El comunicado que emitió la Junta de Gobierno del Banco de México (Banxico) el viernes 20 de enero no trajo sorpresas. Confirmó la previsión que hice una semana antes con respecto a mantener su tasa de referencia y, en su evaluación del entorno económico global, coincidió con la opinión generalizada externada por analistas dentro y fuera del país.

La preocupación principal, como he mencionado en diversas ocasiones en esta columna, son los problemas de deuda soberana en Europa. Banxico considera, además, que las perspectivas de crecimiento en el resto del mundo son poco atractivas, lo que ayudará a que la inflación de este año se ubique, en la mayoría de los países, “por debajo de los niveles registrados en 2011”.

La opinión de nuestro banco central sobre el crecimiento de los precios internos es que su repunte reciente obedece a factores transitorios y, más importante aún, considera que las “expectativas de inflación prácticamente no se han visto afectadas” por la depreciación del peso.

En ese contexto, Banxico decidió “mantener sin cambio el objetivo para la Tasa de Interés Interbancaria a un día”, dejando la puerta abierta para su posible disminución en el futuro cercano.

La institución conservó su postura de las últimas juntas de 2011 al considerar que el entorno externo se caracteriza por la “gran lasitud monetaria en los principales países avanzados”, lo que “a la postre podría hacer conveniente un relajamiento de la política monetaria” en México.

Hace tres semanas, advertí que Banxico no debía precipitarse a disminuir su tasa de interés de referencia antes de que se fortaleciera el peso y hubiera señales claras de una baja de la inflación, por lo que su decisión de fines del mes pasado confirmó esa apreciación.

Me parece, sin embargo, que ahora los vientos parecieran soplar en la dirección de una posible disminución, temporal y por un plazo relativamente corto, de esa tasa de referencia en algún momento del primer semestre de este año.

En efecto, a los países desarrollados que han recurrido a una política laxa, se suman ahora Brasil, Chile y China, que también han bajado sus tasas de interés en fechas recientes, lo que plantea un entorno externo todavía más propicio para un relajamiento monetario en México.

En ese contexto, la pregunta es: ¿qué está esperando Banxico para ponerlo en práctica? La respuesta se encuentra en el comportamiento de las dos variables internas que son fundamentales para tomar esa decisión, y sobre las que he hablado en diversas ocasiones.

Primero, la evolución del precio del dólar. La depreciación del peso durante la segunda mitad de 2011 creó un ambiente poco atractivo para cambiar la política monetaria. De haberlo hecho, se hubiera exacerbado la caída de nuestra moneda y trastocado las expectativas inflacionarias.

Sin embargo, el panorama de la moneda mexicana mejoró considerablemente en el arranque de este año. Su apreciación reciente y la posibilidad de que el precio del dólar caiga y se consolide por debajo de 13 pesos, elimina uno de los dos obstáculos relevantes para disminuir las tasas de interés en México.