Un desarrollador inmobiliario está por cerrar un negocio con un ejecutivo de un fondo de inversión.
Hace unas horas acordaron que esta noche ultimarían los detalles del contrato en uno de esos famosos restaurantes donde acuden políticos y empresarios.
A la hora acordada llega Francisco, el presidente del grupo inmobiliario y al dirigirse a Manuel, el vicepresidente del fondo de inversión, le dice: “Te tengo una propuesta: después de cenar iremos a un lugar más tranquilo y privado, donde te sientas cómodo para definir el trato".
Al terminar la cena, abordan un lujoso carro último modelo y, para sorpresa de Manuel, llegan a un Men's Club... o tabledance.
Al llegar, una atenta hostess los guía a una mesa "privada" donde los esperaban cuatro mujeres jóvenes, no mayores de 20 años.
Aunque parezca ficción, el cerrar negocios en ambiente “table dance” es una cultura empresarial que va en ascenso no sólo en México y America Latina, sino en el mundo entero, sobre todo en Asia.
Los table dance y los restaurantes con privados se han multiplicado para dar servicio a ejecutivos de alto nivel.
Con una pista en medio del local, sillones de piel y un tubo que se pierde en el techo, provocan el morbo al desplegar a decenas de mujeres semidesnudas, bailando eróticamente al ritmo de la música beat. Se acercan, se sientan en sus piernas y empieza la fantasía y el coqueteo.
Y aunque la demanda ha bajado por la inseguridad y secuestros en distintas metrópolis, el espectáculo no termina. Sólo se traslada a la privacidad de hoteles, departamentos y moteles. La diversión es la misma.
“Antes los empresarios iban con confianza a los tables. Ahora dudan de llevar a sus clientes porque dos o tres bailarinas que tiene nexo con el narco pueden dar el pitazo para secuestrarlo”, advierte Pablo, ex abogado de diversos table dance (Por protección de identidad los nombres son falsos).
El primer paso
Pero, ¿qué origina que un exitoso empresario tenga que recurrir a estas atenciones para lograr convencer a un cliente?
Carlos, un promotor de escorts y bailarinas exóticas en una de las grandes ciudades de México afirma que de todos sus clientes que contratan a una de sus chicas para suavizar el cierre de un negocio, la mayoría vuelven a contratar el servicio porque se convierte en garantía de éxito.
Para Carlos esto se trata de un evento que no es más que unas horas de sexo y alcohol.
El evento inicia con una llamada telefónica del hombre de negocios pidiendo información de tiempo, costos y el tipo de mujeres que maneja. Si el evento se concreta dura mínimo tres horas y el precio es de tres mil 500 pesos.
“Si quieren más tiempo la tarifa sube, hasta diez mil o 15 mil pesos de 9 de la noche a 5 de la mañana… si la quieren menos de tres horas el precio es distinto”, agrega Carlos.
El precio no sólo depende del tiempo, sino de la calidad de la escort.
“Entre más guapas, más caras”, enfatiza.
Niñas de entre 18 y 25 años. Morenas, rubias, blancas. Unas ejercitadas, otras son mamás. Argentinas, colombianas, cubanas, mexicanas… ¡Lo que el cliente pida!
Una vez que el empresario elige para su cliente “el obsequio”, que no es más que la mujer elegida, confirman cita, hora y lugar.
El promotor alecciona a su “niña” sobre cómo debe de comportarse con sus clientes para cerrar el trato. La lección va desde arreglarse para la ocasión y utilizar maquillaje sin exagerar, hasta cómo cruzar la pierna y cómo utilizar esa mirada seductora que le siembra la idea al cliente de estar a solas con ella.
“La diversión empieza desde que entras al cuarto. Unos tragos y música para relajar al cliente”, relata Giselle, una joven escort de Monterrey.
El evento llega a su clímax. Las “niñas” se desenvuelven y hacen su trabajo. Las muchachas se sientan libremente en las piernas del cliente y con susurros comienzan a romper el hielo. “Chiquito, de dónde eres. Invítame un trago para estar más agusto”.
Comienza el coqueteo. Los tragos aumentan y las cuentas se elevan. Whiskies, tequilas, cervezas…. Risas…. Y un poco más.
“Las muchachas son muy abiertas, como si te conocieran de toda la vida”, comenta Pablo.
Si el empresario decide llevar a su cliente a un table de entrada son 120 pesos sin incluir nada.
“Conviene comprar jarras de whisky de 600 pesos porque si pides de vaso en vaso, ahí te encargo la cuenta”.
Pero el coqueteo no termina en la silla… se va a un privado para estar “agusto”. Pablo nos dice que aproximadamente son dos mil 500 pesos por hora.
“Si quiere más, pues que pague más”.
Lo que sucede adentro, sólo el cliente y la escort lo saben. Giselle nos confiesa que quien domina el momento es ella. Ellos se dejan querer sin faltarle al respeto. Para el empresario su futuro está en riesgo.
Melting point
El evento llega a su fin. El cierre del trato está por consumarse. Al día siguiente se citan a la 1 de la tarde y no a las 9 porque Manuel pasó una noche inolvidable ya que Maribel, una joven estudiante de arquitectura lo hizo sentir joven nuevamente.
Lo único negativo de la noche fue que Manuel se sentía arrepentido, porque se dice un hombre felizmente casado.
Paco se encarga de quitarle el remordimiento: “Tu esposa nunca lo sabrá. Sólo entre nosotros queda”.
El empresario logra su objetivo: intimar con su cliente, crear la complicidad.
“Se forma un vínculo íntimo que te hace compartir tus oscuras pasiones con otro que es igual a ti”, revela Ricardo, un joven hombre de negocios que suele hacer esos “regalitos”.
La relación comercial se rompe y se convierte en placer. Sólo una noche basta para suavizar la tonalidad del trato.
“El empresario y el cliente tienden a juntar ese vicio oscuro” , reconoce Ricardo.








