históricos en la acumulación de reservas por parte de nuestro banco central.

Pero el peso seguía perdiendo terreno. 

Hoy, tras algunas recuperaciones pasajeras, el dólar se encuentra por arriba de la cotización de los 14 pesos y la pregunta que sigue dominando en el ámbito financiero mexicano es: ¿a qué precio llegará?

Para muchos expertos en los mercados cambiarios esta sería una pregunta normal en cualquier país y con cualquier moneda, pero con los mexicanos la explicación no resulta tan sencilla.

Pueden existir muchos indicadores que nos den a conocer la situación económica por la que atravesamos y como en muchas cosas, se las dejamos a los expertos en la materia.

Pero cuando se trata del valor del peso frente al dólar, nuestra reacción es diferente. Parecería que cuando los mexicanos observamos movimientos en el tipo de cambio se nos nubla la razón.

Es que todo parece indicar que padecemos un Síndrome del Dólar, un trauma nacional que nos impide actuar con claridad en este tipo de situaciones.

Y a juzgar por nuestras acciones, esta afección podría haber salido de un diagnóstico siquiátrico.

No es es para menos. Los traspies y las malas decisiones que se han tomado respecto al dólar a lo largo de nuestra historia han resultado en más de un siglo de vivencias y experiencias traumáticas.

Las historias de terror que se platican de generación en generación respecto a la moneda del Tío Sam forman ya parte del legado cultural de cualquier mexicano sin importar si es rico o pobre.

¿Quién no conoce a alguien que haya perdido su patrimonio en cualquiera de las numerosas devaluaciones?

¿Cuántas historias circulan sobre qué hacer cuando sube o baja el dólar? ¿es preferible comprar o vender? ¿qué es lo que realmente conviene?

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