No es sencillo admitir el examen de conciencia. Más aún cuando se viene de la cima del éxito y se cae en un profundo valle de traspiés, de descrédito y de desesperación.

Pero en el caso de Monterrey, la pujante capital industrial, financiera y educativa de México –ejemplo y orgullo de América Latina en el mundo–, el análisis es obligado, impostergable.

Pocos entienden en qué momento y bajo qué circunstancias se perdió esa chispa, la magia que convertía en oro, en historia de éxito, todo lo que se asociaba con la marca “Monterrey”.

 

Violencia en Monterrey

 

La metrópoli hoy está herida, se desangra con los niveles de inseguridad nunca vistos, sólo comparables con ciudades como Bagdad o Kabul. En 2011, Monterrey es la ciudad mexicana con la mayor penetración del crimen organizado.

Los gobiernos, priistas y panistas, por igual, han sido insultantemente incompetentes y están siendo severamente cuestionados. La tragedia del Casino Royale terminó por convertirlos en cenizas.

Los liderazgos políticos, dentro de los propios partidos, están aniquilándose entre sí. Legisladores priistas conspirando contra un gobernador priista que paga con ingenuidad o con complicidad los pecados capitales de sus padres, el político y el genético. Cúpulas panistas maquilando mediáticamente causas y quesos contra su alcalde panista para descarrilar sus aspiraciones políticas.

Los grandes empresarios resienten el efecto de las crisis financieras globales, vendiendo sus marcas centenarias al mejor postor y exhibiendo un liderazgo que no se reinventa. El Grupo de los Diez está convertido en un conteo regresivo.

Los centros de educación insignia, como los Legionarios de Cristo y el Tecnológico de Monterrey, sucumbiendo por penosos escándalos de pedofilia clerical o por una manoseada sucesión de casi tres años que terminó entronizando a un Puma para que domestique al orgulloso Borrego.

Y los ciudadanos paralizados, sin ir tras sus legítimas ambiciones. Secuestrados por el miedo, desahogando sus frustraciones en el anonimato del Twitter o a través de comentarios en las redes bajo el seudónimo de “Botarga”. El museo del desierto se instaló ya en el Barrio Antiguo regiomontano.

Ése no era ni remotamente el Monterrey que idearon, ni el que soñaron y mucho menos el que delinearon en los albores de esta ciudad los capitanes que estrenaron los primeros apellidos Garza Sada, Sada, Muguerza, Calderón, Sada Gómez, Santos, Ramírez, Elosúa, Prieto, Barrera, Brittingham o Kane.

Y es que hasta hace unos años, cualquier mexicano veía en Monterrey una ciudad de ensueño. Próspera, vanguardista, segura. La metrópoli modelo de América Latina. Lo mismo para vivir y educar a una familia, que para estudiar, hacer negocios o salir a divertirse.

Hoy cualquier mexicano ve en Monterrey una de las zonas urbanas más peligrosas, de la que salen huyendo sus capitanes de empresa y sus profesionistas, familias enteras, buscando en otras ciudades mexicanas o estadounidenses su seguridad física y patrimonial.

Hasta hace unos años, cualquier mexicano veía en Monterrey una oportunidad para estudiar en una de sus prestigiadas universidades o para hacer negocios en el marco de las grandes corporaciones multinacionales.

Hoy las matrículas en las universidades regiomontanas van a la baja, las oportunidades para hacer negocios están limitadas por un clima que exhibe a muchas de sus corporaciones paralizadas o al borde del colapso financiero.

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