Sus cuerpos desnudos fueron abandonados en el predio Las Maravillas de Iztapalapa. El de Marcela Yarce tenía un mecate amarillo al cuello y tres balazos; el de Rocío González un lazo similar, además de una mascada con flores rojas en la boca y dos heridas de bala.

El asesinato de las comunicadoras desató la indignación del gremio y la sociedad de un país considerado como de los más peligrosos para ejercer el periodismo –según reporta el último informe anual “Ataques a la Prensa 2010” del Comité para la Protección de Periodistas.

Detrás de su muerte hay una historia oscura que involucra a un grupo de seguidores de la santería –entre ellos un menor de 16 años– quienes tramaron un plan para robarles a las comunicadoras un millón de pesos en efectivo.

De viva voz Óscar Jair Quiñonez Emmert, alias “Ogún”, y Lázaro Hernández, conocido en el mundo de la santería como “El Padrino Laza”, relataron ante el Ministerio Público de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) la forma en que dieron muerte a Ana María Marcela Yarce Viveros, colaboradora de la revista Contralínea, y a Rocío González Trápaga, ex reportera de Televisa.

Luego de decenas de declaraciones hechas ante el Ministerio Público por parte de personas del círculo cercano de ambas mujeres (hermanos, hijos, jefes, novios y hasta socios) no se encontraron indicios de que su actividad en el mundo del periodismo haya influido en su trágica muerte. Sí, en cambio, su actividad empresarial.

Rocío González, socia de Eurodólar, una casa de cambio ubicada en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, se dedicaba al cambio de divisas. Marcela Yarce, su amiga y compañera de trabajo, le allegaba posibles clientes. Fue así que ambas se involucraron para efectuar una transacción millonaria que les dejaría algunas ganancias.

Reporte índigo DF presenta el expediente FIZP/IZP-7/T1/1576/11-09 que refiere la brutal muerte de estas comunicadoras. El mismo contiene la confesión de dos de los cuatro homicidas involucrados en estos asesinatos. Sus testimonios dan cuenta de lo que terminó siendo un negocio mortal.

Un millón comprometido

El 31 de agosto de 2011, a las 20:15 horas, afuera de la Puerta Ocho del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, Teresa, empleada de Eurodólar, entregó a su jefa un millón de pesos en efectivo.

Para ella, la petición hecha vía telefónica por Rocío González Trápaga no era inusual. Era común que su jefa, socia de la casa de cambio donde trabajaba, le llamara para que le entregara diversas cantidades en efectivo.

Esa noche, la empleada de Eurodólar salió a prisa y le entregó el millón de pesos en una bolsa de papel. Esa fue la última vez que se vio con vida a Rocío. Ésta se dirigió a toda prisa al Sanborns de Boulevard Puerto Aéreo donde ya la esperaba su amiga Marcela.

Semanas antes, Marcela Yarce había hecho contacto con Óscar Jair Quiñonez Emmert. Lo conocía por ser un empleado del estacionamiento ubicado en Humboldt 44, en la colonia Centro, donde solía guardar su auto.

El lugar –propiedad de unos empresarios de origen chino–, se encuentra a poca distancia de las oficinas de la revista Contralínea, adonde Yarce acudía a trabajar diariamente bajo las órdenes de Miguel Badillo, director de esta publicación.

Durante tres años Marcela pagó directamente el importe por ingresar su vehículo a dicho estacionamiento. Era común que Óscar Jair la atendiera pues estaba como encargado del establecimiento.

A lo largo de ese tiempo, la reportera le hizo a este hombre algunas solicitudes. Que le ayudara con un trámite para gestionar unas placas de circulación para el vehículo de una de sus amigas; que le consiguiera un estéreo y unas bocinas para su carro, entre otras.

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