En mi familia somos más cineastas, pero tenemos un hermano que es el poeta, Daniel, quien ahora vive en Madrid. En la casa, de pequeños, devorábamos libros porque nuestro padre siempre estaba haciéndonos preguntas de cultura general. Cada vez que íbamos en el coche con él empezaba a hacer preguntas y como somos siete hermanos, había que contestar rápido.
Conforme fuimos creciendo, nos percatamos de que la casa estaba llena de libros. El estudio, estaba repleto. Y cuando íbamos a casa de mi abuelo, igual.
Las enciclopedias eran mi máximo. Agarraba una Universitas de Salvat o las de mi abuelo, la Espasa-Calpe… Me encantaba explorarlas. Ahora es lo que hacemos con el internet, pero antes era un descubrimiento interesante, además de que contenían ilustraciones hechas a mano.
Literatura: el remedio contra los hermanos mayores
Cuando ya me enloquecí y me convertí en un lector voraz fue cuando descubrí una serie de novelas de capa y espada que había leído mi bisabuelo y mi abuelo: Los Pardaillan de Michel Zévaco.
Mi hermano y yo nos pusimos a leer los 25 tomos y de ahí… no paramos. Leímos, por ejemplo, todo Dumas, porque mi abuelo tenía esa colección de editorial Botas. Llegó un punto en que los libros se deshojaban porque eran de 1915 o por ahí. Habían sido tan leídos, que algunos ya los había encuadernado mi padre en un taller que tuvo en el Colegio Francés en los 50. Ya para nuestra generación, llegaron deshojándose.
Por estas experiencias, se me formó el hábito de la literatura. Era como muy “normal” que todos estuviéramos leyendo algún libro. Hoy en día las bibliotecas de mis hermanos Jorge o Daniel son enormes y han leído de todo.
De pequeños, yo era el rebelde y el más chiquito de los hermanos mayores, y después estaba mi hermana. Como que estaba ahí en medio y no me hacían mucho caso, por eso me refugié en la literatura. Yo agarraba mis propios libros para no copiarle a mis hermanos.
Mis libros favoritos
Más que libros son escritores. Me gustan Roth, Echenoz, Cohen y muchos más.
Un libro que me marcó mucho, y no es su mejor libro, fue “Si una noche de invierno un viajero” de Italo Calvino. Es un libro que escribió en los ochenta y era autorreferente. Yo estaba muy metido en hacer películas autorreferenciales. Mi corto “Acariciándose frente al espejo” es una película sobre una película, por eso cuando leí ese libro me di cuenta que era justo lo que estaba haciendo en cine.
De los escritores mexicanos me iría por Juan Rulfo, que en su poca escritura es genial. Pero de los escritores que estoy leyendo te puedo mencionar a Aleksandar Hemon, un escritor serbio que estuvo en Estados Unidos durante el 9/11 y se quedó a vivir allá. He leído varios libros de él, y algo que me llamó mucho la atención en un principio era cómo escribía.
Después supe que, aunque escribía en inglés, al no ser su lengua materna, escribía con frases cortas para no elaborar demasiado. Creo que me relacioné con esto porque viví 10 años en Estados Unidos y pasé de leer traducciones, a leer literatura en inglés y después en portugués. Empecé a encontrar el placer de leer en otro idioma.
Hoy por hoy, leo a Fernando Pessoa en su idioma, y por ejemplo “El libro del desasosiego” es para mí una obra importante que releo siempre, aunque ahora en portugués.
También amo a Sebald. El tema de la memoria me interesa mucho, “The Rings of Saturn” me fascinó. Desgraciadamente un accidente de auto detuvo en su camino al Nobel.
Un placer trilingüe
Para mí han sido muy importantes estos cambios de idioma. De hecho, empecé a escribir en inglés y esto me sirvió para valorar más el español. Hoy lo que trato de hacer es tener varios libros en los tres idiomas que leo para no aburrirme e irme refrescando entre uno y otro.
Tengo muchos libros empezados, no sé, cinco o seis. Leo mucho los diarios, además de guiones y proyectos. Luego me sobrepaso y tengo más para leer que lo que puedo abarcar.
Pero ciertamente, leer es un gran placer.









