Andrés Manuel López Obrador (AMLO) es una fuente inagotable de disparates económicos. En su interpretación de los postulados neoliberales, que califica como una “retacería de enunciados sin fundamento teórico ni científico”, cuando es su crítica la que carece de ello, nos da otra muestra de su paranoia.
Él afirma que “los barones del dinero, con la colaboración de los organismos financieros internacionales, lograron implantar la agenda de las llamadas ‘reformas estructurales’, modificaron los marcos legales y sometieron en lo esencial a la mayoría de los gobiernos del mundo”.

Estas expresiones muestran el extremo de la paranoia de AMLO, que hoy ve conspiraciones internacionales y maquiavélicas donde unos cuantos “barones del dinero” sometieron a la “mayoría de los gobiernos del mundo”.
Por favor. No se requiere mucho para darse cuenta de que su discurso es una pléyade de tonterías, que luego acompaña de promesas mesiánicas en la tradición más ortodoxa de los demagogos que siempre acaban sumiendo a sus países en el abismo de la crisis.
AMLO afirma que ha cambiado, pero en realidad sigue siendo el mismo. Es un gatopardo. Otra muestra de ello es que continúa abrigando las ideas socializantes que postulaba hace un lustro en materia energética.
No critica el monopolio estatal en la generación de energía eléctrica y la producción de petróleo. Por el contrario, considera que esta condición es un símbolo inequívoco de nuestra soberanía y desea evitar, por todos los medios, la participación de cualquier tipo de capital privado en esas actividades.
Una curiosa actitud, considerando que recientemente se pronunció contra los monopolios. Pero, en su mundo imaginario, los monopolios sólo son malos cuando están en manos privadas. Nunca en manos públicas.
Es evidente, por tanto, que desconoce las tristes experiencias de la gran mayoría de los monopolios públicos, en particular en las naciones socialistas. Durante décadas, Rusia y China tuvieron un desempeño económico nefasto porque los medios de producción estaban en manos del Estado. Finalmente, acabaron por aceptar la supremacía del mercado.
Pero AMLO no lo percibe así. Por ejemplo, en lo que toca a la generación de energía eléctrica, ve mal que la participación privada haya ido en aumento desde 1992 y que dicha tendencia se haya acentuado a partir del año 2000.
Esta diversificación, que en cualquier otro país sería vista con buenos ojos, es criticada severamente por AMLO, quien considera lamentable que la CFE haya “venido perdiendo rápidamente amplios nichos de mercado debido a la participación creciente de productores privados…”.
Por eso no extraña que en su plataforma electoral de hace cinco años planteara “devolver al autoabastecimiento y a la cogeneración de energía eléctrica su carácter original y terminar con la figura de productor externo o independiente”.


