Las campañas de publicidad que se orientaron a exhibir el peligro que representaba la posible llegada de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) a la Presidencia de la República en 2006, por alarmantes que parecieran, no alcanzaron a exponer los daños que, en materia económica, pudiera ocasionar este personaje “mesiánico” si algún día llegara a sentarse en la silla presidencial.  

 

Andrés Manuel López Obrador

 

La probabilidad de que AMLO gane las elecciones de 2012 es muy baja, pero nunca sobra dar a conocer sus ideas para evitar que contaminen la forma de pensar o actuar de otras figuras políticas en nuestro país.  

Por tanto, no está de más  que comente algunas de sus propuestas de políticas públicas que tendrían, sin duda, severas repercusiones negativas en nuestra economía.  

Las iniciativas del tabasqueño aparecieron en sus compromisos de campaña y en su plataforma electoral hace un lustro, y no hay evidencia de que las haya modificado.  

Por el contrario, sus discursos y declaraciones recientes muestran que se ha radicalizado. Un ejemplo es el mensaje que dio en su reciente visita a España, donde plantea las mismas ideas retrógradas, pero ahora con una mayor dosis de paranoia, demagogia y charlatanería que sus fervientes seguidores acogen con un celo fanático. 

La paranoia de AMLO es evidente cuando atribuye todos los males que padecen México y la humanidad a una conspiración mundial.  

Afirma que “la crisis de México viene de tiempo atrás, aunque se precipitó desde la década de los 70, cuando un grupo de potentados en el ámbito internacional ordenó a sus técnicos y a sus políticos diseñar y aplicar un nuevo modelo para dominar a los estados nacionales y apoderarse de los recursos naturales y de los bienes de la inmensa mayoría de los seres humanos”. 

No es fácil decir tantos disparates en unas cuantas palabras, pero AMLO no se detuvo ahí, sino que siguió con su plétora de desvaríos al afirmar que “los ideólogos de la derecha inventaron una serie de recetas y recomendaciones… divulgaron e impusieron criterios tan absurdos como la supremacía del mercado, la utilización del Estado sólo para proteger y rescatar a las minorías privilegiadas y, desde luego, proclamaron que las privatizaciones eran la panacea”. 

Esos comentarios confirman que el “redentor” tabasqueño favorecería la intervención generalizada del Estado en la vida de los particulares, y que se opondría a la operación libre del mercado y a dejar las actividades productivas en manos privadas. 

Las políticas públicas de AMLO estarían plagadas de subsidios, así como de la producción estatal de energía y de muchos otros bienes y servicios, en la tradición más nefasta del populismo, que es el origen inequívoco de los males económicos que agobian a las naciones. 

No extraña, por tanto, que equipare la privatización de las empresas estatales a un saqueo de las riquezas y los bienes de la nación, ni que se oponga abiertamente a las “llamadas ‘reformas estructurales’ en materia laboral, energética, fiscal y de seguridad social que, en esencia, significan más privatización, beneficios para una élite y costosos retrocesos sociales”.

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