La crisis de la deuda soberana que aqueja a la eurozona mantiene en vilo la sobrevivencia del euro como la moneda única de la región, por lo que se han realizado varios análisis para tratar de anticipar la suerte que le espera.
Algunos de esos análisis concluyen que todo funcionará bien y sin mayores tropiezos económicos en la región. Otros opinan que la eurozona se desintegrará de una manera traumática para todos sus miembros.
Como muestra de las posiciones opuestas sobre el futuro del euro, el Instituto Peterson para la Economía Internacional, un centro de investigaciones con sede en Estados Unidos, publicó en enero pasado dos estudios que consideran las opciones extremas.
El primero, escrito por C. Fred Bergsten y Jacob Funk Kirkegard, titulado “La Próxima Solución a la Crisis Europea” (“The Coming Resolution of the European Crisis”), señala que se logrará salvar la moneda común adoptando una serie de medidas para complementar la unión económica actual dentro de la eurozona.
“La tarea actual de los líderes de la eurozona va más allá de juntar una enorme cantidad de recursos para hacer un rescate financiero y restaurar así la confianza de los mercados. Más bien, estos líderes tienen que reescribir el libro de reglas de la eurozona y terminar la casa europea, que está medio construida”, advierten.
Esto significa que se tiene que combinar una ingeniería financiera creativa –es el primer paso para resolver la crisis inmediata– con una nueva generación de instituciones que apuntalen la economía real y recuperen el crecimiento económico sostenido.
En consecuencia, Bergsten y Funk confían en que los políticos europeos estarán a la altura de las circunstancias y tomarán las decisiones correctas y oportunas. Ése, sin embargo, no ha sido el caso hasta ahora.
El segundo de los estudios citados fue elaborado por Peter Boone y Simon Johnson, y se publicó con el título “El Agravamiento de la Crisis Europea” (“The European Crisis Deepens”). La visión de estos autores sobre el futuro del euro anticipa un desenlace traumático.
A su juicio, la eurozona está siendo afectada por dos problemas principales. El primero es que la introducción del riesgo del crédito en las deudas soberanas ha vuelto insolventes a las naciones y, consecuentemente, a los bancos, a menos que ambas entidades reciban rescates masivos.
El segundo problema es que la consiguiente restricción crediticia ha exacerbado las dificultades en la economía real, lo que ha provocado que los países periféricos de la eurozona caigan en recesión. Esto, a su vez, ha elevado las necesidades de recursos financieros de las naciones en dificultades.
Para salvar el euro, Boone y Johnson aconsejan estas medidas: (1) Un programa inmediato para atender la deuda soberana excesiva; (2) planes más agresivos para reducir el déficit fiscal en las naciones periféricas y volverlas mucho más competitivas en el futuro cercano; (3) una política monetaria que reciba mayor apoyo del BCE; (4) la introducción de mecanismos creíbles para alcanzar la sostenibilidad fiscal en el largo plazo, y (5) cambios institucionales que reduzcan el alcance de los apalancamientos excesivos y la consecuente inestabilidad en el sector financiero.
Según estos autores: “Los líderes europeos se han concentrado principalmente en un posible acuerdo fiscal de largo plazo, y el BCE, presidido por Mario Draghi, sólo está instrumentando una política crediticia más relajada; sin embargo, los otros elementos, en lo esencial, están siendo ignorados”.


