La economía global se ha debilitado y los consumidores se han vuelto más cautelosos en la primera mitad de este año. Y esto ocurre en un mal momento, ya que la recuperación económica enfrenta amenazas adicionales por el fin del relajamiento cuantitativo en Estados Unidos (EU) y las dificultades derivadas de una posible cesación de pagos de Grecia.

Las razones que se han dado para el bache económico actual parecieran indicar que es temporal. El desastre de Japón tuvo impacto en la cadena productiva global y en la producción industrial durante la primavera, pero el regreso a la “normalidad” debe dar un impulso a la economía global.

La demanda de los consumidores se vio negativamente afectada por el alza del precio del petróleo; sin embargo, los precios ya descendieron de sus máximos, y esto, si no se exacerba la inestabilidad en el mundo árabe, debe favorecer al gasto de los consumidores.

La expectativa de que el bache económico sea temporal no quiere decir que los riesgos hayan desaparecido o que no existan motivos importantes de preocupación más allá del futuro inmediato, particularmente porque ya se agotaron, para todo fin práctico, las opciones de rescate mediante la aplicación de políticas fiscal y monetaria expansivas.

En el caso de EU, está por verse si en realidad su economía puede recuperar, sin apoyos monetarios extraordinarios, un ritmo más acelerado de crecimiento en el segundo semestre, y si podrá mantenerlo en 2012 y 2013, mientras diseña y aplica un programa que restaure su salud presupuestal sin dañar la creación de empleos.

Grecia, por su parte, seguirá  siendo el centro de la problemática de deuda soberana en la eurozona debido a que los rescates recurrentes, incluido el más reciente, otorgado a principios de este mes, alivian, pero no resuelven la situación de insolvencia de ese país.

Los apoyos financieros de la eurozona y el Fondo Monetario Internacional (FMI) compran tiempo, tanto para que se consolide la economía mundial y los bancos europeos acumulen suficientes reservas para absorber el golpe a su capital de una eventual reestructura de la deuda griega, como para que los griegos apliquen dosis adicionales de austeridad, recortes de salarios y privatización de activos gubernamentales con la esperanza de que ello los saque, en definitiva, del abismo de la insolvencia.

Esta última expectativa es más un sueño que una futura realidad. La población griega no estará  dispuesta a soportar los años de sacrificios que esas políticas entrañan, por lo que más temprano que tarde, veremos cómo las muestras generalizadas de descontento acabarán por descarrilar los mejores deseos de sus políticos.

Esto lo saben los gobiernos de las naciones desarrolladas, el FMI y el Banco Central Europeo (BCE), pero sus funcionarios adoptan posturas distintas al respecto.

Por ejemplo, los alemanes están conscientes de los trastornos que ocasionaría a sus bancos y a la eurozona una cesación de pagos de Grecia, pero también saben que el país helénico es insolvente y no puede pagar. Por eso proponen que los tenedores privados de deuda griega paguen parte del costo del rescate mediante una posposición de los vencimientos.

El BCE se opone a esta medida, en parte porque sabe que no hay tal cosa como una reestructuración ordenada o una recalendarización voluntaria de vencimientos, pero principalmente porque su balance sufriría un golpe importante por su exposición a la deuda de Grecia y a la de otros países periféricos de la eurozona.

Esa exposición se debe, por un lado, a los préstamos hechos a los bancos comerciales europeos que dieron como colateral la deuda gubernamental de los países en problemas. Por otro lado, el BCE ha comprado bonos gubernamentales de esos países en el mercado secundario.

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